Soñé que tú me llevabas, de Antonio Machado

   Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

  Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

Y el que diga que no, miente (de Leticia Sánchez)

Traemos hoy al blog este poema de Leticia Sánchez (@laesanchez en Instagram). Mirad qué belleza y qué certeza:

Todos tenemos una guerra que ganar,
un perdón que pedir,
un recuerdo aparcado,
una salida de emergencia,
poco de miedo,
y una sonrisa que no olvidaremos jamás.

SIEMPRE.

(vía Adictos al café y a los poemas, en Facebook).

Romance de La serrana de la Vera

Allá en Garganta la Olla,
en la Vera de Plasencia,
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena;
trae recogidos los rizos
debajo de la montera;
al uso de cazadora,
gasta falda a media pierna,
botín alto y argentado
y en el hombro una ballesta;
de perdices y conejos
lleva la pretina llena.
Detúvome en el camino
y ofrecióme rica cena.
Tomárame por la mano
para guiarme a su cueva;
no me lleva por caminos,
ni tampoco por veredas,
sino un robledal arriba
espeso como la hierba.
Al entrar en la cabaña
me mandó cerrar la puerta,
pero yo de prevenido
la dejé un poco entreabierta.
Diome yesca y pedernal
para que lumbre encendiera,
y al resplandor de la llama
vi un montón de calaveras:
—¿Cúyos son aquestos huesos?
¿Cúyas estas calaveras?
—Hombres fueron que he matado
por que no me descubrieran.
Tú alégrate, caminante,
buena noche nos espera.

De perdices y conejos
sirvióme muy rica cena,
de pan blanco y de buen vino
y de su cara risueña.
Si buena cena me dio,
poco pude comer de ella;
si buena cena me dio,
muy mejor cama me diera;
sobre pieles de venado
su mantellina tendiera.
Viendo que no me rendía
por que el sueño me rindiera,
a mi me dio un rabelillo,
ella toca una vihuela;
por un cantar que ella canta,
yo cantaba una docena;
pensó adormecerme a mí,
mas yo la adormecí a ella.
En cuanto la vi dormida
fui muy pasito a la puerta,
los zapatos en la mano
para que no me sintiera.
Salí y comencé a correr
sin atrás volver cabeza.
Dos leguas llevaba andadas,
la siento de peña en peña,
saltando como una corza,
bramando como una fiera:
—¡Caminante, caminante,
que la cayada te dejas!
—Mucho palo hay en el monte
para hacer otra más buena.

Una honda que traía
la cargó de una gran piedra;
con el aire que la arroja
derribóme la montera,
y la encina en que pegó
partida cayó por tierra.
—Aguárdate, lindo mozo,
vuélvete por tu montera.
—La montera es de buen paño,
pero, ¡aunque fuera de seda!
—¡Ay de mí, triste cuitada,
por ti seré descubierta!
—Descubierta no serás…
hasta la venta primera.

Maravilloso romance -una de sus muchas versiones, que así es la tradición oral- recogido y publicado por Ramón Menéndez Pidal.

Para Irene y Dani.

O poeta é um fingidor, de Fernando Pessoa

O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
na dor lida sentem bem,
não as duas que ele teve,
mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
gira, a entreter a razão,
esse comboio de corda
que se chama coração.

Esta maravilla de Pessoa, desde esta maravilla que es Portugal.

La Saeta, de Antonio Machado

Hoy comparto con vosotros un poema muy apropiado para estas fechas: La Saeta, de Antonio Machado, en el que, con su sencillez característica, nos resume tanto la Semana Santa y sus procesiones, como la fe en la que el poeta cree:

 "¿Quien me presta una escalera,
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?"
Saeta popular


¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar! 

Y este poema debe acompañarse siempre con la magnífica música y voz de Serrat:

Himno en honor a Afrodita, de Safo de Lesbos

Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!

Antes acude como en otros días,
Mi voz oyendo y mi encendido ruego;
Por mí dejaste la del padre Zeus
Alta morada.

El áureo carro que veloces llevan
Lindos gorriones, sacudiendo el ala,
Al negro suelo, desde el éter puro
Raudo bajaba.

Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
Te sonreías: ¿Para qué me llamas?
¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces ahora?
—me preguntabas—

¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
Mísera Safo?

Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y más propicio ofreceráte dones,
Y cuando esquives el ardiente beso,
Querrá besarte.

Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
Liberta el alma de su dura pena;
Cual protectora, en la batalla lidia

Siempre a mi lado.


Ποικιλόθρον᾽ ὰθάνατ᾽ ᾽Αφρόδιτα,
παῖ Δίος, δολόπλοκε, λίσσομαί σε
μή μ᾽ ἄσαισι μήτ᾽ ὀνίαισι δάμνα,
πότνια, θῦμον.

ἀλλά τυίδ᾽ ἔλθ᾽, αἴποτα κἀτέρωτα
τᾶς ἔμας αὔδως αἴοισα πήλγι
ἔκλυες πάτρος δὲ δόμον λίποισα
χρύσιον ἦλθες

ἄρμ᾽ ὐποζεύξαια, κάλοι δέ σ᾽ ἆγον
ὤκεες στροῦθοι περὶ γᾶς μελαίνας
πύκνα δινεῦντες πτέῤ ἀπ᾽ ὠράνω αἴθε
ρος διὰ μέσσω.

αῖψα δ᾽ ἐξίκοντο, σὺ δ᾽, ὦ μάκαιρα
μειδιάσαισ᾽ ἀθανάτῳ προσώπῳ,
ἤρἐ ὄττι δηὖτε πέπονθα κὤττι
δηὖτε κάλημι

κὤττι μοι μάλιστα θέλω γένεσθαι
μαινόλᾳ θύμῳ, τίνα δηὖτε πείθω
μαῖς ἄγην ἐς σὰν φιλότατα τίς τ, ὦ
Ψάπφ᾽, ἀδίκηει;

καὶ γάρ αἰ φεύγει, ταχέως διώξει,
αἰ δὲ δῶρα μὴ δέκετ ἀλλά δώσει,
αἰ δὲ μὴ φίλει ταχέως φιλήσει,
κωὐκ ἐθέλοισα.

ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον
ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι
θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα

σύμμαχος ἔσσο.

Ya ves qué tontería

Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre,
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.

Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre.

Gloria Fuertes -no es la primera vez que sale en este blog, y espero que no sea la última- no es solamente esa escritora que escribía mal para que se la entendiera bien. Es una poetisa de una altísima categoría, no solo en el fondo -eso ya lo sabíamos-, también en la forma.

Canzón de Cuna pra Rosalía de Castro, Morta, de Federico García Lorca

No se conocieron en vida, ya que Federico nació después de la muerte de Rosalía. Pero eso no fue, obviamente, impedimento para la admiración que siempre mantuvo el poeta de Fuente Vaqueros por la obra de Rosalía.

Escribió Lorca unos cuantos poemas en gallego. Y uno de ellos, que traigo en esta semana de Rosalía, es esta Canzón de Cuna pra Rosalía de Castro, Morta. Os la dejo para que la disfrutéis:

¡Érguete, miña amiga,
que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada,
porque o vento muxe, coma unha vaca!

Os arados van e vén
dende Santiago a Belén.

Dende Belén a Santiago
un anxo ven en un barco.
Un barco de prata fina
que trai a door de Galicia.

Galicia deitada e queda
transida de tristes herbas.
Herbas que cobren teu leito
e a negra fonte dos teus cabelos.
Cabelos que van ao mar
onde as nubens teñen seu nídio pombal.

¡Érguete, miña amiga,
que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada,
porque o vento muxe, coma unha vaca!

Y un bonus maravilloso. Este poema con la música y la voz de Amancio Prada:

Nana de lluvia, de Carlos Núñez

Por desgracia, estamos acostumbrados -si es que tal cosa es posible- a naufragios y desgracias marinas. Hemos crecido con los recuerdos del Ave del Mar y del Centoleira, dos naufragios que forman parte de nuestra memoria y de nuestro sufrir colectivos. Así que cada vez que llega una noticia de un nuevo naufragio, se juntan recuerdos, miedos y sufrimientos. Y, quizá, resignaciones ante lo inevitable. En mi más de medio siglo creo que jamás he vivido ninguna sorpresa inesperada, tras un naufragio, de que alguien haya aparecido vivo.

Sin embargo, el mar que nos la quita también es el mar que nos da la vida. Y parece imposible que sea el mismo. Carlos Núñez, en su bellísima Nana de lluvia, nos cuenta eso.

Luego llora de espaldas
para que el mar no vea
cómo grita su alma
cómo llora su pena.
"Otro mar muy enfermo,
otro mar muy sediento
se comió a mis amores,
me ha secado el aliento.

No es el mar que yo veo
otro mar que no siento
otro mar de allá lejos
otro mar más violento".
Y le habla a su ría,
siempre sola y descalza,
con su mano en las olas
acaricia su espalda.

El Amor, según Quevedo

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Este es el Niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

De todas las canciones que ha recibido el Amor a lo largo de los siglos, creo que este soneto es, -no sé si lugar a dudas-, la mejor. Qué maravilla esos oxímoros (o quizá, o también, antítesis: estáis invitados a corregirme siempre).