¿Cuáles eran los mares del Sur?

Debemos ubicarnos unos cuantos siglos atrás, a esa época de los descubrimientos, en los que el mundo era cada vez más grande y más pequeño a la vez. Cruzando la parte central de América, a la altura de lo que hoy es Panamá, se podía divisar, hacia el sur, un mar. Un nuevo mar que, estando hacia el sur, fue bautizado -sí- como «los mares del Sur».

Esos mares del Sur acabaron siendo el Océano Pacífico, pero nunca consiguió alcanzar la fama ni lo mítico de su antiguo nombre.

La fe velada, de Antonio Corradini

Si visitáis el maravilloso Palacio de La Granja, cerquita de Segovia, ese palacio en las nubes que causaba la admiración de la nobleza europea, no debéis perderos esta maravillosa (casi mágica) obra de Antonio Corradini.

Estoy seguro de que ser capaz de esculpir el mármol haciendo que parezca tela y permitiéndonos ver la cara, el vientre, el ombligo, detrás del velo tiene una altísima dificultad técnica. ¿No os parece increíble?

¿Y cuál es la edad “normal” para comenzar a caminar?

Aunque ya sabemos que, visto de cerca, nadie es normal, la pregunta es recurrente. Y no solamente para caminar, sino para casi todos los aspectos de la evolución de nuestros bebés (y no tan bebés): caminar, hablar, comer, dormir, pañales y demás.

Y aunque es cierto que cada niño tiene su ritmo, sí que existen entornos que favorecen el adelantamiento o retraso de la habilidad de caminar. Citaré los dos ejemplos que considero extremos (si alguien conoce otros extremos, lo modificaré con gusto): los indios ache, del Amazonas, retrasan todo lo posible la edad de comenzar a caminar, situándola en los cuatro años. Es una cifra que desde luego nos puede parecer exagerada en occidente, pero con seguridad va ligada a la supervivencia de la tribu: imagino que si un niño de un año pudiera despistarse fácilmente en la selva, encontraría una muerte segura. El otro extremo nos lo ofrecen los indios !kung del Kalahari (esa admiración es forma en la que hemos intentado expresar el sonido que hacen con su lengua en el paladar y usan para comunicarse), en donde la edad media para comenzar a caminar está en ocho-nueve meses. Al igual que sucedía con los ache, esta precocidad también supone una gran ventaja para una tribu acostumbrada a caminar por un desierto.

Y si has llegado aquí intentando tener una respuesta más concreta para los bebés de la sociedad occidental, te diré que suele hablarse de algún momento entre los ocho y los dieciséis meses.

El plátano de 120.000 euros

El artista italiano Maurizio Cattelan es el creador de la obra. Un plátano pegado a una pared con cinta aislante. El precio, 120.000 euros. La compradora, Sarah Andelman. Y el debate, la eterna pregunta: ¿esto es arte? Y en consecuencia, ¿qué es arte?

Todos parecemos tener claro que el arte no es el simple virtuosismo. Y también que el arte debe sacudir e interpelar al observador. Y que esta obra que nos ocupa no es virtuosa ni deja indiferente. Pero también somos conscientes de que si no se hubiera pagado ese dinero, tampoco nos sacudiría. ¿Es el precio parte de la obra de arte? Muchas preguntas y quizá tantas respuestas como lectores.

Y para cerrar el círculo, la intervención del artista David Datuna. Se dirigió, decidido, hacia la obra, despegó el plátano de la pared… y sí, se lo comió.

Triste mundo de blancos y negros

Hemos perdido (si es que lo tuvimos alguna vez) una gran cantidad de espíritu crítico y de capacidad de razonamiento. Y esa pérdida nos lleva a que, a la hora de evaluar cualquier situación, acción, persona o iniciativa, nos posicionemos de forma clara o a favor o en contra.

Pues no. Lo lógico es que no sea o blanco o negro, sino que haya una infinita gama de grises en medio. Y ser conscientes de esa gama nos permitirá evaluar todo -incluso las injusticias- en su correcta dimensión.

De la mano de esta ausencia de grises nos llega también la acusación de equidistancia. Intentar comprender los motivos de ambas partes no nos sitúa en la equidistancia, sino que nos llenará de argumentos para poder actuar (y quizá defender a una de las dos partes, por supuesto, que no son excluyentes razonamiento y actuación).

¡No le des opciones!

Esta historia sucedió en un colegio cualquiera, con un profesor cualquiera, con un niño cualquiera y con su papá. Pero podía haber sucedido, desde luego, en cualquier otro lugar y con cualesquiera otros protagonistas.

El niño y el papá estaban a punto de entrar en el cole, pero el niño necesitaba un poco más de tiempo, así que ambos se fueron a sentar tranquilamente en un banco para conversar. Los demás niños ya habían entrado, y la zona estaba ya vacía. Un profesor que, desde dentro, presenció la situación, se acercó para mantener una distancia que le permitiera intervenir, si lo consideraba necesario (con la mejor de las intenciones, estamos seguros).

El papá y el niño siguieron hablando y, en un momento dado, el papá le dijo al niño «¿Qué prefieres, cariño, entrar en el cole o volver para casa?» En ese momento, el profesor actuó como si le hubieran dado a un botón:

«¡No le des opciones!»

No le des opciones. Como si esa posibilidad tuviera alguna validez. Como si fuera aceptable eliminar la posibilidad de decir no. Como si impedir actuar mal (si es que se pudiera considerar así la opción de volver a casa) ayudara de algún modo a que el niño siga creciendo y evolucionando.

Por favor, que tengamos siempre las opciones disponibles y criterio para decidir bien.

Imagine, de Asmodee

Descubrimos este juego hace ya unos cuantos meses, de la mano de Fran y familia. Y nos encantó desde el minuto 1 (¡y los Reyes nos lo han traído este año!) La dinámica es tremendamente sencilla. En cada turno, el jugador al que le toca debe representar un elemento que le toca por azar (puede ser un concepto, un refrán, un objeto, un lugar…) ofreciendo una pista a los demás (la pista está también predeterminada).

¿Y con qué lo representamos? Pues ni palabras, ni gestos ni canciones. Lo representamos con unas cartas transparentes que, individualmente no cuentan mucho, pero en conjunto, sumados a nuestra imaginación (y a la de nuestros compañeros de juego), sí pueden representar el objeto que buscamos.

Por ejemplo, imaginemos que nos toca representar la Estatua de la Libertad. Y que la pista es «monumento». Pues la representación que aparece en la caja del juego es perfectísima:

Tengo una infección en la oreja izquierda

No, no soy yo quien la tiene. Ni soy yo quien dijo esta frase a su médico. Ni tiene mucho mérito decirla. La frase la dijo Michael Kearny. Y quizá pienses que eso, en sí mismo, tampoco lo convierte en meritorio.

Michael comenzó a hablar a la edad de cuatro meses. Y aquel dolor de oídos que lo llevó al pediatra sucedió cuando el niño tenía seis meses. Y fue ahí cuando soltó la perla.

Cuatro meses más tarde aprendió a leer. Y contando con cuatro años consiguió la máxima calificación en el programa de la John Hopkins para matemáticos precoces… sin haber estudiado específicamente para el examen.

Nacido en 1984, ha estudiado Química, Antropología, Bioquímica e Informática.