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Psicología

¿Mejor la disciplina positiva, o la negativa?

La situación es muy habitual para cualquier padre: tenemos algo que queremos que el niño haga (por ejemplo, cepillarse los dientes) y tenemos algo que el niño quiere hacer (por ejemplo, ir a la piscina).

Creo que hay tres formas de «solucionar» esta situación; os las describiré, junto con mi opinión:

  1. Si no te cepillas los dientes, no vas a la piscina. Es lo que se llamaría «disciplina negativa». No estoy de acuerdo con ella, porque usa la amenaza («no vas a la piscina») para conseguir nuestro objetivo. Además, el niño podría decir «no me cepillo los dientes, no me importa quedarme sin piscina», con lo cual nuestra argumentación no habría conseguido su objetivo.
  2. Si te cepillas los dientes, vamos a la piscina. Esto es la «disciplina positiva». La veo mucho (muchísimo) mejor, desde luego, que la disciplina negativa. Pero tampoco estoy de acuerdo con ella, ya que me parece una forma de chantaje. Al igual que en el caso anterior, el niño podría optar por no cepillarse los dientes.
  3. Es muy importante cepillarse los dientes después de comer, porque así los tendremos sanos; hagámoslo rápido para ir pronto a la piscina. Sin lugar a dudas, me quedo con esta opción: explica perfectamente por qué hay que cepillarse los dientes (aislándolo de ir o no a la piscina) y mantiene la piscina como elemento motivador para hacerlo rápidamente.

Y vosotros, ¿con cuál os quedáis?

El efecto San Mateo

Cuando se tienen 24 años, la diferencia de haber nacido algún mes antes o después no influye demasiado. Pero cuando se tienen 6, puede ser determinante. Y determinar el futuro.

En muchos deportes la fecha de corte para decidir si una persona juega en una categoría u otra es el 1 de Enero (si fuera el 1 de Septiembre se produciría el mismo efecto que voy a narrar, pero desplazado). Dentro de la categoría de «seis años», los niños nacidos en Enero tienen casi un año más que los nacidos en Diciembre. Y se nota, vaya si se nota.

Los nacidos en los primeros meses del año son más fácilmente seleccionables para los equipos. Por lo tanto juegan más partidos. Y contra mejores jugadores. Con mayor nivel de compromiso. Así que se van haciendo mejores. Mucho mejores. Esa ventaja se va haciendo cada vez mayor. Es lo que se conoce como «efecto San Mateo»:

Al que tiene, se le dará. Pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.

El primero en darse cuenta de esto fue Roger Barnsley, psicólogo canadiense, viendo un partido de hockey sobre hielo (en este deporte las diferencias son especialmente señaladas, ya que los medios para jugar no están al alcance de cualquiera, y conseguir «entrar» en el circuito otorga mucha ventaja).

He escrito esto a raíz de un tweet de @carlosblanco donde menciona que «15 de 20 seleccionados en España sub20 han nacido entre Enero y Abril.».

El problema de cortar en un día concreto del año provoca que ciertos jugadores que podrían haber sido grandes, no lleguen a serlo. Si el corte estuviera en el 1 de Septiembre, el tweet de Carlos podría haber sido perfectamente «15 de 20 seleccionados en España sub20 han nacido entre Septiembre y Diciembre.».

Resulta interesante ver cómo algo que pensamos que es casi únicamente fruto del talento natural se ve afectado por un hecho tan azaroso como la fecha de nacimiento. Y, desde luego, esto mismo pasa en otros deportes. Y en otros órdenes de la vida. El azar influye más de lo que creemos. Y el talento, por desgracia y para nuestra extrañeza, menos. (Lo cual no quiere decir que el talento no influya, desde luego).

Leí esta información en el libro «Fueras de serie (Outliers)», de Malcolm Gladwell. Gracias, papás 😉

Es que siempre se ha hecho así

Posiblemente todos hayáis estado en una empresa u organización en donde alguna de las normas que se siguen no tiene mucho sentido. Os contaré un interesante experimento, que quizá conozcáis, y una divertida anécdota.

He aquí el experimento:

Metieron a cuatro monos en una jaula, y en la parte superior de la misma, colgaron un bonito racimo de plátanos. Cada vez que un mono intentaba cogerlo, los experimentadores rociaban con agua fría a los demás monos. Con lo cual, los monos enseguida aprendieron que cada vez que un mono intentaba coger la comida, había que impedírselo.

Al cabo de un tiempo, retiraron uno de los monos e introdujeron uno nuevo. Al poco, lógicamente, intentó ir a por la comida… sin éxito, porque sus compañeros se lo impidieron. Repitieron la operación (retirar un mono, introducir uno nuevo) hasta que hubo cuatro monos que jamás habían vivido el tormento del agua… pero seguían comportándose igual, de forma irracional e inflexible: cada vez que un mono intentaba coger la comida, se abalanzaban sobre él.

Y ahora la anécdota:

En un cuartel militar, cada vez que había que hacer guardias, ubicaban a tres soldados en tres lugares diferentes: dos en las dos puertas, y el tercero al lado de un banco. Una vez le tocó hacer guardia a un soldado curioso por naturaleza, y se propuso averiguar la causa de esa rara tercera ubicación. Acabó encontrándola: hacía varias décadas (creo recordar que más de un siglo), pintaron el mencionado banco. Y añadieron a la ubicación de las guardias el banco, para que nadie se manchara. Ahí se quedó esa disposición.

La relación entre el experimento y la anécdota parece clara: se ponen normas por algún motivo razonable (en su momento), pero luego no se eliminan cuando el motivo ya no existe o las nuevas circunstancias lo requieren.

Como dice Eduardo Punset: «nos cuesta mucho cambiar de opinión, al contrario que los monos y otras especies inteligentes».

Para Mª Dolores.

Las strippers y sus ciclos

Este post se puede resumir fácilmente con dos palabras: somos mamíferos.

Los psicólogos Geoffrey Miller y sus colegas estudiaron a 5.300 strippers en un club. Midieron fluctuaciones en el olor corporal, en la proporción cadera-cintura, y en los rasgos faciales. Y contabilizaron las ganancias diarias de cada stripper.

Las chicas que estaban ovulando ganaban 70$/hora, las que estaban menstruando 35$/hora, las que estaban en medio (entre ovulación y menstruación, o viceversa), 50$/hora.

Conclusión: los hombres vemos más atractivas a las mujeres durante la ovulación.

Adicionalmente se estudió la diferencia entre las que tomaban píldora y las que no: las primeras (píldora) no mostraban fluctuaciones en sus ganancias, quedándose en una media de 37$/hora. Las que no tomaban píldora mostraban las fluctuaciones anteriormente descritas y ganaban una media de 53$/hora.

Sí. Somos mamíferos.

El experimento de la cárcel de Stanford

Es este uno de esos experimentos que nos hacen cuestionar la humanidad de la Humanidad y que reafirman el dicho de que «el hombre es un lobo para el hombre» (aunque está claro que los lobos no harían jamás esto).

El doctor Zimbardo seleccionó a 24 personas de las 70 que respondieron a un anuncio en los periódicos. Los seleccionados se repartieron en dos grupos, al azar. Unos serían los prisioneros. Otros, los guardias.

Los prisioneros fueron despojados de sus vestiduras y debían llevar, solamente, una bata, unas sandalias de goma, una media en la cabeza para simular que su cabeza estaba rapada, y una cadena en sus tobillos que les recordara su papel. A los guardias se les dotó de uniforme militar, porras, y gafas de espejo. Los guardias fueron brevemente instruidos: debían gobernar la prisión como consideraran conveniente, pero sin ejercer la violencia física.

El resultado no pudo ser más revelador sobre cómo es el ser humano: en ocasiones se prohibía a los prisioneros ir al lavabo, se los dividió en «buenos» y «malos», se impedía a los «malos» dormir en colchones; se les negaba la comida, se les obligaba a mantener relaciones sexuales. Un prisionero (el número 416) inició una huelga de hambre; se le obligó a sostener la comida que había rechazado comer. Los actos crueles eran más intensos cuando los guardianes pensaban que las cámaras no funcionaban.

Durante los seis días que duró el experimento, accedían investigadores para observar el experimento. De las más de cincuenta personas observadoras, solamente una, Christina Maslach, puso en duda la moralidad de aquel experimento. A raíz de su intervención, el experimento fue cancelado. Zimbardo y Maslach son ahora esposos (desconozco si tenían alguna relación cuando se realizó el experimento).

Lo más terrible de este experimento es que la decisión de si una persona era guardián o prisionero se tomó al azar. Es decir, que posiblemente el experimento hubiera ofrecido los mismos resultados si se hubieran cambiado los papeles.

Estar cuerdo en un centro para locos. El experimento de Rosenhan.

David Rosenhan, psicólogo estadounidense, pretendía demostrar que los diagnósticos de los hospitales psiquiátricos no son válidos (su experimento es de 1973).

El experimento de Rosenhan consiste, realmente, en dos experimentos.

El primero consistía en intentar que ocho personas sanas fueran dadas por enfermas. Alegaron escuchar voces y fueron diagnosticadas como enfermos mentales. A continuación, Rosenhan pasó a solicitar al personal del centro que detectaran a esos falsos pacientes. Sólo detectaron a uno. Es decir, siete personas completamente sanas siguieron siendo consideradas enfermas.

El segundo experimento es todavía más ilustrativo. Se hizo en un centro cuyos empleados ya conocían el primer experimento. Rosenhan iría introduciendo a personas sanas a lo largo de los meses, y el personal del centro debería detectarlos. Detectaron a 41. ¿Sabéis cuántos introdujo Rosenhan a lo largo de esos meses?. A ninguno.

Para ser un experto necesitamos 10.000 horas

A comienzos de los años 90 del siglo pasado, el psicólogo Anders Ericsson, junto con dos colegas, puso en marcha un experimento que cambiaría la forma de pensar de muchos (entre los que me incluyo). Dividió a los estudiantes de violín de la Academia de Música de Berlín en tres grupos, según su calidad:

  • las estrellas: estudiantes que iban a triunfar como solistas en el mundo de la música.
  • los simplemente buenos: estudiantes que quizá se ganarían la vida dando conciertos, pero sin llegar a ser super estrellas.
  • los de nivel más bajo: estudiantes que no se van a ganar la vida tocando profesionalmente y que acabarían como profesores de música.

A todos se les hizo la misma pregunta: «¿cuántas horas has dedicado al violín en tu vida?». El resultado fue revelador y asombroso: los estudiantes del primer grupo habían dedicado unas 10.000 horas; los del segundo, 8.000 horas; los del tercero, unas 4.000.

¿No os parece asombroso?. Nadie tan brillante que, sin dedicar las 10.000 horas, pudiera estar en el primer grupo. Nadie tan torpe que, habiendo dedicado 10.000 horas, pertenezca al tercero.

Más o menos todos habían comenzando a la misma edad (cinco años), y habían dedicado las mismas horas semanales en esos primeros años. Pero, poco a poco, se iban creando las diferencias: los que eran un poco mejores acababan tocando más, dando más conciertos, dedicando más horas.

Corolario: el trabajo es el que nos hace llegar a la excelencia.

Me enteré de este experimento (y de otras cosas muy interesantes, de las cuales quizá siga hablando en el blog), leyendo el libro «Fueras de serie (outliers)», de Malcolm Gladwell. Gracias, papás :).

El efecto Pigmalión

A lo largo de mi carrera profesional me he dado cuenta de que -casi sin excepciones- si colocas a alguien en un puesto de responsabilidad, va a dar lo mejor de sí mismo, y se acabará convirtiendo en alguien digno de ese puesto.

Recientemente (por un maravilloso motivo: el nacimiento de mi hijo), he pasado a leer todo lo que pasaba ante mis ojos y estaba relacionado de un modo u otro con la crianza. Y he descubierto que, si a un niño lo tratas como una persona incapaz («siempre haces eso mal», «eres un desastre», «fíjate qué bien lo hace tu hermano») conseguirás que lo acabe siendo. En cambio, si le ayudas a ver sus verdaderas virtudes («lo has hecho muy bien», «qué inteligente eres», «eres un niño muy bueno»), harás que esos aspectos positivos predominen y será cada vez mejor.

Tenemos buenos ejemplos en el deporte: el Real Madrid es un equipo que, tradicionalmente, ha sido capaz de remontar resultados y situaciones muy adversas. Eso lo sabe el equipo y lo saben sus rivales. Y eso hace que sea un rival ante el que nadie puede darse por vencedor, por mucha ventaja que hayan conseguido. Por su parte, el Barcelona está jugando el mejor fútbol de su historia. Ellos consideran que es el mejor fútbol del mundo y sus rivales también. Eso es suficiente para que tengan una importante ventaja ante cualquier rival.

Este efecto: «me creo (me ayudan a creerme) bueno, luego soy bueno» o el contrario «me creo (me ayudan a creerme) malo, luego soy malo» se conoce como «efecto Pigmalión». Pigmalión era un escultor griego que llegó a creer que su escultura Galatea era de carne y hueso… y -gracias a la diosa Afrodita- esa creencia acabó siendo cierta.

Me puso sobre la pista del efecto Pigmalión Fati. Gracias!