¿Qué tienen en común los padres de hijos resilientes?

No me gusta (casi nada) la palabra, pero expresa bien esa capacidad de adaptarse y sobreponerse a las dificultades. Y, por otra parte, estos estudios hay que tomárselos siempre con cuidado. Dicho ello, vamos allá, viendo lo que nos cuenta la psicóloga Roni Cohen-Sandler, especializada en relaciones madre-hija, adolescencia y crianza, en CNBC:

De entrada, y por encima de todo, estos padres validan los sentimientos de sus hijos. Esto (conviene aclararlo) no quiere decir que les den la razón, sino que son capaces de respetar y entender los sentimientos. A partir de esa base:

  • Normalizan las experiencias: es normal pasar por altibajos, es normal sentirse mal.
  • Brindan comodidad física: ante una situación difícil, está el abrazo y el cariño.
  • Enseñan que la calidad supera a la cantidad: mejor una amistad sana que muchas que no lo son.
  • Se enfocan en lo positivo: son capaces de recordar a sus hijos, cuando estos lo están pasando mal, los buenos momentos y lo brillantes que son.
  • Ofrecen esperanza: da igual lo mal que estemos, esto va a mejorar. Se hizo un interesante estudio que indicó que este punto de vista disminuye el cortisol.

Diferente criterio

La escena es la misma. Y el juicio (o su falta) debería ser el mismo:

Un papá está con su peque en el parque, mientras revisa despreocupadamente el móvil: «qué buen padre, cuidando a su criatura».

Una mamá está con su peque en el parque, mientras revisa despreocupadamente el móvil: «qué mala madre, desatendiendo a su criatura».

El cansancio de las madres

No vivimos en la mejor sociedad para criar, eso es evidente. Pero salvo que queramos extinguirnos, no queda otra opción.

Siempre que veo el enorme cansancio que solemos tener quienes criamos, pienso que algo estamos haciendo muy mal, que no es lógico que criar lleve aparejado este agotamiento. Mi sabia hermana Marimar dice que la causa es que estamos programados para criar en tribu (“se necesita una tribu para crear un niño”, reza un proverbio africano), no individualmente.

Sin embargo, el culto al dinero que profesamos provoca que las más de las veces las familias sean, en lo que a cuidados se refiere, monoparentales. Incluyo aquí como monoparentales aquellas familias en las que uno de los dos progenitores está prácticamente siempre ausente.

Y si estamos programados para criar en tribu, y si es difícil criar en pareja, os podéis imaginar la complejidad de criar individualmente. Siempre pongo como ejemplo lo siguiente: he tenido épocas de alta carga de trabajo, comenzando a las seis de la mañana y terminando a las once de la noche, durante semanas enteras (enteras) y además dedicándome a un trabajo intelectual, que no permite distracciones y exige máxima concentración. Pues bien, ese cansancio no es comparable ni de lejos al cansancio que tuve durante los meses en los que Clara trabajaba durante media jornada y yo estaba esas pocas horas cuidando en solitario a Dani.

Así que es entendible (e injustificable) que a veces haya gente que prefiera quedarse más horas en la oficina con tal de no volver a casa. Sí, no le vamos a dar un premio ni al mejor papá ni al mejor esposo del mundo, pero es entendible.

Siempre me gusta, cuando afrontamos un tema de este calado, intentar aportar alguna solución. No es fácil en este caso. Creo que el paso 1 es darnos cuenta de que la crianza debe ser nuestra principal actividad, y que el trabajo es secundario.

Mucho ánimo a las mamás (y papás) que se dedican casi en exclusiva (o sin casi) al cuidado de los hijos.

Para Marimar, Clara, mamá, y todas esas maravillosas mamás del mundo.