¿Por qué a Valladolid se le llama Pucela?

Existen tres teorías para explicar esta etimología:

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  • Se cuenta -sin haberse encontrado documentación- que en el siglo XV varios caballeros de la ciudad se fueron a Francia, a luchar del lado de Juana de Arco, la «Pulcella» de Orleáns.
  • Valladolid está regada por los ríos Pisuerga y Esgueva y por el Canal de Castilla. Podría considerarse una charca en medio de un terreno seco. Esa charca podría llamarse «poza» o «pozuela». (Esta teoría es del profesor de la Universidad de Valladolid Celso Almuiña).
  • Valladolid tuvo una exclusiva con los cementos de Pozzuoli (Puteoli para los romanos). De ahí vendría «puzolana». Ya que se distribuían desde Valladolid, se llamaría «pucelanos» a los encargados de entregar esas cargas. (Esta teoría es de Joaquín Díaz, etnomusicólogo).

Y a ti, ¿cuál te parece más razonable?

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La estatua ecuestre de Hernán Cortés… perdón, de Francisco Pizarro

En la extraordinaria Plaza Mayor de Trujillo (Cáceres, España) luce, orgulloso, el conquistador trujillano Francisco Pizarro, con una bella estatua ecuestre realizada por el escultor estadounidense Rumsey. Sin embargo, hay en esta estatua algún elemento que desconcierta y que hace dudar de que sea Pizarro el que está allí representado. El casco emplumado es el principal de esos elementos. Con un casco así iba ataviado, curiosamente, Hernán Cortés.

Trujillo. Estatua ecuestre de Francisco Pizarro en la Plaza Mayor

Esto ha ayudado a la propagación de una ¿leyenda urbana? que nos cuenta que México encargó una estatua de Hernán Cortés. Como parece que no gustó (o quizá que el pueblo no iba a permitir ubicarla en ningún lugar público), la devolvieron. Ni corto ni perezoso, el artista cogió su escultura de Hernán Cortés y preguntó a las ciudades de Lima y de Trujillo si querían una escultura de … Francisco Pizarro. Y con esta aproximación hubo más suerte. Ahora, la estatua de CortésPizarro luce, con su altivo porte y sus plumas en la cabeza, en Lima, Trujillo y Buffalo.

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Adam Rainer, la única persona que padeció enanismo y gigantismo

Hoy os hablaré de un curioso caso, la única persona (conocida) que padeció, a lo largo de su vida, enanismo y gigantismo, enfermedades hormonales.

Cuando tenía 21 años medía 1.18 metros; un tumor en la hipófisis hizo que comenzase a crecer y, diez años después, con 31 años, medía 2.18 metros. Falleció a los 51 años, midiendo 2.34 metros.

Leí por primera vez sobre Adam Rainer en Microsiervos.

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El nacimiento y la muerte, alejados de nuestras vidas

Tengo la sensación de que nuestra sociedad ha dado la espalda a dos momentos importantísimos de la vida: el nacimiento y la muerte. Y, de paso, también a los momentos más próximos a uno y a otro.

Antes se nacía y se moría en casa, y eran estos acontecimientos parte fundamental de la vida de cada familia. No he tenido la suerte de asistir a un parto en casa, pero estoy seguro que es algo mucho más placentero, emocionante y cómodo (también para la familia) que un parto en un hospital (por supuesto, hablo de la inmensa mayoría de los casos en los que no hay complicaciones). Sí he vivido muertes en casa, con el velatorio correspondiente también en casa; ahora muchas muertes se producen en el hospital, y prácticamente la totalidad de los velatorios se realizan en tanatorios. De algún modo, estamos alejando de nuestras casas (y, en cierto modo, de nuestras vidas) esos dos momentos sagrados y también los más próximos a ellos (estancia hospitalaria tras el nacimiento, estancia hospitalaria antes de la muerte).

Uno de los efectos colaterales (o no colaterales) de este cambio es que, de algún modo, delegamos en terceras personas (en extraños) muchas decisiones que deberían ser completamente íntimas. Me pregunto si no nos arrepentiremos de es esta cesión de «poder» a terceros.

Pero, no contentos con expulsar el nacimiento y la muerte de nuestras vidas, estamos haciendo también lo mismo con la primera infancia y con la vejez. Antes, nuestros niños correteaban por la casa hasta que llegaba la edad de entrar en el colegio, aprendiendo de ese modo mil cosas de la sociedad en la que viven (viendo cómo funciona la familia, yendo a la compra, paseando, jugando). Ahora metemos a nuestros niños en guarderías desde que tienen cuatro meses, alejándolos de la sociedad (es curioso que a veces se utilice como argumento la «socialización» para hacer eso), privándolos de mil aprendizajes y de afecto. La misma situación sucede con nuestros ancianos: antes pasaban el día con su familia, en la casa, dando paseos, realizando algunas actividades con las que no sólo se sentían útiles, sino que aportaban conocimientos y experiencias a las generaciones venideras. ¿Qué hacemos ahora? Los metemos en centros de mayores, privándolos de mil enseñanzas y de afecto.

Lo que me parece más triste es que, aunque lo disfracemos de frases del tipo «así socializan» (?), «se lo pasan muy bien», «aprenden mucho», uno de los motivos que más pesan para tomar estas decisiones es que permiten al resto de la población realizar otras tareas, como poder ir a trabajar. Una vez más, el dinero condicionando las vidas.

Aunque implícitamente se puede deducir, quiero destacar aquí que, con esta configuración de nuestra sociedad, privamos a nuestros bebés y ancianos de pasar mucho tiempo juntos. Y ese tiempo juntos es tremendamente enriquecedor para ambos.

¿Qué opináis? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestras vidas el nacimiento y la muerte? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestra sociedad a nuestros ancianos y a nuestros niños?

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La palabra que, además de ser antónima de sí misma… se queda a medias

Hace tiempo os hablé en El Cartapacio de la palabra «nimio», la palabra que es antónima de sí misma. Pues bien, como se indicó en los comentarios surgidos a raíz aquel post, más enriquecedores que el propio post, hay una palabra más curiosa aún: «jamás». Esto lo comentó el usuario de meneame maninidra.

Veamos lo que nos dice la Real Academia Española sobre este término:

jamás

(Del lat. iam magis, ya más).

  1. nunca
  2. siempre
  3. alguna vez

¡Superad eso, chicos!

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Un milagro de Santiago

Camino de Santiago (2671925968)

Nos cuenta el gran Luis Carandell en su libro Ultreia, plagado de anécdotas sobre el Camino de Santiago, que este buen hombre centroeuropeo se planteó realizarlo para pedirle al Apóstol que su esposa se quedara embarazada, puesto que llevaban un buen tiempo intentándolo, sin gran éxito.

Nuestro peregrino hizo el camino desde lo que hoy es Alemania, atravesando peligros y soportando las inclemencias del tiempo. Llegó a Santiago y, lógicamente, tuvo que volver (antes el Camino se hacía de ida y vuelta, salvo -cosa no extraña- que te quedaras a vivir en alguna de las emergentes poblaciones de la ruta). Cuando llegó a su hogar, pudo observar -¡oh, milagro!- que su querida esposa ya lucía una bonita barriga.

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Crecimiento

Ojalá creciéramos tanto como para llegar a convertirnos en niños.
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¿De dónde viene la palabra «chirona»?

Pues no está claro, pero hay una teoría que me parece muy verosímil, además de gustarme mucho.

En Girona se encontraba uno de los mayores centros a donde iban quienes incumplían la «Ley de vagos y maleantes»; no cuesta mucho imaginar que para ellos, ir a «Girona/Gerona/Chirona» fuera equivalente a ir la cárcel. Y viceversa.

Comencé esta búsqueda a raíz de un tweet de @diazvillanueva 🙂

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Incoherencias e inquietudes

Criticamos que nuestros niños sean inquietos, pero lamentamos que nuestros adultos no tengan inquietudes.
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Gritar menos y amar más. El desafío del rinoceronte naranja.

Hace ya bastante más de un año, una madre se dio cuenta de que gritaba a sus cuatro hijos. Que les gritaba demasiado (siempre es demasiado). Y se planteó un desafío, al que llamó «el desafío del rinoceronte naranja». Eligió este animal porque es tenaz, vigoroso y pacífico por naturaleza, pero muestra un comportamiento agresivo cuando se le provoca. Esta mamá se sentía un rinoceronte, salvo en esa parte de la agresividad. Y como quiso dotarlo de calor y energía, de ahí el color naranja.

Esta mamá va ya camino de dos años gritando menos y amando más. Alguna vez se le escapa algún grito, desde luego, pero intentar no gritar ya es estar en el buen camino. A raíz de su iniciativa, más mamás (y papás, espero) han afrontado este desafío del rinoceronte naranja. E incluso alguna profesora. Estoy seguro de que, del mismo modo que ahora vemos impensable que se pegue a nuestros hijos en el colegio o en casa (o en cualquier otro sitio), dentro de poco será impensable que se les pueda maltratar verbalmente.

Por mi parte, aunque no soy nada gritón, intentaré mejorar en ese aspecto. Creo que es buena idea anticiparse al enfado pre-grito. Es decir, ni siquiera sentir dentro el malestar que puede acabar convirtiéndose en grito. Pasito a pasito.

Y tú, ¿te apuntas al desafío del rinoceronte naranja?

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