No, los dictadores no surgen del cariño

Últimamente estoy leyendo demasiados argumentos apoyando la teoría de que “de padres consentidores nacen hijos tiranos”. Obviamente, yo no estoy en las vidas de todas las familias, pero no conozco a nadie, absolutamente a nadie, que le consienta todo a sus hijos. Para bien o para mal, todos tenemos que decir “no” decenas de veces cada día. Esos noes, por supuesto, deben estar argumentados (por el bien de los hijos, por el bien de los padres, y por el bien de la relación a corto y -sobre todo- a largo plazo). Y me duelen especialmente, porque he oído argumentos de ese estilo al juez Emilio Calatayud, persona a la que admiro y que en muchísimos casos ha demostrado un gran sentido común. También a Pedro García Aguado (Hermano mayor), que se enfrenta a situaciones tremendamente complicadas.

No sé cuáles son los casos de esos “padres consentidores”, de los cuales nacen hijos tiranos. Lo que sí sé es que de padres violentos surgen almas completamente dañadas:

Hitler dijo que, de niño, era azotado a menudo por su padre. Años más tarde le dijo a su secretaria: «Entonces tomé la decisión de no llorar nunca más cuando mi padre me azotaba. Unos pocos días después tuve la oportunidad de poner a prueba mi voluntad. Mi madre, asustada, se escondió en frente de la puerta. En cuanto a mí, conté silenciosamente los golpes del palo que azotaba mi trasero».

El comportamiento de su padre en casa fue autoritario, rayando la violencia, siempre malhumorado, no admitía que se le contradijese, y los cuatro hermanos —Francisco [Franco] en menor medida, dado su carácter retraído y apocado— sufrieron lo que hoy se consideraría malos tratos.

No tengo nada más que añadir, Señoría.

(Las citas las he tomado de la Wikipedia)

Nunca terminaré de amarte

Gloria Fuertes es, sobre todo -o casi únicamente-, conocida como poeta para niños (que no es poco, caramba). Pero no sólo escribía para niños. Comparto con vosotros este sublime poema de amor:

Nunca terminaré de amarte.

Y de lo que me alegro,
es de que esa labor tan empezada,
ese trajín humano de quererte,
no lo voy a acabar en esta vida;
nunca terminaré de amarte.

Guardo para el final las dos puntadas,
te quiero, he de coser cuando me muera,
e iré donde me lleven tan tranquila,
me sentaré a la sombra con tus manos,
y seguiré bordándote lo mismo.

El asombro de Dios seré, su orgullo,
de verme tan constante en mi trabajo.

¿Qué nos pasa con el amor?

Estábamos dando un paseo y yo me paré a atarle a Dani un cordón de la zapatilla. Unos turistas -forasteiros, aquí les llamamos así- que paseaban por allí no perdieron su ocasión de intervenir: “este niño sabe atarse los cordones, que me lo dijo a mí, pero prefiere que se los ate su padre”.

Aproveché para explicarles que seguramente no me quedaba mucho tiempo más de hacer eso. Creo que se quedaron un poco decepcionados; me parece que contaban con que yo aprovecharía su ayuda para atacar a mi hijo. Lo digo completamente en serio.

Me hubiera gustado explicarles también que -si todo va bien- llegará un momento en el que sea Dani el que me ate las zapatillas a mí.

Y ahora reflexiono un poco. Sobre por qué molesta ver a un papá atar las zapatillas a su hijo. O llevarlo de caballito. O por qué molesta ver a una mamá dando el pecho a su niño (hoy ha escrito Patricia Garcés un interesante artículo relacionado). O por qué nos resulta más escandaloso ver una pareja haciendo el amor que ver a una pareja discutiendo.

Y he llegado a la conclusión de que a este mundo le molesta el amor.

¡Adiós, tío Pepe!

Daba igual el día de la semana, o si hacía frío o calor; poco importaban las preocupaciones -más o menos importantes- del momento. Si ibas paseando por el Con y oías que se acercaba una moto, tenías la completa seguridad de que si en ella iba tío Pepe, siempre, siempre, te iba a pitar. 

Y en ese momento, -da igual el día de la semana, si llueve o hace sol, si hay examen mañana o si perdió el Celta ayer- la sonrisa de tío Pepe hace que tus labios sonrían, y que levantando el brazo, le grites un “¡adiós, tío Pepe!” mientras su moto se aleja. 

Hace ya tiempo que tío Pepe colgó la moto, pero su cariño ha seguido formando parte de su personalidad, como no podía ser de otra manera. Os voy a contar una anécdota que lo resume perfectamente: hace unos años, mi hermana fue a visitarlo y le enseñó una foto de Dani. Y la conversación siguió por otros derroteros. Pero tío Pepe seguía saludando a Dani. Y mientras nadie lo veía, acercó la foto de Dani a sus labios y le regaló un beso. Aquellos labios quizá ya no sonreían, pero su corazón nunca dejó de hacerlo. 

Anteayer, tras varios años enfermo, recibiendo cariño y atenciones de su familia, tío Pepe decidió que en nuestros oídos volviera a sonar el claxon de su moto, y que todos nosotros -sin importar el día, el tiempo o las preocupaciones- pudiéramos dedicarle una última sonrisa y un “¡adiós, tío Pepe!”

Siento mucho que mis hijos no hayan podido oír tu moto acercarse, mientras paseaban por el Con. Pero te prometo que les enseñaré que, por muchas preocupaciones que tengamos; sea lunes o viernes; llueva, truene o haga calor, siempre, siempre, siempre hay un motivo para sonreír. 

¡Adiós, tío Pepe!

(Con cariño para mi prima y amiga Ana, que lleva desde siempre en su corazón la maravillosa bondad de su padre). 

pd.  Tío, otro día contaré cuando se te ocurrió llevar a Cati, Cloti y Marimar en tu moto. A la vez. Los cuatro. 

Para cuando perdemos los nervios

Cuando estéis cansados, de mal humor,
justo cuando los niños se vuelvan insoportables y os saquen de quicio,
cuando os enfadéis y gritéis,
cuando en el arrebato queráis castigar –
acordaos
del aterrado corazón del niño, que palpita a toda velocidad.

Janusz Korczak

(vía Silvia de Diego)

Amar

Amar no es mirarse el uno al otro. Es mirar juntos en la misma dirección.
(Antonie de Sant Exupery)