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Los colegios no son aparcaniños

Estamos en mitad de una pandemia y nos parece que cerrar centros educativos es la última opción posible (realmente, como no se están tomando medidas lógicas tras detectarse un positivo, como hacer tests a todos los que hayan compartido allá, estado en ese aula o confinar preventivamente a quienes hayan estado en el aula, no sabemos si son clave en la expansión de la enfermedad o no).

Y el problema no es porque no se pueda seguir la formación a distancia (con problemas, desde luego, pero solventables), sino porque en esta sociedad usamos los colegios como aparcaniños, ese lugar en donde dejamos a los niños mientras nos vamos a producir. Lo mismo que hacemos con los ancianos, en este súmmum capitalista (o consumista, no olvidemos a Stajanov) de culto al dinero y al trabajo: quien no produce, molesta.

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La sabiduría de los años

Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.

Ingmar Bergman – https://proverbia.net/frases-de-vejez

Tenemos en nuestros mayores un ejemplo maravilloso, y nos hemos empeñado en apartarlos de nuestras vidas por no ser «productivos». Qué tristeza.

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¡Qué lucidez tiene!

«Caramba, qué lucidez tiene, para ser tan mayor!»

Esta frase -tantas veces escuchada, tantas veces dicha- nos demuestra el poco conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de nuestros ancianos. Su lucidez viene de su edad y experiencia vital. Tiene lucidez porque es mayor.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
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El trato a nuestros mayores

Tengo la sensación -no es la primera vez que lo comento- de que vivimos en una sociedad que está cada vez más alejada de los niños y de los ancianos y que es absolutamente incapaz de entender los comportamientos propios de esos grupos de edad. Así que acaba calificando con el nombre de enfermedades lo que es parte de un proceso normal, si se me permite utilizar esa palabra: que un niño sea muy movido o que un anciano tenga lagunas de memoria no deberían ser motivos de alarma, en mi opinión.

Como sabéis, en este blog suelo hablar mucho de nuestros pequeños, pero hoy quiero centrarme en quienes han recorrido su camino, nuestros antecesores en este bonito río de la vida. Somos lo que somos gracias a ellos, y podemos seguir aprendiendo de su sabiduría, pero optamos por apartarlos de nuestras vidas -como no producen y nosotros tenemos que trabajar, pagamos a otras personas para que se ocupen de ellos-, impacientarnos con sus despistes e incluso ridiculizarlos o alterarnos si no tienen nuestra agilidad mental o física. Como sucede con nuestro trato con los niños, también tenemos muchísimo que cambiar de nuestro trato con los mayores, ese otro tesoro que nos regala la vida.

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El nacimiento y la muerte, alejados de nuestras vidas

Tengo la sensación de que nuestra sociedad ha dado la espalda a dos momentos importantísimos de la vida: el nacimiento y la muerte. Y, de paso, también a los momentos más próximos a uno y a otro.

Antes se nacía y se moría en casa, y eran estos acontecimientos parte fundamental de la vida de cada familia. No he tenido la suerte de asistir a un parto en casa, pero estoy seguro que es algo mucho más placentero, emocionante y cómodo (también para la familia) que un parto en un hospital (por supuesto, hablo de la inmensa mayoría de los casos en los que no hay complicaciones). Sí he vivido muertes en casa, con el velatorio correspondiente también en casa; ahora muchas muertes se producen en el hospital, y prácticamente la totalidad de los velatorios se realizan en tanatorios. De algún modo, estamos alejando de nuestras casas (y, en cierto modo, de nuestras vidas) esos dos momentos sagrados y también los más próximos a ellos (estancia hospitalaria tras el nacimiento, estancia hospitalaria antes de la muerte).

Uno de los efectos colaterales (o no colaterales) de este cambio es que, de algún modo, delegamos en terceras personas (en extraños) muchas decisiones que deberían ser completamente íntimas. Me pregunto si no nos arrepentiremos de es esta cesión de «poder» a terceros.

Pero, no contentos con expulsar el nacimiento y la muerte de nuestras vidas, estamos haciendo también lo mismo con la primera infancia y con la vejez. Antes, nuestros niños correteaban por la casa hasta que llegaba la edad de entrar en el colegio, aprendiendo de ese modo mil cosas de la sociedad en la que viven (viendo cómo funciona la familia, yendo a la compra, paseando, jugando). Ahora metemos a nuestros niños en guarderías desde que tienen cuatro meses, alejándolos de la sociedad (es curioso que a veces se utilice como argumento la «socialización» para hacer eso), privándolos de mil aprendizajes y de afecto. La misma situación sucede con nuestros ancianos: antes pasaban el día con su familia, en la casa, dando paseos, realizando algunas actividades con las que no sólo se sentían útiles, sino que aportaban conocimientos y experiencias a las generaciones venideras. ¿Qué hacemos ahora? Los metemos en centros de mayores, privándolos de mil enseñanzas y de afecto.

Lo que me parece más triste es que, aunque lo disfracemos de frases del tipo «así socializan» (?), «se lo pasan muy bien», «aprenden mucho», uno de los motivos que más pesan para tomar estas decisiones es que permiten al resto de la población realizar otras tareas, como poder ir a trabajar. Una vez más, el dinero condicionando las vidas.

Aunque implícitamente se puede deducir, quiero destacar aquí que, con esta configuración de nuestra sociedad, privamos a nuestros bebés y ancianos de pasar mucho tiempo juntos. Y ese tiempo juntos es tremendamente enriquecedor para ambos.

¿Qué opináis? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestras vidas el nacimiento y la muerte? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestra sociedad a nuestros ancianos y a nuestros niños?