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¡No le des opciones!

Esta historia sucedió en un colegio cualquiera, con un profesor cualquiera, con un niño cualquiera y con su papá. Pero podía haber sucedido, desde luego, en cualquier otro lugar y con cualesquiera otros protagonistas.

El niño y el papá estaban a punto de entrar en el cole, pero el niño necesitaba un poco más de tiempo, así que ambos se fueron a sentar tranquilamente en un banco para conversar. Los demás niños ya habían entrado, y la zona estaba ya vacía. Un profesor que, desde dentro, presenció la situación, se acercó para mantener una distancia que le permitiera intervenir, si lo consideraba necesario (con la mejor de las intenciones, estamos seguros).

El papá y el niño siguieron hablando y, en un momento dado, el papá le dijo al niño «¿Qué prefieres, cariño, entrar en el cole o volver para casa?» En ese momento, el profesor actuó como si le hubieran dado a un botón:

«¡No le des opciones!»

No le des opciones. Como si esa posibilidad tuviera alguna validez. Como si fuera aceptable eliminar la posibilidad de decir no. Como si impedir actuar mal (si es que se pudiera considerar así la opción de volver a casa) ayudara de algún modo a que el niño siga creciendo y evolucionando.

Por favor, que tengamos siempre las opciones disponibles y criterio para decidir bien.

Enseñando a respetar

No. Como los habituales de este blog sabéis, considero que enseñar a respetar solamente se puede hacer respetando. Y cuando esta mañana me he encontrado con los dos breves vídeos que comparto aquí, he vuelto a ser consciente de lo lejos que estamos de respetar a nuestros hijos.

El primer vídeo nos muestra a un monitor aterrorizando a un niño antes de lanzarse en tirolina.

En el segundo vídeo vemos la reacción de una madre al encontrar a sus hijas bailando twerking.

Y lo más lamentable es que hemos creado una sociedad en la que se puede justificar, entender o incluso aprobar o bromear con esas conductas. Anda que no nos queda camino por recorrer.

El trato a nuestros mayores

Tengo la sensación -no es la primera vez que lo comento- de que vivimos en una sociedad que está cada vez más alejada de los niños y de los ancianos y que es absolutamente incapaz de entender los comportamientos propios de esos grupos de edad. Así que acaba calificando con el nombre de enfermedades lo que es parte de un proceso normal, si se me permite utilizar esa palabra: que un niño sea muy movido o que un anciano tenga lagunas de memoria no deberían ser motivos de alarma, en mi opinión.

Como sabéis, en este blog suelo hablar mucho de nuestros pequeños, pero hoy quiero centrarme en quienes han recorrido su camino, nuestros antecesores en este bonito río de la vida. Somos lo que somos gracias a ellos, y podemos seguir aprendiendo de su sabiduría, pero optamos por apartarlos de nuestras vidas -como no producen y nosotros tenemos que trabajar, pagamos a otras personas para que se ocupen de ellos-, impacientarnos con sus despistes e incluso ridiculizarlos o alterarnos si no tienen nuestra agilidad mental o física. Como sucede con nuestro trato con los niños, también tenemos muchísimo que cambiar de nuestro trato con los mayores, ese otro tesoro que nos regala la vida.

Sed buenos

Hace ya unos añitos estábamos Dani y yo en un espectáculo para niños.

Los «piratas» (animadores) les pedían a los niños que hicieran cosas: «tocad una piedra!», «despeinad a otro niño!», «poned cara fea!»… «sed buenos!»

Y aquí está el punto al que quiero llegar: al decir «sed buenos», ¿sabéis qué hicieron los niños? Se quedaron quietecitos. ¿Es esto a lo que asociamos ser buenos? Por desgracia, no resulta sorprendente.

Y como es muy posible que haya padres que no les hayan explicado a sus niños que también eran buenos cuando tocaban piedras, despeinaban a otros niños y ponían caras feas, quizá haya niños que crezcan pensando que ser buenos es eso: estarse quietos, no molestar.