Los hombres muertos no cuentan cuentos

Benito había nacido en el barrio marinero de la ciudad de Pontevedra y, poco antes de cumplir los 18 años, se embarcó en el bergantín brasileño El defensor de Pedro, dedicado a la trata de esclavos. Allí fue el cabecilla de un motín que acabó con el capitán abandonado en África, parte de la tripulación propia pasada a cuchillo, Benito como capitán y el barco rebautizado como La Burla Negra. Tomaron rumbo a las Islas Azores y posteriormente a Cabo Verde, abordando los barcos que encontraban a su paso y realizando sanguinarias masacres en cada uno de ellos: Morning Star, Topaz, Sumbury, Melinda, Cessnok, New Prospect.

Con las bodegas -os podéis imaginar- más que repletas llegaron a La Coruña, haciéndose pasar el barco por el original El defensor de Pedro, y uno de los piratas por el legítimo capitán. Allí vendieron la mercancía y, tras una breve parada en Pontevedra para esconder el tesoro -todavía no se ha encontrado- tomaron rumbo hacia Cádiz. Y aquí toda la buena suerte que había tenido nuestro pirata se convirtió en mala: el vigía confundió el faro de la isla de León con el de Tarifa y La Burla Negra naufragó. Naufragio que habría quedado en poco o en nada si no fuera por la presencia aquellos días en Cádiz de uno de los supervivientes del Morning Star, al que no le costó nada identificarlos. Una decena de los piratas fueron ahorcados, pero no Benito, que -aún quedaba algo de suerte, parece- consiguió escapar. Escapó a Gibraltar, en donde sufrió el mismo fin que sus compañeros: ahorcado acusado de 75 asesinatos. Según nos cuentan, estuvo sereno, arrepentido e incluso un pelín chulito.

Queda para el recuerdo su historia, su máxima de “Los muertos no hablan” y ese tesoro que Benito Soto Aboal, el último pirata del Atlántico, dejó escondido entre los muros de la casa de las Campanas (o del Pitillo, según quien nos lo cuente) y que los actuales dueños de la casa se verán obligados a restituir a los herederos de Benito… si lo encuentran.

Para Rita y Elvi, las piratas que nos descubrieron a Benito Soto Aboal.

Diógenes, el cínico

«El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe».

Esta gran verdad es atribuida a uno de los hombres más especiales que han existido: Diógenes. Contaré las dos anécdotas más conocidas, que ilustran perfectamente la forma de pensar y la estatura moral de este hombre:

Se dice que recorría -en pleno día- las calles de Atenas, con un farol, buscando a un hombre. Un hombre digno de tal apelativo, un hombre honesto. Esto me recuerda (aunque daría para otro post) a lo que buscan las personas de mi generación cuando están en busca de pareja (una búsqueda mucho más exigente que la de dos décadas atrás, por otra parte).

La otra anécdota nos cuenta que el bueno de Diógenes se encontraba tumbado y el gran Alejandro Magno, acercándose a él, le preguntó qué deseaba. La respuesta fue tan rotunda como inmediata: “apártate, quiero que me dé el sol”. Cuando los acompañantes de Alejandro reprocharon aquella respuesta, recibieron también una dosis de sabiduría de parte de su señor: “Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”.

El topo salvador

Cuenta una antigua leyenda, que se pierde en la alborada de los tiempos, que desde el cielo cayeron todos los animales; con tal fuerza, que penetraron en la tierra. El topo reunió a todos y les dijo que él se encargaría de buscarles una salida. Con presteza y habilidad empezó a horadar caminos hacia arriba, hasta que, efectivamente, llegó a la superficie. La deslumbrante luz del sol lo cegó, y ciego quedó para siempre. Pero ayudó a todos los demás animales a encontrar la salida.

El padre y los tres hijos

Hace ya mucho tiempo vivían, en las tierras que hoy son de Soria, un padre con sus tres hijos. Los tres jóvenes se llevaban muy mal entre sí, en continuas peleas y disputas. Llegó el día en que el padre se hartó y los maldijo: los tres niños se transformarían en tres montañas, se verían mutuamente, pero no podrían moverse ni pelear. Así fue cómo surgieron los montes Moncayo, Ocejón y Santo Alto Rey.

¿Quién era la diosa Cibeles?

Desde luego, a todos nos suena más la diosa Cibeles por la fuente que por nuestros conocimientos de Mitología. ¿Te has preguntado alguna vez quién era esta diosa?

Es una diosa frigia, y era la personificación de la tierra fértil, de los animales, de la Naturaleza, de las cavernas y de las montañas. Se la suele representar con dos leones (león y leona) que representan a Hipómenes y Atalanta. Atalanta retaba a sus pretendientes a una carrera, y siempre salían derrotados. Hasta que llegó el turno de Hipómenes, que distrajo a Atalanta… y así consiguió vencer en la carrera y la mano de Atalanta.

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«Cibeles con Palacio de Linares closeup». Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

La espada de Damocles

Como sabéis, la expresión “la espada de Damocles” se utiliza cuando estamos situados bajo una amenaza.

Su origen se sitúa en una leyenda (probablemente más leyenda que historia) situada en la Grecia Antigua.

Damocles era un sirviente del rey Dionisio II. Sirviente y, al parecer, excesivamente adulador de las grandezas de las que disfrutaba su rey.

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Hasta que el rey, harto de adulaciones y deseoso de dar una lección a Dionisio, le ofreció la posibilidad de ser rey por un día. Eso sí, de un pelo colgó una espada. Y la puso, colgando, sobre la cabeza del nuevo rey.

Pronto Damocles se dio cuenta de que ser rey llevaba consigo, además de grandes riquezas y comodidades, grandes riesgos.

A Quintana dos mortos (e A Quintana dos vivos)

Santiago de Compostela, lugar de visita obligada, está llena de rincones mágicos, de leyendas y de realidades. Uno de esos rincones es la Plaza de la Quintana, a la cual Federico García Lorca (andaluz) dedicó un bello poema (en gallego).


¡Si, a lúa, a lúa
coronada de toxos,
que baila, e baila, e baila
na Quintana dos mortos!

Esta plaza tiene dos alturas (y unas escaleras entre ambas), y cada altura recibe su nombre: A Quintana dos vivos (la superior); A Quintana dos mortos (la inferior). Esta parte inferior fue cementerio, de ahí su alusión a quienes allí reposaban.

Y si podéis visitarla de noche, no olvidéis ver la sombra del monje ahorcado, silencioso guardián de la catedral.

El oricuerno

Hoy he conocido, gracias a @Campeador_Cid, a este ser mitológico (no confundir con el unicornio, aunque se le parece bastante); su leyenda se contaba en Castilla y en el Norte de España (aún hoy permanece la leyenda en pueblos de la montaña de Palencia y de León).

El Valdavia en Osorno la Mayor
El oricuerno es un caballo blanco, con patas de gamo y cola de león, cabeza púrpura, ojos azules o rojos, un cuerno largo y retorcido en medio de la frente y una alitas encima de las pezuñas.

A diferencia del unicornio, que necesitaba a una doncella para ser apaciguado, el oricuerno necesita, además, que le muestre uno de sus pechos.