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Héroes

Hoy se ha celebrado la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, marcada de principio a fin -como supondréis o sabréis- por esta pandemia que nos asuela. De no ser por mi querida hermanita, se me habría pasado por alto (la ceremonia, no los Juegos), así que hemos podido disfrutarla.

Y me ha emocionado hasta la lágrima ver los últimos relevos de esa antorcha olímpica que nos trae el sol de Atenas. Dos de esos relevos, especialmente:

Uno, formado por una pareja de profesionales de la sanidad. Mi pensamiento vuela hacia aquellos que dieron su vida (o aquellos que no dudaron en ir a trabajar aunque su vida pudiera estar en riesgo), a quienes cuidaron a los seres queridos que sufrieron gravemente esta pandemia, a todos los profesionales sanitarios, a la tía Luci y a Inés Lobeira, y a todos los médicos, enfermeras y demás personal sanitario que en el mundo han sido. Héroes.

El otro, formado por un grupo de estudiantes. Aquí mi pensamiento va, lógicamente, a estos pequeños grandes héroes que se han marcado un curso en unas condiciones durísimas. Aleixo, Ana, Lucas, Irene, Dani. Héroes.

Héroes. En esos últimos relevos habéis estado vosotros.

Daniel en el foso de los leones, de Rubens

El rey persa Darío estableció que nadie podría orar a ningún dios que no fuese el propio monarca. Como Daniel no se doblegó ante esa norma, fue arrojado al foso de los leones, en donde su oración hizo que las fieras no le atacaran.

Y Pedro Pablo Rubens nos lo cuenta así:

Feliz San Daniel, querido Dani. Que ningún monarca consiga por la fuerza, hacer que renuncies a tus ideas; que los leones, por fieros que sean, se dobleguen ante la fuerza de tus pensamientos.

Mi padre, mi superhéroe

Hoy se cumplen 37 años de un accidente que tuvo mi padre, que pudo ser gravísimo y que, afortunadamente, sólo quedó en un tobillo completamente destrozado.

Era un lunes, acabábamos de regresar de unas vacaciones maravillosas en Madrid y Barcelona, y cuando desperté, estaba tía Rosa en casa (que se había venido para estar conmigo). Y ahí me enteré, aunque no lo asimilé.

Las personas que lo auxiliaron tras el accidente dicen que sólo tenía palabras para mí («o meu fillo, o meu fillo»).

Descubrí muchas cosas en aquellos días: que la felicidad es frágil, que la vida es muy frágil, que los hijos somos muy importantes para los padres, y que un padre, tendido en la cama de un hospital, cuando ve que su hijo es incapaz de entrar en la habitación, siempre podrá hacer el gesto de su superhéroe favorito para animarlo a entrar.

Como digo, aquel accidente quedó solamente en un tobillo hecho trizas, que le dejó una cojera de por vida que no le impidió seguir jugando al fútbol, manteniendo su primoroso toque. Poco tiempo antes de morir aún pudimos verlo, ese día de portero, volando en horizontal hacia un balón que se colaba en la portería.

37 años en los que hemos disfrutado muchísimo y que la vida nos fue llenando de alegría.

Mi padre, mi superhéroe.

Para mis padres, para mis hijos, para mi hermana y los suyos, para mi esposa.


Este texto se escribió originalmente el 25 de abril de 2014, así que las referencias de tiempo deben ser tomadas con respecto a esa fecha.

Terminando el año 2020

Aunque siempre tengo presente que lo de los cambios de año no es más que un convenio, no es mal momento para analizar el pasado reciente y preparar los próximos meses.

Hace un año me marqué como objetivos aprender todos los días algo de inglés y grandes, escribir un post diario y conseguir volver a correr 30’ seguidos, intentando recorrer al menos 5km.

No he logrado lo de correr (y no ha sido por el confinamiento, sino por mi culpa), pero sí he logrado los otros tres… y muchas más cosas.

Así que feliz con ello.

Que terminéis bien el año, queridos.

Ubaldina, tes aquí o teu neto

La vida no quiso que tuviera abuelos (varones, sí he tenido dos abuelas maravillosas), pero esa misma vida me ha regalado al mejor abuelo que podría soñar: el abuelo Isaac, abuelo de Clara.

Siempre me gusta recordar la primera frase que le escuché en mi vida, dirigiéndose a su mujer, un día de finales de primavera -yo había ido a casa de Clara a echar una mano con un tema informático de Vane-: “Ubaldina, tes aquí o teu neto”.

Y no puedo más que estar agradecido y orgulloso de haber sido tu nieto, Isaac. No hay mejor homenaje que heredar las virtudes de quienes nos antecedieron.

Ojalá llegarte a los talones, abuelo.

De los objetivos de enero

A comienzos de año me marqué unos pequeños objetivos, y había establecido, poniéndome en modo cortoplacista, la idea de terminar enero cumpliéndolos.

Hago un pequeño resumen, con la intención d poder seguir cumpliéndolos:

  • cada día, un poco de inglés (¡cumplido!)
  • cada día, un poco de francés (¡cumplido!)
  • seguir mi plan de running: a medias… por ser generoso. Comencé a mitad de mes, el plan era correr 3 días por semana y he corrido 2. Para colmo, me he caído. Para más colmo, el día que me caí fue ayer, con lo cual ni me sirve de excusa para no haber cumplido el objetivo. Pondremos mejor empeño en nuestro querido febrero, si las consecuencias de la caída me lo permiten.
  • un post al día (¡cumplido!)

Seguimos, amigos. Gracias por leerme y desearme éxitos.

Pues s

Feliz cumpleaños, papá

Cuando hace ya casi cinco años murió mi padre me pasé unas cuantas semanas sin escuchar música, lógicamente por falta de ganas. Hasta que mi muy querida amiga Sofía me pasó un enlace a esta canción de Carlos Salgueiro (entré al enlace en su momento sin saber que era música). Y la elección de canción para salir de mi «silencio» no podía haber sido mejor. Una canción sobre Tirán y su costa, una costa que recorrimos juntos mil veces, por mar y por tierra. Y que me haya llegado de la mano de Sofía me alegra doblemente. Gracias :*

Te va a encantar, papá. Feliz cumpleaños.

Costa, usted no vale para juez

La fecha: muy señalada, 24 de diciembre, Nochebuena. Las acusadas: un pequeño grupo de mujeres. El delito no lo recuerdo con nitidez, pero creo que tenía relación con haber cogido unas almejas incumpliendo alguna norma. Así que el responsable las detuvo y les garantizó, volcando sobre ellas toda su ira, que no pasarían la Nochebuena con sus familias.

Y en el calabozo iban pasando las horas, avanzando la tarde camino de esa noche tan mágica. El desánimo cundía entre las mujeres hasta que vieron que apareció por allí el Juez de Paz. Si había alguna oportunidad, era hablando con aquel buen hombre. Lo llamaron y él, por supuesto, se acercó a hablar con ellas. Le contaron que tenían familia, que sólo eran unas almejas, que aquella noche era una noche especial. Y el señor Juez lo tuvo claro: «haremos lo siguiente: esta noche la pasáis en vuestras casas, pero mañana a primera hora necesito que estéis aquí». El asentimiento generalizado no se hizo esperar.

Desafortunadamente, la primera acción de las mujeres fue ir a la casa del que las había detenido, para hacerle saber que esa noche sí iban a estar con sus familias.

Y a la mañana siguiente el Juez de Paz, mi querido abuelo, fue -lógicamente- llamado a reunirse por su superior, si no fuera porque cortó rápidamente cualquier posibilidad de discusión:

– Costa, usted no vale para juez.
– Eso ya lo sabía yo.

Las merluzas de Madrid

Por motivos laborales, mi abuelo viajaba a Madrid con cierta frecuencia. En una ocasión, en un paréntesis en su jornada de trabajo, se acercó a un restaurante para comer. Tras un rápido vistazo a la carta, lo tuvo claro: hoy tocaba merluza.

El camarero le sirvió el plato, mi abuelo se lo agradeció, pero rápidamente se dio cuenta de que algo no cuadraba. Con un discreto gesto, le pidió al camarero que se acercara, y señalando el plato, le dijo, mirándolo a los ojos:

– Na miña terra isto chámase xurelo.

El camarero dudó por un momento entre mantener la dignidad del restaurante o la suya. Al final, optó por la verdad:

– E na miña tamén.