Los cinco lenguajes del amor

En la cuenta de Twitter de @barbara44255900 (es una cuenta siempre muy recomendable) he encontrado hoy un tesoro que creo que puede ayudar a cualquiera que quiera entender mejor sus relaciones de pareja. Por mi parte, tengo claro que voy a usar el concepto que me ha desvelado.

Nos cuenta en sus tweets -sin ser invención suya- que el amor tiene cinco lenguajes diferentes, cinco formas diferentes de expresar ese bonito sentimiento. No todos tenemos los cinco, así que no tiene ningún sentido esperar que tu pareja se exprese en una lengua que no es suya.

Aquí os describo esos cinco lenguajes:

  • palabras de afirmación: palabras que nos hacen sentir mejor, piropos, ese te quiero que parece que tanto cuesta a veces (y quizá, simplemente, es que esa persona no conoce ese lenguaje).
  • actos de servicio: todo lo que hacemos para facilitar la vida de la otra persona; aquí podríamos incluir casi todo lo que hacemos. Por fortuna, cada día nos da mil ocasiones de convertir nuestras acciones en actos de servicioamor.
  • contacto físico: no hay mucho que describir; todo aquello que entraña estar cerquita de nuestro amor -cuenta más cerca, mejor- entra en esta categoría.
  • regalos: no hablamos de los de los días «oficiales» (que también), sino de esos regalos que aparecen porque sí y porque te adoro y porque me gusta ver tu cara.
  • tiempo de calidad: el uso de nuestro tiempo libre para dedicarlo a la persona amada es, en muchas ocasiones, el mejor regalo que podemos hacerle.

No tiene sentido esperar que tu pareja se exprese en una lengua que no es la suya, decía. Pero sí tiene todo el sentido intentar aprender los cinco lenguajes para dirigirnos a nuestra pareja.

Muchísimas gracias, Bárbara, por darnos a conocer estos lenguajes.

Para Clara. :*

Derechas frente a izquierdas bajo el prisma de la educación

El extraordinario libro The Information is Beautiful, que os recomiendo encarecidamente, nos muestra unas infografías magníficas, para explicar mil y un temas diferentes. Hay una que me parece especialmente completa, en la que se nos definen las diferencias entre derechas e izquierdas. Dentro de esa infografía, quiero centrarme en la parte que se refiere a la educación. Fijaos qué descriptivo:

Uno nos ofrece una atmósfera de premios y castigos (educación, dirán unos; amaestramiento, dirán los otros), provocando una relación basada en el respeto y el miedo; el otro, una atmósfera de protección y comunicación (hiperprotección, dirán unos; amor, dirán los otros), provocando una relación basada en el respeto y en la confianza. Desafortunadamente, los premios y castigos son la base habitual sobre la que se construyen muchas familias: más cómodo, desde luego, pero más dañino. Está claro que si nuestros votos tuvieran que ser coherentes con nuestro comportamiento, arrasarían las derechas.

Lo primero, el trabajo

Estamos en época de gripes, catarros y demás, sobre todo entre los niños. En el cole de nuestros hijos está faltando un buen porcentaje del alumnado. Y se me ha ocurrido pensar qué sucedería si, por ejemplo, el colegio tuviera que decretar el cierre durante una semana, por precaución. Seguramente sería un buen problema para muchas familias. Y, lo que es peor, vemos normal que lo sea.

Hemos llegado a una sociedad en la que lo primero es el trabajo (es decir, el dinero). Y lo tenemos interiorizado y normalizado, como decíamos. Eso sí, cuando llega el final de la vida (de la nuestra o de la de otros), lo que lamentamos no es el dinero no ganado, sino el tiempo no disfrutado con los nuestros.

Nunca es tarde para replantearnos esto.

¿Y si los tratamos como si no fueran de la familia?

Hay una situación en la que caemos -creo- todos alguna vez: tratamos mejor a los desconocidos que a las personas de nuestra familia. Si viene un niño de fuera, podemos pasarnos un buen rato jugando con él, pero para los nuestros estamos muy cansados. Si una desconocida nos pregunta algo por la calle, respondemos con toda nuestra amabilidad, pero para nuestra pareja no tenemos palabras tan bonitas.

Así que os propongo y me propongo darle la vuelta a esta situación y pasar a tratar a los nuestros como se lo merecen. Y por supuesto, a los desconocidos los seguiremos tratando bien, cómo no.

Desconocida

No, los dictadores no surgen del cariño

Últimamente estoy leyendo demasiados argumentos apoyando la teoría de que «de padres consentidores nacen hijos tiranos». Obviamente, yo no estoy en las vidas de todas las familias, pero no conozco a nadie, absolutamente a nadie, que le consienta todo a sus hijos. Para bien o para mal, todos tenemos que decir «no» decenas de veces cada día. Esos noes, por supuesto, deben estar argumentados (por el bien de los hijos, por el bien de los padres, y por el bien de la relación a corto y -sobre todo- a largo plazo). Y me duelen especialmente, porque he oído argumentos de ese estilo al juez Emilio Calatayud, persona a la que admiro y que en muchísimos casos ha demostrado un gran sentido común. También a Pedro García Aguado (Hermano mayor), que se enfrenta a situaciones tremendamente complicadas.

No sé cuáles son los casos de esos «padres consentidores», de los cuales nacen hijos tiranos. Lo que sí sé es que de padres violentos surgen almas completamente dañadas:

Hitler dijo que, de niño, era azotado a menudo por su padre. Años más tarde le dijo a su secretaria: «Entonces tomé la decisión de no llorar nunca más cuando mi padre me azotaba. Unos pocos días después tuve la oportunidad de poner a prueba mi voluntad. Mi madre, asustada, se escondió en frente de la puerta. En cuanto a mí, conté silenciosamente los golpes del palo que azotaba mi trasero».

El comportamiento de su padre en casa fue autoritario, rayando la violencia, siempre malhumorado, no admitía que se le contradijese, y los cuatro hermanos —Francisco [Franco] en menor medida, dado su carácter retraído y apocado— sufrieron lo que hoy se consideraría malos tratos.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

(Las citas las he tomado de la Wikipedia)

Nunca terminaré de amarte

Gloria Fuertes es, sobre todo -o casi únicamente-, conocida como poeta para niños (que no es poco, caramba). Pero no sólo escribía para niños. Comparto con vosotros este sublime poema de amor:

Nunca terminaré de amarte.

Y de lo que me alegro,
es de que esa labor tan empezada,
ese trajín humano de quererte,
no lo voy a acabar en esta vida;
nunca terminaré de amarte.

Guardo para el final las dos puntadas,
te quiero, he de coser cuando me muera,
e iré donde me lleven tan tranquila,
me sentaré a la sombra con tus manos,
y seguiré bordándote lo mismo.

El asombro de Dios seré, su orgullo,
de verme tan constante en mi trabajo.

Y el regalo que me ha dado la vida es que, cada vez que leo esos versos, la relación que me viene a la mente es la de mis padres. El secreto de la felicidad es -bien lo sabéis- saber elegir a tus padres.

¿Qué nos pasa con el amor?

Estábamos dando un paseo y yo me paré a atarle a Dani un cordón de la zapatilla. Unos turistas -forasteiros, aquí les llamamos así- que paseaban por allí no perdieron su ocasión de intervenir: «este niño sabe atarse los cordones, que me lo dijo a mí, pero prefiere que se los ate su padre».

Aproveché para explicarles que seguramente no me quedaba mucho tiempo más de hacer eso. Creo que se quedaron un poco decepcionados; me parece que contaban con que yo aprovecharía su ayuda para atacar a mi hijo. Lo digo completamente en serio.

Me hubiera gustado explicarles también que -si todo va bien- llegará un momento en el que sea Dani el que me ate las zapatillas a mí.

Y ahora reflexiono un poco. Sobre por qué molesta ver a un papá atar las zapatillas a su hijo. O llevarlo de caballito. O por qué molesta ver a una mamá dando el pecho a su niño (hoy ha escrito Patricia Garcés un interesante artículo relacionado). O por qué nos resulta más escandaloso ver una pareja haciendo el amor que ver a una pareja discutiendo.

Y he llegado a la conclusión de que a este mundo le molesta el amor.