¡No le des opciones!

Esta historia sucedió en un colegio cualquiera, con un profesor cualquiera, con un niño cualquiera y con su papá. Pero podía haber sucedido, desde luego, en cualquier otro lugar y con cualesquiera otros protagonistas.

El niño y el papá estaban a punto de entrar en el cole, pero el niño necesitaba un poco más de tiempo, así que ambos se fueron a sentar tranquilamente en un banco para conversar. Los demás niños ya habían entrado, y la zona estaba ya vacía. Un profesor que, desde dentro, presenció la situación, se acercó para mantener una distancia que le permitiera intervenir, si lo consideraba necesario (con la mejor de las intenciones, estamos seguros).

El papá y el niño siguieron hablando y, en un momento dado, el papá le dijo al niño «¿Qué prefieres, cariño, entrar en el cole o volver para casa?» En ese momento, el profesor actuó como si le hubieran dado a un botón:

«¡No le des opciones!»

No le des opciones. Como si esa posibilidad tuviera alguna validez. Como si fuera aceptable eliminar la posibilidad de decir no. Como si impedir actuar mal (si es que se pudiera considerar así la opción de volver a casa) ayudara de algún modo a que el niño siga creciendo y evolucionando.

Por favor, que tengamos siempre las opciones disponibles y criterio para decidir bien.

Poema al padre

Tiene este poema dos caras: una de ellas comete un profundo error, dejando a las mamás como incomprendidas, ignorando la terrible soledad en la que muchas veces viven; la otra cara -que es la que trae ese poema a este blog- pone el acento en esos padres «malos», eternamente enfadados, eternamente castigando, eternamente agrediendo. Yo he tenido la bendita suerte de recibir siempre con alegría la llegada de mi padre a casa, el sonido de sus llaves era un regalo para el corazón. Pero no todos hemos tenido esa suerte, por desgracia (otro mundo sería este).

    Oye negra, ¿Te puedo hablar?
    ya los chicos se han dormido
    Así que, así que deja el tejido que después te equivocas

    Hoy te quiero preguntar
    Por qué motivo las madres amenazan a sus hijos
    Con ese estribillo fijo de ¡Ah, cuando venga tu padre!

    Y con tu padre de aquí y con tu padre de allá
    Resulta de que al final al verme llegar a mí
    Lo ven entrar a Caín y escapan por todos lados
    Y yo, que vengo cansado de trabajar todo el día
    recibo de bienvenida una lista de acusados

    Tú empiezas con tus quejas y yo tengo que enojarme
    Igual que hacía mi padre al escuchar a su vieja
    Entraba a fruncir la ceja apoyando a ese fiscal
    Que en medio del temporal se erigía en defensora
    Lo mismo que tú ahora que siempre me dejas mal

    Si los perdono, ¡que ejemplo! ¡es así como los educas!
    Si los castigo, ¡no tienes sentimientos!

    A mí, a mí que llegué contento y no tuve más remedio
    que poner cara de serio
    Y escuchar tu letanía

    A mí, a mí que me paso el día
    pensando en jugar con ellos
    yo sueño en llegar a casa y olvidarme felizmente del trabajo
    de la gente y de todo lo que pasa

    Los hijos son la esperanza
    y el porqué de nuestras vidas

    Por eso nunca les digas ¡ah, cuando venga tu padre!

    No quiero encontrar culpables
    quiero encontrar alegría
    que no me pongas de escudo como lo hacía mi madre
    que consiguió que a mi padre lo imaginara un verdugo

    Él llegaba y te aseguro que se acababan las risas
    Y en lugar de una caricia o hablarle como a un amigo
    lo miraba compungido presintiendo una paliza
    y el pobre que me entendía, sacudiendo la cabeza
    escuchaba con tristeza lo que mi madre decía
    Y que él, y que él de sobra sabía

    Que con éste no se puede, que me pinta las paredes que trajo las suelas rotas, que la calle, la pelota
    que me saca canas verdes
    ¡a la cama sin cenar! Aburrido me ordenaba
    mi madre me consolaba y yo, yo lo culpaba a él
    a él que había llegado recién de trabajar, cansado
    y ya lo había yo amargado con todas mis travesuras
    los hijos nunca analizan el sentimiento del padre
    porque el brillo de la madre es tan fuerte que lo eclipsa
    sólo le hacemos justicia cuando nos toca vivir
    a nosotros su problema

    ay, si mi padre viviera ¡que recién lo comprendo!
    Y por qué nunca me dijo lo mucho que me quería
    Si hoy yo sé cuanto sufría al ver enfermo a su hijo
    Por qué me miraba fijo el primer pantalón largo
    Y sé que, hasta me habrá besado cuando yo
    estaba dormido

    Hoy que todo lo comprendo
    Por qué no estás a mi lado
    Por qué no estás ahora para besarte bien fuerte
    Viejo lindo
    Y ofrecerte mi cariño a todas horas
    Ves a tu hijo que llora, pero llora con razón
    Porque te pide perdón pensando en aquellos días
    En que ciego no veía que eras puro corazón
    Déjame negra que llore, es tan lindo desahogarse

    En fin, veamos, veamos que hacen nuestros
    Futuros señores. Mira esos pantalones
    Tápale un poco a la nena
    Si, si ya sé, no me lo digas
    Hoy se fue a la calle sola
    Acuéstate rezongona, mañana, mañana será otro día.

Héctor Gagliardi

Los diez mandamientos del maltrato (sutil) infantil

En los últimos días he tenido la suerte desgracia de asistir a un Máster en Maltrato Infantil Avanzado. Iba a decir que he asistido de forma gratuita pero, desafortunadamente, estas cosas nunca lo son.

Durante el Máster tomé unos cuantos apuntes, y aquí os los copio, para que todos os podáis aprovechar de ellos:

– si el niño llora y usted no entiende por qué, asuma que es un niño que llora por todo y que no tiene motivos para hacerlo. Si alguno de los presentes interviene aportando alguna posible explicación (como que el niño está cansado o no está en su ambiente habitual), ignórelo.

– si es posible, critique sus llantos o gritos públicamente; si además consigue que se una más gente a las críticas, mejor. Así el niño sabrá que sus sentimientos no tienen validez alguna.

– si el niño está jugando con un juguete y usted le da otro juguete a un niño cercano, extráñese si ambos quieren jugar con él y aproveche la ocasión para llamarle egoísta al primer niño.

– repita la frase «hay que compartir» constantemente, de modo que el niño se sienta mal. Da igual que usted no comparta habitualmente en su vida cotidiana; simplemente suelte la frase con frecuencia.

– amenace al niño con enfadarse o con dejarle de querer si no hace lo que usted quiere: de ese modo aprenderá que los sentimientos de los adultos son más importantes que los de los niños y actuará movido por el miedo.

– si el niño se quiere ir de su lado, porque usted lo está agobiando, sujételo con firmeza y déjele claro quién manda. Usted sabe cómo se hacen las cosas, no él.

– diríjase a él con brusquedad; si él hace lo mismo, enfádese mucho con él.

– si el niño le pide algo con suavidad cinco veces, no le haga caso. Si a la sexta grita, ríñale por gritar.

– si ninguna de las estrategias funciona, usted retírele el juguete. Así conseguirá que se «porte bien» para poder recuperarlo.

– si tampoco ha funcionado la estrategia de retirar el juguete, envíelo a un rincón hasta que el niño se aburra. Dígale que piense. No importa que usted no lo haya hecho en los últimos cuarenta años. Quizá esta estrategia tampoco funcione, pero al menos el niño no le molestará.

Estos diez mandamientos se resumen en dos: los adultos siempre tienen razón y los niños siempre son unos chantajistas mimosos.

Gracias, Sonia, por el preciso apunte que me has hecho (recordar que a veces los adultos amenazan a los niños con dejarlos de querer).

Qué maleducado es este niño

La situación es la siguiente: un adulto (por ejemplo, una tía abuela que vive en otra ciudad, y a la cual no ve desde hace mucho), le pide algo al niño: «tráeme aquel bolso de allí». Y el niño le responde: «¿cómo se piden las cosas?».

Así que la tía abuela piensa: «¡buf, qué maleducado es este niño!».

La situación es la siguiente: el niño le pide algo a un adulto (por ejemplo, a una tía abuela que vive en otra ciudad, y a la cual no ve desde hace mucho): «tráeme aquel juguete de allí».

Así que la tía abuela piensa: «¡buf, qué maleducado es este niño!», mientras le suelta un: «a ver, ¿cómo se piden las cosas?»

La infinita influencia de un padre

Corría la temporada 1981-82 y el Celta y el Deportivo de La Coruña, recién ascendidos de 2ªB, iban a disputar un derbi en Balaídos, el estadio del Celta.

Yo acababa de aficionarme de verdad al fútbol; en temporadas anteriores había acudido alguna que otra vez a Balaídos, pero fue en esa temporada cuando en verdad me enamoré de ese deporte, y es la primera temporada de la que tengo recuerdos nítidos. Así pues, aquel Celta-Deportivo es uno de los primeros partidos que recuerdo y, desde luego, mi primer derbi. Os podéis imaginar la maravillosa ansiedad que sentía ante el comienzo del partido.

Y saltó el Deportivo al campo. Balaídos se vino abajo con gritos, abucheos y silbidos en contra del máximo rival.

Entonces, mi padre se puso de pie y empezó a aplaudir. Y yo hice lo mismo.

Mi padre acababa de explicarme, en un par de segundos, qué significa el respeto y qué significa el deporte. Y que una cosa es ser rivales y otra, muy distinta, ser enemigos. Después saltó el Celta al campo y, claro, fue el éxtasis absoluto. El Celta (que acabaría siendo campeón de Liga y ascendiendo a Primera) ganó el partido, pero yo gané mucho más.

Un padre nunca puede saber hasta dónde puede llegar cualquier gesto, por simple que sea. Estoy seguro de que yo sería una persona distinta si mi padre hubiera abucheado a los jugadores del Deportivo.

Gracias, papá. Ojalá algún día llegue a ser tan buen padre como tú.

Sino a quien conmigo va

Desde bien pequeño me ha fascinado este romance y su misterio. Ahora lo escucho desde la voz azul de Amancio Prada y llegan a mí recuerdos del libro de lectura del colegio, de desayunos con prisas, de ir y volver a clase de la mano de mamá, aprendiendo más en esos caminos que en la propia escuela, de olor a gomas Milán, a bocadillos de jamón York para el recreo, de sueños ya cumplidos y de sueños por cumplir. El mérito, entre otros, del Conde Arnaldos:

Por tu vida, el marinero / dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero / tal respuesta le fue a dar:
Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va.

Para ti, mamá :*