Hace un par de días, en Cangas de Morrazo (Pontevedra), montaron un puesto informativo del partido político Vox. Ese puesto se vio rodeado por un nutrido grupo de personas increpándolos con cierta agresividad. El mensaje resumen era “fuera de aquí, no os queremos”.
Y, lógicamente, me generó rechazo y también conflicto interno. Obviamente -si me seguís por aquí lo sabréis- feminismos, inmigración, agenda 2030 y demás, son banderas que apoyo, sigo y aplaudo. Así que me veo en las antípodas de Vox. Pero me fue inevitable -y así se lo hice saber a mi hija, con la que me encontraba- no recordar la frase atribuida a Voltaire: “soy completamente contrario a tus ideas, pero defendería con mi vida tu derecho a exponerlas”.
Creo que cualquier partido político, mientras no cometa delitos, tiene derecho a existir. Así lo sostuve en los tiempos de Herri Batasuna, así lo sostengo hoy. Mientras no cometa delitos, me reitero.
Pero también vino Popper y su paradoja de la tolerancia a mi mente: si toleramos la intolerancia, desaparecerá la tolerancia. Está claro que es respetable el derecho a exponer ideas (lo que no significa que todas las ideas sean respetables).
Me habría sentido mucho más a gusto con un debate, intenso si se quiere, entre unos y otros. Por dos motivos principales: el primero, porque la intolerancia y el odio son la absoluta esencia del fascismo; el segundo, porque si algo necesita un partido radical, son motivos para poder victimizarse. Así que me pareció mal, tanto en esencia como estratégicamente.