El plátano de 120.000 euros

El artista italiano Maurizio Cattelan es el creador de la obra. Un plátano pegado a una pared con cinta aislante. El precio, 120.000 euros. La compradora, Sarah Andelman. Y el debate, la eterna pregunta: ¿esto es arte? Y en consecuencia, ¿qué es arte?

Todos parecemos tener claro que el arte no es el simple virtuosismo. Y también que el arte debe sacudir e interpelar al observador. Y que esta obra que nos ocupa no es virtuosa ni deja indiferente. Pero también somos conscientes de que si no se hubiera pagado ese dinero, tampoco nos sacudiría. ¿Es el precio parte de la obra de arte? Muchas preguntas y quizá tantas respuestas como lectores.

Y para cerrar el círculo, la intervención del artista David Datuna. Se dirigió, decidido, hacia la obra, despegó el plátano de la pared… y sí, se lo comió.

Triste mundo de blancos y negros

Hemos perdido (si es que lo tuvimos alguna vez) una gran cantidad de espíritu crítico y de capacidad de razonamiento. Y esa pérdida nos lleva a que, a la hora de evaluar cualquier situación, acción, persona o iniciativa, nos posicionemos de forma clara o a favor o en contra.

Pues no. Lo lógico es que no sea o blanco o negro, sino que haya una infinita gama de grises en medio. Y ser conscientes de esa gama nos permitirá evaluar todo -incluso las injusticias- en su correcta dimensión.

De la mano de esta ausencia de grises nos llega también la acusación de equidistancia. Intentar comprender los motivos de ambas partes no nos sitúa en la equidistancia, sino que nos llenará de argumentos para poder actuar (y quizá defender a una de las dos partes, por supuesto, que no son excluyentes razonamiento y actuación).

¡No le des opciones!

Esta historia sucedió en un colegio cualquiera, con un profesor cualquiera, con un niño cualquiera y con su papá. Pero podía haber sucedido, desde luego, en cualquier otro lugar y con cualesquiera otros protagonistas.

El niño y el papá estaban a punto de entrar en el cole, pero el niño necesitaba un poco más de tiempo, así que ambos se fueron a sentar tranquilamente en un banco para conversar. Los demás niños ya habían entrado, y la zona estaba ya vacía. Un profesor que, desde dentro, presenció la situación, se acercó para mantener una distancia que le permitiera intervenir, si lo consideraba necesario (con la mejor de las intenciones, estamos seguros).

El papá y el niño siguieron hablando y, en un momento dado, el papá le dijo al niño «¿Qué prefieres, cariño, entrar en el cole o volver para casa?» En ese momento, el profesor actuó como si le hubieran dado a un botón:

«¡No le des opciones!»

No le des opciones. Como si esa posibilidad tuviera alguna validez. Como si fuera aceptable eliminar la posibilidad de decir no. Como si impedir actuar mal (si es que se pudiera considerar así la opción de volver a casa) ayudara de algún modo a que el niño siga creciendo y evolucionando.

Por favor, que tengamos siempre las opciones disponibles y criterio para decidir bien.

El cansancio de las madres

No vivimos en la mejor sociedad para criar, eso es evidente. Pero salvo que queramos extinguirnos, no queda otra opción.

Siempre que veo el enorme cansancio que solemos tener quienes criamos, pienso que algo estamos haciendo muy mal, que no es lógico que criar lleve aparejado este agotamiento. Mi sabia hermana Marimar dice que la causa es que estamos programados para criar en tribu (“se necesita una tribu para crear un niño”, reza un proverbio africano), no individualmente.

Sin embargo, el culto al dinero que profesamos provoca que las más de las veces las familias sean, en lo que a cuidados se refiere, monoparentales. Incluyo aquí como monoparentales aquellas familias en las que uno de los dos progenitores está prácticamente siempre ausente.

Y si estamos programados para criar en tribu, y si es difícil criar en pareja, os podéis imaginar la complejidad de criar individualmente. Siempre pongo como ejemplo lo siguiente: he tenido épocas de alta carga de trabajo, comenzando a las seis de la mañana y terminando a las once de la noche, durante semanas enteras (enteras) y además dedicándome a un trabajo intelectual, que no permite distracciones y exige máxima concentración. Pues bien, ese cansancio no es comparable ni de lejos al cansancio que tuve durante los meses en los que Clara trabajaba durante media jornada y yo estaba esas pocas horas cuidando en solitario a Dani.

Así que es entendible (e injustificable) que a veces haya gente que prefiera quedarse más horas en la oficina con tal de no volver a casa. Sí, no le vamos a dar un premio ni al mejor papá ni al mejor esposo del mundo, pero es entendible.

Siempre me gusta, cuando afrontamos un tema de este calado, intentar aportar alguna solución. No es fácil en este caso. Creo que el paso 1 es darnos cuenta de que la crianza debe ser nuestra principal actividad, y que el trabajo es secundario.

Mucho ánimo a las mamás (y papás) que se dedican casi en exclusiva (o sin casi) al cuidado de los hijos.

Para Marimar, Clara, mamá, y todas esas maravillosas mamás del mundo.

Somos racistas

Hemos visto todos la escena. Si no la habéis visto (y queréis hacerlo) no os costará esfuerzo alguno encontrarla en las redes. En la BBC entrevistaban al experto en relaciones internacionales y profesor universitario Robert Kelly. En un momento de la entrevista entra un pequeño corriendo y, tras él, una mujer con rasgos orientales. E inmediatamente -viva nuestro racismo- interpretamos que es su asistenta/sirvienta.

Pues no: es su esposa. Pero todas las personas a las que he preguntado (me incluyo) asumimos que era parte del personal de servicio por ser oriental.

Qué poco nos cuesta ser racistas (o machistas), debido a que vivimos en una sociedad que lo es, nos guste o no. Debemos estar muy atentos para no caer en los micro (o macro) racismos y machismos.

De nuevo, los retos de inicio de año

Como siempre que comenzamos una etapa (y da igual que sea un año, un curso, una relación o una libreta nueva), ponemos toda nuestra ilusión para que sea productiva y que nos sirva de crecimiento personal. Sin embargo, es demasiado habitual que caigamos en errores anteriores. Obviamente, esto se debe a que, aunque la etapa es nueva, nosotros seguimos siendo los mismos.

Hay algunas sencillas estrategias que nos pueden ayudar a cumplir esos deseos: os comento alguna que me ha servido a mí:

  • definir bien nuestros objetivos, ponerles fecha, y comentarlos en público: cuando comencé a correr (actividad que tengo muy abandonada ahora) me marqué (o me marcaron) dos objetivos muy definidos: ser capaz de correr 5.000 metros en menos de media hora, ser capaz de correr 1.000 metros en menos de 3m45s. Cometí la imprudencia de publicarlo a los cuatro vientos, y conseguí ambos. Ahora, que estoy muy lejos de ese estado de forma, vuelvo a marcarme ese objetivo de los 5.000 metros en menos de media hora. Y me pongo como fecha el 17 de marzo de 2020.
  • ser constante, y registrar algún dato que indique tu constancia. Me marqué el pequeño objetivo de practicar todos los días un poco de inglés. Estoy usando la aplicación Duolingo (que os recomiendo, si no la conocéis), en donde me va indicando el número de días consecutivos que la uso. Ya hemos superado los 333 días, bonito número. Espero continuar con ello, y añadir un idioma más (francés, posiblemente). También quiero ser capaz de escribir un post al día en este blog, sin que eso provoque una disminución de la calidad de los textos.
  • marcarse algún objetivo para este mismo mes de Enero, en el que tan entusiasmados estamos. Obviamente, no un objetivo tan complicado como el que nos marcaríamos para todo el año, pero sí algo que nos sirva de aliciente (y nos mantenga en el camino de seguir cumpliendo objetivos). En mi caso -y continuando con los ejemplos anteriores- podría ser llegar a fin de mes siguiendo el plan de running marcado por mi querido míster Alfredo, con un post diario escrito, y habiendo revisado todos los días los idiomas inglés y francés.

Quiero terminar diciendo que, obviamente, hay miles de objetivos posibles, desde aprender un idioma o ponerse/mantenerse en forma, a mejorar la relación con los amigos y familiares (¿qué tal fijar un día al mes para quedar con esos amigos que solamente ves una vez al año?), ahorrar (¿conoces la técnica de «págate a ti primero», consistente en retirar una cantidad en cuanto recibes tu sueldo?), conseguir leer un libro al mes (o más, o menos, según sea tu ritmo habitual) o viajar a ese lugar que llevas tiempo deseando visitar.

Feliz 2020, queridos amigos.

Una estación de tren para una sola persona

La estación de tren de Kami-Shirataki (en Hokkaido, Japón), debido a su aislamiento y su poco uso, iba a ser cerrada por la empresa gestora, Hokkaido Railway Co. Sin embargo, el estudio previo al cierre les hizo saber que cada mañana, a las 7.04, una adolescente tomaba un tren hacia su instituto; cada tarde, a las 17.08, esa adolescente retornaba a su hogar.

En consecuencia (y reconozco con tristeza que esto difícilmente pasaría en España), la compañía decidió mantenerla abierta hasta 2016, fecha en la que la única viajera completaría sus estudios.

Se me ocurren pocos ejemplos mejores de lo que significa servicio público.

He ampliado información sobre este tema en el dailymail (de ahí he tomado las fotografías) y lo conocí vía Quora, gracias a una respuesta de un usuario (que ahora no encuentro, y que citaré en cuanto pueda).

¡Qué lucidez tiene!

«Caramba, qué lucidez tiene, para ser tan mayor!»

Esta frase -tantas veces escuchada, tantas veces dicha- nos demuestra el poco conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de nuestros ancianos. Su lucidez viene de su edad y experiencia vital. Tiene lucidez porque es mayor.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

O povo é quem mais ordena

Hoy me he llevado -y espero que vosotros también- una preciosa bofetada en la cara de mi soberbia, gracias a un vídeo en el que un periodista interroga a un trabajador sobre a quién va a votar. Tras la respuesta del trabajador, el ¿periodista? empieza a cuestionar la opinión del trabajador, preguntándose que cómo es posible que alguien como él vote a ese partido.

Y sí, yo también he pensado muchas veces que cómo es posible que ciertas personas voten a partidos que -en mi opinión- no defienden para nada sus intereses. Pero realmente, ¿somos alguien para cuestionar eso, somos alguien para cuestionar las opiniones o el punto de vista de otros? ¿Es nuestro punto de vista -fruto, oh, de nuestra sublime inteligencia- el único válido?

En el mencionado vídeo el trabajador argumenta punto por punto por qué su voto irá dirigido a ese partido. El asombro del periodista desde su pedestal se va incrementando gradualmente.

He pensado, viendo el vídeo, que todavía estamos en primero de democracia y no nos damos cuenta de que deben ser las personas (con sus ignorancias y sabidurías, con sus filias y sus fobias) quienes elijan a sus gobernantes, y no nuestro perfecto, informado y clarividente criterio. Curiosamente, ha coincidido hoy ser 25 de Abril.

O povo é quem mais ordena.

Y sí, si me preguntáis, estoy en desacuerdo en casi todos los puntos que esgrime el trabajador en el mencionado vídeo. Pero defenderé siempre su derecho a poder decirlo sin ser cuestionado.