Archivo por meses: julio 2021

La leyenda de la Tragantía

Tenemos que viajar en el tiempo hasta los tiempos de Fernando III, y ubicarnos en el castillo de la Yedra, en la sierra de Cazorla.

Cuando el señor musulmán fue notificado del acercamiento de las tropas cristianas, decidió proteger a su hija, la princesa mora, y la escondió en una cueva, dejándole alimento y tapando la entrada con una losa. Nadie más sabía de aquello. El plan era, una vez hubiera pasado el peligro, liberarla.

Por desgracia, las tropas cristianas acabaron con los musulmanes, y nadie supo de la presencia de la princesa.

Una vez agotada la comida, la princesa tuvo que comer insectos y reptiles. Y se fue transformando en un ser fantástico, mitad mujer, mitad serpiente.

Cada noche de San Juan, en los pueblos cercanos al castillo, no es extraño escuchar su susurrante canción:

Yo soy la Tragantía,
hija del rey moro;
el que me oye cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.

Representación de la Tragantía

Esta historia fue desarrollada, a partir de un acertijo de Dani y con unos maravillosos aportes de Isabel Aparicio, en https://www.facebook.com/560834429/posts/10153584148099430/?d=n

Para Isabel y para Dani :*

Donde se narra la increíble historia del bálsamo turco y otros hechos no menos asombrosos

Aquel buen chaval padecía, como gran parte de su familia según se ha podido comprobar con el tiempo, de una sordera cada vez menos incipiente. Sordera que hacía que prestara cada vez más atención al charlatán que venía a la feria a vender su milagroso remedio para esa sordera: el bálsamo turco.

Ahorró con tesón, gracias a su trabajo ayudando a su padre en el barco, el dinero necesario para comprar el codiciado bálsamo. Y en la siguiente feria se aproximó, decidido y feliz, al puesto del charlatán, que le explicó con detalle el método y frecuencia de aplicación.

De la noche a la mañana, pasó a oír maravillosamente. Hasta que llegó el momento:

(Padre e hijo en el barco. Reina la oscuridad. Se oye el suave y rítmico chocar del casco con el agua.)

- Fillo, isa o risón. 
- ¿Que?
- Que ises o risón.
- Non te entendo, papá.
- ¡Que ises o risón, jodido, que estás máis sordo ca nunca!

Para tía Rosa, de quien he tenido la suerte de escuchar esta anécdota familiar.

El jardín de las delicias, de El Bosco

Este fantástico -en todos los sentidos- tríptico se conserva en el Museo del Prado, pero esta página que hoy destacamos aquí, y que se puso en marcha cuando se cumplió el quinto centenario de la muerte del insigne pintor bolduqués (o bosquense, que también este gentilicio se aplica a los nacidos en Bolduque, y de ahí le viene el apodo a nuestro pintor), nos permite recorrerlo con detalle, escuchando y leyendo una información que nos hará comprenderlo mejor.

https://archief.ntr.nl/tuinderlusten/en.html

Visitadla y curiosead todo lo posible. No os vais a arrepentir.

El origen de la palabra fanfarrón

Esta palabra proviene, posiblemente, del dialecto árabe que se hablaba en la Península Ibérica, de la palabra farfál o farfár. A su vez, esta proviene del árabe clásico: farfara, que significa romper o desgarrar.

Debo decir que no veo mucha relación -eso no significa que no exista- entre el significado actual de fanfarrón (el que se precia de lo que no es) y el descrito de la palabra de la que proviene. Pero, como sabéis, los caminos que recorren las palabras a lo largo de siglos y generaciones no siempre son rectos.

Mariposas, de Elizabeth Hargrave (Devir Iberia)

Cada primavera, millones de mariposas monarca salen de Michoacán, en el centro de México, dispersándose por el este de Estados Unidos y Canadá, en vuelos de hasta 40 kilómetros diarios. Cuando llega el otoño, también millones de esas mariposas regresan a México. Ya no son las que se fueron, sino que han pasado varias generaciones. Estas vivirán unos siete u ocho meses y, al llegar la siguiente primavera, se repetirá el ciclo. Las que llegan a México viven, como hemos dicho, esos meses: sus hijas y nietas, las que realizan la ruta migratoria, viven solamente unas semanas. Es una especie que está en peligro, así que las “paradas para monarcas”, jardines que intentan compensar la pérdida de algodoncillo (única fuente de alimento), son de gran importancia.

Tras conocer este proceso migratorio, Elizabeth Hargrave decidió hacer este maravilloso juego. Es un juego para un número de jugadores entre 2 y 5 y para una edad a partir de 14 años. La duración de una partida es, aproximadamente, de una hora (entre 45’ y 75’).

El objetivo es, como podemos suponer, realizar el recorrido de las mariposas monarca, así que comenzamos colocando una de nuestras mariposas en la gran casilla de Michoacán. Hay mariposas de cuatro generaciones (1-4); aquí colocaremos, lógicamente, la de generación 1.

Existen las llamadas “cartas de acciones”, que nos indican qué debemos realizar en nuestro turno. Estas cartas son del tipo “mueve una mariposa cuatro casillas” o “avanza dos mariposas dos casillas”. Según en donde caigamos, podemos realizar diferentes tareas, como reproducirnos (si caemos al lado de un algodoncillo y tenemos suficientes flores), recoger una flor (si caemos en una flor o en una parada -en una ciudad- creada por humanos). Las fichas de parada pueden darnos una carta de ciclo vital (que recorren el ciclo vital de las mariposas: huevo, oruga, crisálida, adulta); completar un ciclo vital nos dará beneficios extra (como una mariposa, un turno o un punto, por ejemplo).

Al igual que en la vida real, cada viaje y cada estación son unas aventuras diferentes. Por eso, en cada partida, se escogen al azar tres cartas de objetivos de estaciones -una por estación- que pueden cambiar por completo la estrategia de la partida.

Tras cada estación, y basándonos en cómo se haya desenvuelto esa fase de la partida, obtendremos una puntuación. La suma de las puntuaciones de las tres estaciones (primavera, verano, otoño) es nuestra puntuación final.

No quiero terminar sin decir que, además de ser un juego muy bien pensado y con una alta carga de conciencia medioambiental, es estéticamente precioso: nos ha gustado el grafismo, el tablero… incluso la caja. Y mención especial para esas mariposas de madera que se van a desplazar por el mapa.

Os dejo aquí una deliciosa entrevista a Elizabeth Hargrave, realizada por Benjamín Amorín, de Devir Iberia.

Las arribes del Duero (en Zamora y Salamanca)

Las arribes, que así, en femenino, llaman en Salamanca a esta zona del Duero/Douro internacional. En Zamora usan, por su parte, los arribes. Para completar, diremos que el término arribes es leonés. Y que a su vez viene del idioma astur-leonés. Su significado es de zona próxima al río, es decir, zona de ribera.

El Duero, ese río de vinho que tem a foz em Liverpool e em Londres, se nos muestra encajonado entre montañas en este camino de fronteras. Este encajonamiento ha dado lugar a una orografía, clima y, por consiguiente, fauna y flora peculiares.

Os recomendamos, como siempre, acudir al centro de interpretación de la zona para poder disfrutar al máximo. Y, si nos permitís otra sugerencia, debéis disfrutar de un paseo en barco por el río.

Las tierras de frontera tienen un encanto que captura lo mejor de ambos mundos. Ojalá en cada frontera que crucemos en nuestras vidas sepamos quedarnos con lo mejor de lo antiguo y disfrutemos de lo mejor de lo nuevo.

De Tres1416 – Trabajo propio, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15888438

Para Celia y Martín. Para Justo y Belén. Qué viaje tan bonito hicimos por Las arribes.

El castigo sin venganza, de Lope de Vega

No hablaremos hoy de la obra completa, sino de cinco versos con los que, en boca de un Federico que se dirige a Casandra, nos obsequia el Fénix de los Ingenios:

En fin, señora, me veo	
sin mí, sin vos, y sin Dios.	
Sin Dios, por lo que os deseo;	
sin mí, porque estoy sin vos;	
sin vos, porque no os poseo.

Disfrutamos de esta obra, hace ya muchos años, mis queridos padres, mi querida esposa Clara, y yo. Y eran Federico y Casandra Marcial Álvarez y Clara Sanchís, respectivamente.

Héroes

Hoy se ha celebrado la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, marcada de principio a fin -como supondréis o sabréis- por esta pandemia que nos asuela. De no ser por mi querida hermanita, se me habría pasado por alto (la ceremonia, no los Juegos), así que hemos podido disfrutarla.

Y me ha emocionado hasta la lágrima ver los últimos relevos de esa antorcha olímpica que nos trae el sol de Atenas. Dos de esos relevos, especialmente:

Uno, formado por una pareja de profesionales de la sanidad. Mi pensamiento vuela hacia aquellos que dieron su vida (o aquellos que no dudaron en ir a trabajar aunque su vida pudiera estar en riesgo), a quienes cuidaron a los seres queridos que sufrieron gravemente esta pandemia, a todos los profesionales sanitarios, a la tía Luci y a Inés Lobeira, y a todos los médicos, enfermeras y demás personal sanitario que en el mundo han sido. Héroes.

El otro, formado por un grupo de estudiantes. Aquí mi pensamiento va, lógicamente, a estos pequeños grandes héroes que se han marcado un curso en unas condiciones durísimas. Aleixo, Ana, Lucas, Irene, Dani. Héroes.

Héroes. En esos últimos relevos habéis estado vosotros.

La expresión «un cerro de»

La he escuchado muy pocas veces en mi vida (o, mejor dicho, de muy pocas personas). Es una expresión que significa «una gran cantidad de» y se usa, por ejemplo, del siguiente modo:

«Tengo un cerro de exámenes que corregir».

Se lo he escuchado a dos personas: una, de León; otra, de Palencia. Y me he imaginado -esto ya es cosecha propia- a esos cerros testigos de Tierra de Campos, imperturbables ante la infinita planicie de la meseta. Me vale mi explicación para la palentina, pero no para el leonés, así que si alguien quiere aportar algo más, será más que bienvenida su opinión.

Un saludo para Rocío y para Crisanto, aunque imagino que jamás leerán este post.