Castigos, consecuencias y multas

Quiero aprovechar el tema del tráfico para volver a tratar el recurrente asunto de los castigos. En muchas ocasiones se confunde castigo con consecuencia, pretendiendo que sean dos nombres (uno con mejor fama que el otro) para un mismo acto.

Si yo voy conduciendo a una velocidad muy alta es muy posible que me lleve una multa. Si yo voy conduciendo a una velocidad muy alta es muy posible que tenga un accidente. Pues bien: lo primero (la multa) es un castigo; lo segundo (el accidente) es una consecuencia. La multa no es la consecuencia de mi exceso de velocidad.

¿Por qué existen las multas? Porque no entendemos el porqué de las normas. Si comprendiéramos por qué no debemos ir a una velocidad exagerada, no iríamos jamás a esa velocidad. Por eso el agente de policía Stefan Pfeiffer se toma la molestia de dirigirse a los conductores que se dedican a sacar fotos en los accidentes (poniendo en peligro a otros conductores y a sí mismos y dificultando la intervención de los equipos de rescate) para que, además de pagar la multa correspondiente, sean conscientes de que es algo que no deben hacer:

Para nosotros es una posibilidad de hacer reflexionar a la gente sobre su comportamiento. Si solo les hacemos pagar 128,50 euros y los dejamos irse, estoy bastante seguro de que no aprenderán nada. Creo que tienen que darse cuenta de lo que realmente están haciendo. Y notamos que esta confrontación directa conmociona a la gente. Y se dan cuenta de que esto no es un juego, sino una realidad amarga.

Stefan Pfeiffer, agente de policía

No es un castigo, es una consecuencia

Hace unos días leí un texto con muy buenos consejos pero que, en uno de sus apartados, utiliza la expresión «castigo o consecuencia», como si simplemente fueran dos formas de llamar al mismo concepto. Voy a intentar explicar la diferencia, de forma que no haya dudas.

La pregunta clave es: una vez realizada la acción «punible», ¿se puede evitar ese castigo/consecuencia [y seguir ayudando a que no se repita la acción]? ¿Sí? Entonces es un castigo. ¿No? Entonces es una consecuencia. Os lo dejo -y me lo dejo- como ejercicio. También os invito a comentar, a proponer nuevas situaciones, y a sugerir cómo resolver esas situaciones sin castigar.

  • Si no te comes todo, no vas al cine.
  • Si tardas en terminar las tareas, no te dará tiempo a ir al cine y no podrás ir.
  • Si le pegas a tus compañeros, te quedarás sin recreo.
  • Si le pegas a tus compañeros, no podrás jugar con ellos, porque les harás daño.

Los castigos, otra vez los castigos

Sigo en mi cruzada particular en contra de los castigos. Varias veces he hablado en este blog sobre ese tema, pero continuaré con ello mientras sea necesario. Hoy quiero afrontar mi razonamiento intentando desmontar los argumentos más habituales que se usan en contra de los castigos.

«Debe existir una sanción cuando no se cumplen las normas»
El objetivo debe ser siempre que la mala conducta no se vuelva a repetir. Tenemos dos opciones: una, sancionar/castigar cuando se produce la mala conducta. Esto presenta -a mi entender, siempre a mi entender- un peligro gravísimo: que el niño pase a comportarse bien simplemente para evitar el castigo. La otra opción es el diálogo. Siempre, siempre, siempre hay posibilidades de argumentar y explicar por qué esa conducta no se puede mantener: ¿que estamos hablando en clase? No se puede; porque así no aprendemos, molestamos a los compañeros, no valoramos el trabajo que el profesor está haciendo. ¿Que dejamos todo sin recoger? No se puede; porque luego no encontraremos las cosas, porque podemos tropezar, porque no nos queda tanto espacio libre…

«No estamos hablando de un castigo, sino de una consecuencia»
Este es un lugar común: en demasiadas ocasiones confundimos castigo con consecuencia. La consecuencia surge del comportamiento; el castigo es algo adicional y que podría existir incluso sin el comportamiento. Si no hacemos las tareas que nos tocan (no hablo necesariamente de tareas escolares), no nos dará tiempo a ir después ir al cine. Eso es una consecuencia. Pero si no hacemos las tareas que nos tocan (hoy, lunes) y entonces el fin de semana que viene no vamos al cine… es un castigo. No hay relación lógica alguna entre unas tareas hechas (o no hechas) y una tarde de cine.

Finalmente, quiero hacer un apunte especial sobre dos tipos de castigos que suelen rechazar incluso quienes aceptan los castigos: castigos colectivos y castigos sin recreo.

Los castigos colectivos son injustos (se castiga a un niño por lo que ha hecho otro) y pueden ser un caldo de cultivo para el bullying: si un niño hace algo por lo que castigan a toda la clase tiene muchas papeletas para no ser muy querido por los demás. En alguna ocasión he leído que además son ilegales, pero no lo puedo asegurar. Si alguien tiene esa información, se lo agradecería muchísimo.

Castigar sin recreo no debería ni merecer medio comentario. Pero es necesario, ya que todavía se hace. Si el niño no ha trabajado lo suficiente/terminado lo que tenía que hacer durante la clase, se le castiga sin recreo. Es decir, que si el niño no estaba centrado, no estamos dándole la posibilidad de relajarse para poder volver mejor, sino que le restringimos ese derecho (y esa necesidad). Al igual que con los castigos colectivos, también he leído que son ilegales, pero tampoco puedo garantizarlo. Del mismo modo, cuento con vuestra ayuda para aclarar este punto.

Porque no siempre tenemos la razón

Supongo que estaréis al tanto. Hace unos días, unos padres decidieron castigar a su hijo dejándolo solo en el bosque. Y eso hicieron. Ignoraron su llanto, su carrera intentando acercarse al coche, y sus llamadas. Cuando se arrepintieron y volvieron a buscarlo, ya no lo encontraron. Milagrosamente, ahora ha aparecido.

No quiero centrar este post en el absurdo de los castigos. Ni tampoco en el delito cometido por sus padres. Quiero centrarme en algo que desconozco pero que supongo que pasó: estoy seguro de que la idea no surgió de ambos. Y acuso, directamente, a ese concepto intocable de «darle la razón a tu pareja delante de los niños». Ni hablar. Si tu pareja se confunde, no hay ningún problema en decirle que está confundida. Con esa simple acción conseguimos dos cosas: una, enseñar a nuestros hijos que todos podemos cometer errores y que se puede disentir sin ser de forma violenta; dos, reconducir la situación evitando una injusticia hacia nuestros hijos.

Los castigos

Quienes me seguís y conocéis sabéis de sobra que no considero los castigos un método educativo. Voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible.

Cuando se aplica un castigo para corregir una conducta, pueden suceder dos cosas: 1) que el castigo no tenga efecto o 2) que el castigo tenga efecto.

En el primer caso, el castigo no sirve para nada: hemos dejado al niño sin consola porque ha pegado a otro y al día siguiente vuelve a pegarle. El castigo no ha servido de nada.

Y esto es lo mejor que puede pasar. ¿Sabéis por qué? Porque la otra opción es peor: que el castigo sirva para algo. Que al día siguiente el niño no pegue porque si pega se queda sin jugar a la consola. Trasladado a un contexto futuro, y más grave, ¿os imagináis a alguien que no mata porque si mata va a la cárcel? ¿Alguien quiere ser así, alguien quiere que sus hijos, alumnos, seres queridos, sean así?

Yo tampoco.