Tras de un amoroso lance


Tras de un amoroso lance,
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y con todo, en este trance,
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto?
que le di a la caza alcance.

Cuando más alto subía,
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro13 salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba.
Dije: no habrá quien alcance.
Y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.

San Juan de la Cruz no solo es el Cántico. Es también esta auténtica maravilla.

Progreso, de Nina Ferrari

En algún lugar
con este frío y esta lluvia
una madre cierra la alacena
sin saber
cómo decirle
a sus hijos
que hoy no se cena,
entonces
en ese instante
la suma de todos los progresos
de la humanidad
es igual
a cero.

Suelo reservar los sábados para que este humilde blog se asome a los libros y a la literatura. Hoy comparto con vosotros este maravilloso y terrible poema, que he descubierto en el recomendable muro de María José Garrido Mayo.

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Soneto a Cristo crucificado

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el Cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el Infierno tan temido,

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas, y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera Infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Este soneto, de autoría desconocida, resume perfecta y bellísimamente que cielos e infiernos -premios y castigos, ¿nos suena?- no deben influir en nuestro comportamiento. Finales del siglo XVI.

Sobre el olivar, de Antonio Machado

Sobre el olivar,

se vio a la lechuza

volar y volar.

Campo, campo, campo.



Entre los olivos,

los cortijos blancos.

Por un ventanal,

entró la lechuza

en la catedral.



San Cristobalón

la quiso espantar,

al ver que bebía

del velón de aceite

de Santa María.



La Virgen habló:

-Déjala que beba,

San Cristobalón.



Sobre el olivar,

se vio a la lechuza

volar y volar.



A Santa María

un ramito verde

volando traía.

La infinita sencillez de Machado contándonos la bondad de Santa María en esa tierra-mar de olivos.

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La vaquera de la Finojosa, de Íñigo López de Mendoza

Moza tan fermosa
non ví en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.

Faciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do ví la vaquera
de la Finojosa.

En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la ví tan graciosa
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.
Mas dixe:--«Donosa
(por saber quién era),
¿aquella es la vaquera
de la Finojosa?...»

Bien como riendo,
dixo: --«Bien vengades;
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es desseosa
de amar, nin lo espera,
aquessa vaquera
de la Finojosa.»

Esta serranilla, la quinta de este poeta prerrenacentista y primer marqués de Santillana, era habitual en los libros de texto de quienes cursamos la llamada EGB. Me parece bellísima y una buena muestra de aquella poesía.

Leyendas de Paradores, de José Felipe Alonso y Alfredo González

Los Paradores de Turismo de España son una red de alojamientos hoteleros que os recomiendo encarecidamente: castillos, conventos y palacios que nos permiten alojarnos hoy en donde ayer se alojaban reyes, abades o príncipes.

Edificios únicos en lugares únicos. Y formando una perfecta sinergia con la gastronomía, cultura y economía de la zona.

Hace ya unos años se escribió esta obra, Leyendas de Paradores, en la que se nos cuentan leyendas de cada uno de los rincones abarcados por esta red.

Desconozco si el libro sigue estando disponible; de no ser así, animo a Paradores a hacer una reedición. Las ilustraciones de Alfredo González son el complemento perfecto a los textos de José Felipe Alonso. Una combinación que se enriquece mutuamente.

Levo todo o día pensando, de Iria Collazo

Hace ya unos cuantos años -qué rápido olvidamos- nos estremeció la foto que tomó la fotógrafa Nilufer Demir de Aylan, un niño sirio que, tendido inerte sobre la orilla de las playas de Bodrum, en Turquía, nos recordaba las tragedias humanitarias que tenemos tan cerca y que no vemos porque no queremos mirar. Era el tercer intento de la familia de llegar a Europa: Abdullah, el padre, decidió que lo iban a intentar en una balsa; por desgracia, la balsa se hundió y fallecieron, además de Aylan, su hermano mayor Galip y su madre, Rehanla.

De aquella tragedia nacieron estas preciosas palabras de Iria Collazo que es aquí, además y por encima de escritora, ser humano. Y además y por encima de ser humano, madre.

Gracias, Iria. Nunca podemos quedarnos callados ante estas situaciones.

Levo todo o día pensando 
nos teus zapatos, 
en quen chos compraría,
se serían teus avós, 
ou se cadra eran herdados 
dun irmán, dun curmán. 
En canto terían andado eses zapatos 
pequeniños,
de bebé. 
En canto me recordan
Aos que ten a miña filla de dous anos.
En canto frío terían pasado 
Os teus peciños.
En canto terías chorado
De fame.
De medo.
Ata calar.
Levo todo o día pensando
En que sabes máis da morte
Ca todos os que te vemos hoxe
querendo imaxinarte durmido.
Levo todo o día pensando
En que pouco dignas son as miñas palabras.
En que pouco digna é calquera palabra
Para pedirche perdón.
Levo todo o día pensando,
E tamén virás a min, pola noite,
E acariñarasme coas mans tenras,
E acubillaraste no meu colo
E non dirás nada,
E é que non sabías inda falar.
Meu meniño.
Levo todo o día pensando
En cantos nenos mortos ten que haber
Para que a infamia remate.
Levo todo o día pensando
En que ollarte así é insoportable
Pero aínda o é máis quedar calada,
En que me sinto culpable 
Da túa inmensa soidade.
Isto que escribo non vale nada. 
Non pretendía ser bonito
Nin ben feito.
Eu só quería arrolarte.
E o que choro non vale nada.
Hoxe morreu o noso fillo.
Hoxe morreu o que nos queda de humanidade.
Non hai consolo.

Soñé que tú me llevabas, de Antonio Machado

   Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

  Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

Y el que diga que no, miente (de Leticia Sánchez)

Traemos hoy al blog este poema de Leticia Sánchez (@laesanchez en Instagram). Mirad qué belleza y qué certeza:

Todos tenemos una guerra que ganar,
un perdón que pedir,
un recuerdo aparcado,
una salida de emergencia,
poco de miedo,
y una sonrisa que no olvidaremos jamás.

SIEMPRE.

(vía Adictos al café y a los poemas, en Facebook).

Romance de La serrana de la Vera

Allá en Garganta la Olla,
en la Vera de Plasencia,
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena;
trae recogidos los rizos
debajo de la montera;
al uso de cazadora,
gasta falda a media pierna,
botín alto y argentado
y en el hombro una ballesta;
de perdices y conejos
lleva la pretina llena.
Detúvome en el camino
y ofrecióme rica cena.
Tomárame por la mano
para guiarme a su cueva;
no me lleva por caminos,
ni tampoco por veredas,
sino un robledal arriba
espeso como la hierba.
Al entrar en la cabaña
me mandó cerrar la puerta,
pero yo de prevenido
la dejé un poco entreabierta.
Diome yesca y pedernal
para que lumbre encendiera,
y al resplandor de la llama
vi un montón de calaveras:
—¿Cúyos son aquestos huesos?
¿Cúyas estas calaveras?
—Hombres fueron que he matado
por que no me descubrieran.
Tú alégrate, caminante,
buena noche nos espera.

De perdices y conejos
sirvióme muy rica cena,
de pan blanco y de buen vino
y de su cara risueña.
Si buena cena me dio,
poco pude comer de ella;
si buena cena me dio,
muy mejor cama me diera;
sobre pieles de venado
su mantellina tendiera.
Viendo que no me rendía
por que el sueño me rindiera,
a mi me dio un rabelillo,
ella toca una vihuela;
por un cantar que ella canta,
yo cantaba una docena;
pensó adormecerme a mí,
mas yo la adormecí a ella.
En cuanto la vi dormida
fui muy pasito a la puerta,
los zapatos en la mano
para que no me sintiera.
Salí y comencé a correr
sin atrás volver cabeza.
Dos leguas llevaba andadas,
la siento de peña en peña,
saltando como una corza,
bramando como una fiera:
—¡Caminante, caminante,
que la cayada te dejas!
—Mucho palo hay en el monte
para hacer otra más buena.

Una honda que traía
la cargó de una gran piedra;
con el aire que la arroja
derribóme la montera,
y la encina en que pegó
partida cayó por tierra.
—Aguárdate, lindo mozo,
vuélvete por tu montera.
—La montera es de buen paño,
pero, ¡aunque fuera de seda!
—¡Ay de mí, triste cuitada,
por ti seré descubierta!
—Descubierta no serás…
hasta la venta primera.

Maravilloso romance -una de sus muchas versiones, que así es la tradición oral- recogido y publicado por Ramón Menéndez Pidal.

Para Irene y Dani.

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