Delitos de odio, obras artísticas y social media

Uf. ¿Por dónde empezamos? Todos tenemos claro que, antes de que Internet se hiciera popular, esto era más fácil. Si en una barra de un bar un ciudadano despotrica contra un alto cargo, sabemos que no pasa nada. Que aquello no deja de ser una conversación privada y ya está. Ahora bien, si ese indignado publica esos insultos, ya estamos hablando de una historia diferente. De este argumento concluyo que sí, sin duda se puede cometer un delito por tuitear.

Sobre las obras artísticas lo tengo menos claro: en mi opinión se puede escribir una canción, una obra de teatro, un libro o un poema diciendo lo que nos plazca. Por otra parte, si alguien quiere insultar, ¿debería ser tan fácil como escribir una canción para poder insultar con impunidad? Pues creo que no.

¿Qué opináis?

Nosotros decidimos cómo vemos el mundo

El viajero, tras haber pasado unas semanas en la aldea de la montaña, inició su camino hacia la aldea de la costa. Cuando llevaba un par de jornadas de camino, se encontró con un campesino. Paró para saludarlo y aprovechó para preguntarle la duda que le rondaba la cabeza:

– ¿Podría usted, buen hombre, decirme cómo es la gente de la aldea de la costa?
– Desde luego que sí, pero antes, dígame: ¿cómo eran las personas de la aldea de la montaña?
– Insoportables. Egoístas. Ojalá jamás los hubiera conocido.
– Pues siento decirle… siento decirle, querido caminante, que la gente de la costa es igual.

Meses después, un viajero diferente realizó la misma ruta. Y también se encontró con el campesino. Y también decidió saludarlo:

– ¿Podría usted, buen hombre, decirme cómo es la gente de la aldea de la costa?
– Desde luego que sí, pero antes, dígame: ¿cómo eran las personas de la aldea de la montaña?
– Qué maravilla de personas, una auténtica delicia, convivir con ellos ha sido un verdadero regalo.
– Pues está de enhorabuena, señor. Los habitantes de la aldea de la costa también son así.

No recuerdo dónde escuché esta bonita historia; creo que fue en un programa de RNE. Si lo confirmo, incluiré aquí el link.

Todo hijo es padre de la muerte de su padre

Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre.

Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso.

Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar.

Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana – todo corredor ahora está lejos.

Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda sus medicamentos.

Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida. Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz.

Todo hijo es el padre de la muerte de su padre.

Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas.

Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres.

La primera transformación ocurre en el cuarto de baño.

Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera.

La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”.

Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento.

La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas.

Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones.

Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros?

Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra.

FELIZ EL HIJO QUE ES EL PADRE DE SU PADRE ANTES DE SU MUERTE, Y POBRE DEL HIJO QUE APARECE SÓLO EN EL FUNERAL Y NO SE DESPIDE UN POCO CADA DÍA.

Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos.

En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento:

– Deja que te ayude .

Reunió fuerzas y tomó por primera a su padre en su regazo.

Colocó la cara de su padre contra su pecho.

Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso.

Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable.

Meciendo a su padre de un lado al otro.

Acariciando a su padre.

Calmado a su padre.

Y decía en voz baja :

– Estoy aquí, estoy aquí, papá!

Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí.

(Fabrício Carpinejar “Todo filho é pai da morte de seu pai”; traducido por Zorelly Pedroza)

¿Qué necesitamos para pedir perdón?

Pedir perdón. Casi nada. Para que una persona consiga pedir perdón se requieren tres cualidades nada habituales: inteligencia, valentía y humildad. Inteligencia, para darnos cuenta de nuestro error. Valentía, para atreverse a contactar con la persona agraviada y reconocerlo. Humildad, para reconocernos falibles.

Estamos en una época en la que el perdón se ve sin demasiados buenos ojos, culpando -qué raro- a nuestra formación católica. Suele venir argumentada por algo del siguiente estilo: “hago cualquier cosa mal, y después pido perdón y ya está”. Desde luego que esto es un error, y poco tiene que ver con el enfoque católico. ¿Recordáis aquellos cinco pasos que nos contaba el Catecismo de pequeños? Entre ellos estaba -sobre todo- el dolor de los pecados y el propósito de la enmienda: lo he hecho mal y no quiero volver a hacerlo. En la misma línea, el perdón no elimina el daño causado en muchas ocasiones, y debemos ser conscientes de ello.

Comenzamos otro año

Y otra vez los buenos propósitos y demás. Os proponemos desde aquí algo mucho más sencillo: en lugar de grandes propósitos anuales, ¿qué tal un propósito más pequeño, pero que debe cumplirse en este primer mes del año? Sugerimos alguno:

  • Leer cuatro libros.
  • Escribir un post al día en tu blog (o comenzar un blog).
  • Mejorar tu inglés.
  • Aprender a dibujar.
  • Aprender un nuevo lenguaje de programación.
  • Colaborar con una ONG de tu interés.
  • Hacer ejercicio durante todos los días del mes.

Cuando conocemos al acusado

Tiene este post más de reflexión personal que de acusación (o de indulgencia) de John Lasseter. En casa somos admiradores de su trabajo, y lo hemos considerado siempre como la gran estrella de Pixar. Sin embargo, hace unos días nos encontramos con la terrible (y triste) noticia de que es sospechoso de abusos. Y por suerte, no estamos en un momento en el que se mire hacia otro lado ante esas situaciones. Las declaraciones de alguna ex-empleada no lo dejan, desde luego, en buen lugar.

He aquí la carta de John Lasseter a sus empleados (debo decir que me parece perfecta, sincera y necesaria):

“Recientemente he tenido una serie de conversaciones difíciles que han sido muy dolorosas para mi. Nunca es fácil enfrentarse a tus errores, pero es la única manera de aprender de ellos. Como resultado, he pensado mucho en el líder que soy hoy, comparado con el mentor y héroe que quiero ser. Se me ha hecho saber que a algunos os he hecho sentir incómodos o que os faltaba al respeto. Nunca fue esa mi intención. Como colectivo, lo sois todo para mi, y os pido perdón profundamente si os he decepcionado. Quiero disculparme especialmente con cualquiera que le haya tocado un abrazo no deseado o cualquier otro gesto que sintieran que traspasaba la línea en cualquier forma. Da igual la bondad de mis intenciones, todo el mundo tiene derecho a poner sus propios límites y a que estos sean respetados”.
(Carta de John Lasseter a la plantilla de Pixar, publicada en The Hollywood Reporter, según nos cuenta El País).

Más de reflexión personal que de otra cosa, decía. Porque cuando admiras (o aprecias) a alguien es mucho más difícil encajar estas noticias (y sí, muy posiblemente estoy cayendo en el tan escuchado “era una persona maravillosa”). ¿Cómo encajáis vosotros que una persona a la que conocéis sea un abusador sexual o un maltratador? Y extendiendo la pregunta: ¿qué delitos sí perdonamos o comprendemos, y qué delitos etiquetan a esas personas de por vida?

¿En qué momento?

Solamente quiero dejar una pequeña reflexión -las imágenes hablan por sí mismas- junto a este vídeo. ¿En qué momento nuestra sociedad pasó a considerar “normales” (¡e incluso “buenos”!) a los niños que no se mueven y que no se dejan llevar por sus sentimientos? Y no solamente eso, sino que hemos pasado -como consecuencia lógica- a considerar como enfermos a los niños que sí lo hacen.

Hoy tengo esperanza

No sé si es una percepción subjetiva o una realidad, pero me da mucha esperanza ver que una mujer haya sido capaz de denunciar a quienes, en una noche de juerga, han abusado de ella, ver que otra mujer haya sido capaz de denunciar los abusos de sus superiores, de gente realmente importante, prácticamente intocable. Y que más mujeres se hayan unido a esa denuncia. Y que otra más se haya armado de valor para denunciar los tocamientos de su jefe, en un día especialmente señalado para ella.

¿No os parece que esto nos ha sacudido de algún modo? ¿Que nuestra sociedad ya no puede pasar por alto todo eso? Me preocupa, eso sí, qué sucederá cuando se pase el boom. ¿Nos olvidaremos, igual que nos hemos olvidado de aquel niño que yacía muerto en una playa del Mediterráneo?

Dejo para otro momento el hecho de que ese paso lo hayan tenido que dar las mujeres, cuando somos los hombres quienes agredimos.

#YoTambién

#YoTambién
YO TAMBIÉN.

Las mujeres están compartiendo un texto con el hashtag #YoTambién para indicar que han sido acosadas o agredidas sexualmente, y dar una idea de la magnitud del problema.

Os propongo, hombres que me leéis, algo parecido. Reconociendo que #YoTambién he agredido o acosado sexualmente no sólo de forma explícita, sino -sobre todo- implícitamente cada vez que he reído un chiste o actitud machista (cada vez que he callado ante un chiste o una actitud machista). Por cada vez que me he creído superior por ser hombre. Por cada vez que al ver a una mujer en un puesto de responsabilidad he pensado que cómo ha llegado ahí. Cada vez que no he visto personas, sino objetos, en esas mujeres. Cada vez que he tenido que ponerme en el centro del universo para comprender la violencia machista, necesitando pensar en MI mujer, MI madre, MI hermana, MI hija. Por cada vez que me he creído maravilloso por tener la oportunidad de agredir y no haberlo hecho. Por sentirme maravilloso por decir #YoTambién.

Pongamos #YoTambién todos los hombres que hemos hecho eso alguna vez. Para dar una idea de la verdadera magnitud del problema.

#YoTambién
Copia y pega

#YoTambién
ME, TOO.

Women have been sharing posts using the #metoo hashtag relating sexual harrassment or sexual assault experiences, in order to show the world just how widespread this problem is.

If you’re a man reading this post, I’d like you to join me in acknowledging that we have sexually assaulted or harassed women, not only explicitly, but, -above all-, implicitly, every time we’ve laughed at a sexist joke or attitude (every time we’ve failed to speak out after a sexist joke or attitude as well), for every time we’ve seen ourselves as superior just because we’re men. For every time we’ve seen a woman working in a position of authority and wondered how she made it there. For every time we’ve seen women as objects instead of people. For every time we’ve had to put ourselves as the center of the universe in order to try to understand gender violence by extrapolating it to MY wife, MY mother, MY sister, MY daughter. For every time I’ve considered myself a great guy for having had the chance to harass or assault and yet not having done it. For feeling amazing about saying #metoo

Let us men use the #metoo hashtag as well for all those situations, in order to get a real idea of just how huge this problem is.

#YoTambién
Copy and paste

Muchísimas gracias a quienes me habéis ayudado. Durante la creación de este post mantuve contacto con varias personas (mujeres, sobre todo), para recoger su punto de vista (sus puntos de vista). Indico aquí lo más reseñable:

  • Habría sido mejor utilizar otro hashtag, y no el mismo que el que han usado las mujeres.
  • El post ganaría mucho si invitara a los hombres a indicar situaciones concretas en las que han ejercido esas violencias.
  • Mientras estemos siendo sesgados en nuestra lucha por la igualdad, estaremos siendo desiguales.
  • No tiene sentido este enfrentar a hombres y mujeres, luchemos todos juntos por lo mismo.
  • Es necesario hacer hincapié en las violencias sutiles, en esas que se crean dentro de la propia pareja (“te” limpio la casa, insisto para tener relaciones aunque tú no quieras).
  • Es necesario hacer hincapié en las violencias que tenemos arraigadas los hombres, actos agresivos que tenemos normalizados. Necesitamos -los hombres- una autorreflexión profunda. Por suerte, cada vez se está dando más.

Muchas gracias a Belén, Marimar, Clara, Louma, Patricia, Irene, Aida, Joaquim, Laura. Y gracias, mamá.

El rato de paseo

Los habéis visto. Los domingos por la tarde inundan nuestros paseos con su andar lento y -aparentemente- relajado. Bromean (o lo intentan), pierden su mirada en el infinito, hablan de sus próximas (aunque lejanas) vacaciones y de sus problemas en el trabajo, del alto sueldo que merecen y del pequeño que disfrutan. Salen, como digo, en manada. Quienes tienen niños de ciertas edades juguetean con ellos, los observan mientras pedalean o patinan, disputan pequeños partidos con los pequeños, conversan mientras se suben en los columpios.

Y yo no puedo no pensar en los ratos de paseo en el patio de las cárceles. Y me pregunto si somos tan libres como nos cuentan.