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Orgullosos de nosotros mismos

Este virus no se mueve, sino que lo movemos. Así que hemos sido nosotros los causantes de la propagación de la pandemia. Nosotros, los que nos hemos ido de cañas cuando lo más prudente era quedarse en casa porque claro, hay que seguir viviendo (cuando eso a lo que ayudaba era a seguir muriendo). Nosotros hemos sido los que nos hemos encontrado excusas para saltarnos confinamientos. Nosotros hemos sido los que nos hemos colado para conseguir vacunarnos antes que otros que lo necesitaban más. Nosotros, los que nos hemos dedicado a destruir y criticar.

Pero cuando dentro de unos siglos nos estudien, verán que aquella generación, cuando llegó el momento de vacunar, decidió que primero se vacunarían los ancianos, antes que los jóvenes, que los ricos o que los mandatarios. Y ahí encontraremos un motivo por el que estar más que orgullosos de nosotros mismos.

No es su vestido, es tu mirada

No hay vestidos indecentes, hay miradas indecentes.

Pasa demasiado a menudo: la mujer (suele ser una mujer) lleva el vestido que le apetece, con el escote que quiere, con la falda tan corta como quiere; el hombre (suele ser un hombre) no evita ni puede evitar un comentario (que nadie le ha pedido) sobre ese vestido.

Y no hay nada erróneo ni indecente ni provocativo en la prenda: el único error está en tu mirada.

¿Están a gusto con nosotros?

No, no me estoy refiriendo a nada trascendente. Solamente a un pequeño detalle que nos puede informar de si esa persona con la que estamos charlando quiere ir dando por concluida la conversación o no.

Fijémonos en sus pies.

Si están apuntando hacia nosotros, la conversación puede continuar. Si están apuntando en dirección a “me voy”… es que quiere irse. Vayamos dando por concluida la charla.

Ay, el lenguaje no verbal y la gran cantidad de información que nos aporta.

¿A quién atendemos? (¿A quién dejamos sin atender?)

Que la primera pregunta implica la segunda, que es realmente la importante. He pensado en esto especialmente durante esta pandemia, y como los ingenieros de telecomunicaciones sabemos un poquito de Teoría de Colas, le he dado unas cuantas vueltas.

Tenemos, digamos, cien pacientes que requieren atención… pero solamente podemos atender a ochenta. ¿Qué hacemos con los veinte restantes, cómo gestionamos esto?

Una aproximación razonable es atender por orden de gravedad/urgencia. Primero atendemos a los más graves. Posible problema: los graves se nos mueren por estar graves, los menos graves se convierten en graves por no estar atendidos.

Otra opción es la contraria a la anterior: atendamos primero a los menos graves. Así que esos se salvarán con gran seguridad. Y, con la misma gran seguridad, los más graves se morirán.

La opción que antes conseguiría atender a todos consiste en ordenar a los pacientes por menor tiempo de atención requerido (quizá equivalente a la anterior).

Y, finalmente, hay otras opciones que se han sugerido en estos tiempos, algunas muy similares a las anteriores:

  • Atender primero a los que tienen más probabilidades de sobrevivir.
  • No dar atención a un tipo de pacientes (provenientes de residencias, mayores de una determinada edad, con otras patologías graves).

Para no encontrarnos en estas terribles tesituras, hay que intentar por todos los medios que el sistema sanitario no se desborde con las medidas que ya todos conocemos: distancia, mascarilla, minimizar el tiempo en espacios cerrados, limpieza de manos.

James Rhodes y su amor a España

James Rhodes es un pianista londinense que desde hace ya unos cuantos años reside en nuestro país y no para de mostrar su admiración y amor por España. Muy por encima, desde luego, que muchos de los que nos consideramos españoles (aunque ya sabemos que no considerarse español y sentir rechazo por España es casi una característica de los españoles, pero eso nos lleva a una discusión diferente).

Nos muestra su amor por España, decía: nos lo muestra con su cariño intentando aprender las costumbres, expresiones y lenguas de cualquier rincón de España; nos lo muestra también con su labor divulgativa sobre su especialidad; nos lo muestra con su labor política intentando que cada vez las leyes sean más justas y se preocupen de quienes más lo necesitan. Y nos lo muestra, también, con su solidaridad.

Lo último que ha hecho ha sido tener este precioso gesto con una persona que necesitaba vender su violín (gracias por compartirlo, @actiononcat):

Un gesto precioso. Ojalá todos tuviéramos la humanidad y la responsabilidad que muestra James.

Mr Robot y su secuencia inicial

Mr Robot es una serie que gustará a los aficionados a (y profesionales de) la tecnología. No solamente, ya que también es una buena reflexión sobre nuestra sociedad y sobre las relaciones humanas.

La escena inicial, personalmente, me fascina. El protagonista, experto en seguridad, ha descubierto a qué turbios (más que turbios) asuntos se dedica el propietario de un boyante negocio. Desde las pocas pero concisas palabras que le aportan su timidez y su conocimiento, destroza a su interlocutor.

Gente que no tiene prisa, ni aun en los días de fiesta

Siempre me ha gustado esta frase de Antonio Machado porque, vista desde ahora, nos describe muy bien cómo ha cambiado nuestra sociedad: antes la gente vivía en absoluta tranquilidad… salvo en los días de fiesta, en los que había que estar con tiempo en la iglesia, tener sitio donde comer, tener comida preparada. Ahora la gente vive en absoluto estrés… salvo los días de fiesta.

Hoy, día del Carmen, festivo en Moaña (y en muchos otros sitios), me he acordado de esa frase 🙂 Feliz día y, a ser posible, sin prisas (o no, ya no sé).

Felicidades a todas las cármenes de mi vida, especialmente para mi abuela y para mi tía Carmen.

De ferrados y cavaduras

Nos parece lógico que las unidades de medida estén estandarizadas, de forma que sea fácil saber de qué longitud, superficie o volumen estamos hablando. Y llevamos siglos intentando lograr esa estandarización. En concreto, en España, lo llevamos intentando desde antes de ser España: el primero fue Alfonso X El Sabio, en el siglo XIII. Y la que lo logró fue Isabel II, a mediados del XIX.

Lo logró Isabel II, decía, hace casi dos siglos. Pero no del todo: junto con medidas que valen lo mismo aquí que en Palencia, en Galicia -al menos, en Galicia- tenemos medidas relacionadas con la productividad de un terreno (el ferrado, recipiente herrado -para que no sea fácil trucarlo- que puede albergar una cantidad de cosecha) o con lo que cuesta trabajarlo (la cavadura).

Debido a la variabilidad, un ferrado del Morrazo (472 m2) no es lo mismo que un ferrado de, por ejemplo, Mondoñedo (612 m2). Desconocemos si también hay grandes diferencias en la capacidad de trabajo entre los morracenses y los otras zonas, pero no nos extrañaría.

Y como no podía ser de otro modo, este post va para mi suegro Pepe. :*