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Psicología

Enfermedades mentales y redes sociales

Cada vez menos, pero aún estigmatizadas, las enfermedades mentales están ganando poco a poco el sitio que merecen en nuestras conversaciones y en nuestra normalidad. Porque no siempre ha sido así. Y porque realmente aún no lo es: es normal poder decir que tenemos dolor de cabeza, neumonía o reuma, pero nos cuesta mucho más decir -y escuchar- que tenemos depresión, ansiedad o bipolaridad.

Hace unas semanas la actriz Verónica Forqué se fue de un concurso de televisión porque no podía más. Y quiero compartir con vosotros algunas de las reacciones que se han dado en redes sociales:

Porque en redes sociales el anonimato o la distancia hacen que nos mostremos tal y como somos, así que quienes prefieren soltar su odio, pueden hacerlo.

Ojalá aprendamos pronto a usar esas maravillosas herramientas que son las redes sociales. Y ojalá aprendamos pronto a cuidar (y usar) esa maravillosa herramienta que es nuestro cerebro.

Lugar equivocado y lugar adecuado

Me ha llegado hoy (Gracias, GeMMa), esta bonita reflexión. No se trata de hacer un análisis de precios, sino de quedarnos con el mensaje:

Esta botella de agua vale 0,20 céntimos en el supermercado, si la compras en el gimnasio vale 0,75 céntimos y si la pides en un bar te costará 1,5 euros. Pero si la pides en un avión puede llegar a costarte hasta 4,5 euros o más.

Es la misma botella, con el mismo agua, sólo cambia su valor dependiendo del sitio en el que estés. Así que la próxima vez que pienses que no vales nada, a lo mejor sólo se trata de que estás en el sitio equivocado.

Piensa en ello…

El saco de melones y el saco de harina

Mi madre siempre me dice que las personas podemos ser sacos de melones o sacos de harina. Y que hay que procurar ser siempre sacos de melones.

El saco de melones hace mucho ruido al vaciarse, pero una vez se ha vaciado no queda nada dentro. En cambio, el saco de harina es muy suave y silencioso en su vaciado. Pero siempre queda harina adherida a la tela del saco.

Procuremos ser sacos de melones.

Te quiero, mamá. Gracias por esta y por otras muchas lecciones.

Necesitamos ser escuchados

El periodista de El País Fernando Peinado -de quien ya hemos hablado en este blog- cometió ayer un error precioso: básicamente nos dijo a todo Twitter que quería hablar con nosotros en privado.

Peinado se corrigió rápidamente, pero nos dejó el regalo de su error: el tweet recibió -sigue recibiendo- miles de respuestas, retweets y likes.

Vivimos en tiempo en los que hablar es gratis. Pero ser escuchados, amigos, ser escuchados es algo que no tiene precio.

Castigos y consecuencias (por enésima vez)

Por enésima vez y con n bastante grande. En estos últimos días se ha hecho viral la siguiente tabla:

Sí. Estremecedor si pensamos que lo planifica alguien que pretende educar. Ha habido rumores de que esta tabla no es real, pero por desgracia hemos visto cosas similares o peores en esas edades (al parecer es de un curso de primaria) e incluso en cursos inferiores.

Por una parte, se está pretendiendo cambiar la conducta a base de castigos. Por otro lado, se cae en el habitual error de confundir castigos con consecuencias. Todo mal. Ya no digamos la barbaridad -que no creo ni que sea legal- de dejar a un alumno sin recreo o sin Educación Física.

Necesitamos desde ya que se forme convenientemente a los maestros para que sepan hacer frente a los problemas habituales de su trabajo sin necesitar castigar a quienes pretenden educar.

Bouba y Kiki

O takete y baluba, que viene a ser lo mismo.

En 1929, el psicólogo Wolfgang Köhler presentó unas formas como las siguientes a un grupo de personas (en una zona en donde el castellano era la lengua principal), diciendo que una era takete y la otra baluba. Casi un siglo después, en 2001, se repitió el experimento, pero con los nombres bouba y kiki (en una zona en donde el inglés era la lengua principal).

Y la inmensa mayoría estuvieron de acuerdo en quién era quién. ¿Tú también lo tienes claro?

El trozo de madera

Un bello poema, atribuido al francés Arthur Rimbaud, nos cuenta la historia de un trozo de madera, apilado con sus compañeros para arder durante el frío invierno.

El trozo de madera descubre que está llamado a ser violín, y comienza a dudar de si debe intentarlo o no. Le asaltan los miedos y las vergüenzas de ser violín y sonar mal -seguramente surgirán rápidamente los de la banda del telodije-, pero, al menos, lo habrá intentado.

¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?

Arthur Rimbaud