Es muy evidente que cada vez la inteligencia artificial está más presente en nuestras vidas, tanto en el uso consciente (cuando preguntamos a un agente, por ejemplo, que nos sugiera recetas con unos ciertos ingredientes) como en mil usos que se nos escapan (como la ruta que hace un autobús urbano o la decisión sobre el coste del seguro de nuestro hogar).
Y es bueno. Creo que no podemos rechazar esa ayuda que nos puede ayudar a ser mejores, más eficientes y -usándolo bien- mejores ciudadanos. Pero también creo que debería informarse claramente sobre ese uso. Y propongo desde aquí la creación de unos certificados que nos indiquen cuán libre de IA está un determinado producto, análisis o servicio.
Nuestra peor tolerancia a la IA se da en el campo de la creatividad: podemos aceptar que una complicada operación se realice con IA, pero no recibimos con buenos ojos que una novela haya sido escrita de ese modo. Pero como ya sabemos que no todo es blanco o negro, me pregunto qué haríamos si ese autor ha escrito su obra pero ha usado la IA para, por ejemplo, recibir ideas sobre las desventuras de su personaje principal. O para los nombres de los lugares que se recorren en la obra. Parece evidente que, aún dentro de esa intolerancia, existen grados.

Cada creador debería cubrir una declaración responsable indicando si ha utilizado IA o no, en qué grado y qué prompts se han empleado para conseguir el resultado. Nos queda la cuestión de si es viable tecnológicamente una herramienta que indique que el porcentaje de IA que se indica es correcto.
Surgen demasiadas cuestiones, y es evidente que estamos todavía entrando en el mundo de utilización masiva de IA. Y que las esperanzas y los miedos son, en ambos casos, altos. De nosotros depende -ahora que todavía las dominamos- que las inteligencias artificiales sean nuestras aliadas en esta lucha por no dejar de ser humanos.




