La importancia del lavado de manos

Con este sencillísimo experimento, consistente en hacer que un miembro de un grupo de diez personas se frote un líquido en las manos y analizar cómo se ha propagado al cabo de media hora, no deberían ser necesarias más explicaciones.

Por favor, lavado de manos, lavado de manos y lavado de manos.

¿Por qué cantamos en la ducha?

Todos lo hemos experimentado, disfrutado o sufrido, según el caso. La ducha es un lugar en el que hasta el menos amigo de los cantos se suelta con la ópera. Y por fin tenemos ya un respaldo científico a ese sonoro placer.

El estudio, conducido conjuntamente por las prestigiosas universidades de Lovaina y de Lieja, se realizó con la ayuda de 1.500 voluntarios y se centraba en dos objetivos: por una parte, conocer la causa de por qué cantamos en la ducha; la segunda, conocer los efectos de esa actividad en nuestras vidas.

Los resultados de la primera parte son concluyentes: el ruido y la temperatura del agua provoca un efecto relax -nada nuevo- que activa la zona cerebral dedicada a la armonía y al canto, provocando que de forma inconsciente muchas personas usen el rato de la ducha -sobre todo si es matutina- para cantar.

Para la segunda parte se contó con una app móvil realizada ex profeso. Dicha aplicación registraba la duración e intensidad de los cantos y también la actividad durante el día. Se llegó a la conclusión de que quienes cantan en la ducha son capaces de realizar muchas más actividades y con mayor tendencia a realizar ejercicio físico (aunque «solamente» sea dar caminatas), mientras que los que no cantan presentaban un patrón de vida más sedentario.

Este post es una iniciativa individual empeñada en demostrar que estamos predispuestos a creernos cualquier invención que encontremos en Internet, sobre todo si contiene citas a prestigiosas universidades.

El experimento de la cárcel de Stanford

Es este uno de esos experimentos que nos hacen cuestionar la humanidad de la Humanidad y que reafirman el dicho de que «el hombre es un lobo para el hombre» (aunque está claro que los lobos no harían jamás esto).

El doctor Zimbardo seleccionó a 24 personas de las 70 que respondieron a un anuncio en los periódicos. Los seleccionados se repartieron en dos grupos, al azar. Unos serían los prisioneros. Otros, los guardias.

Los prisioneros fueron despojados de sus vestiduras y debían llevar, solamente, una bata, unas sandalias de goma, una media en la cabeza para simular que su cabeza estaba rapada, y una cadena en sus tobillos que les recordara su papel. A los guardias se les dotó de uniforme militar, porras, y gafas de espejo. Los guardias fueron brevemente instruidos: debían gobernar la prisión como consideraran conveniente, pero sin ejercer la violencia física.

El resultado no pudo ser más revelador sobre cómo es el ser humano: en ocasiones se prohibía a los prisioneros ir al lavabo, se los dividió en «buenos» y «malos», se impedía a los «malos» dormir en colchones; se les negaba la comida, se les obligaba a mantener relaciones sexuales. Un prisionero (el número 416) inició una huelga de hambre; se le obligó a sostener la comida que había rechazado comer. Los actos crueles eran más intensos cuando los guardianes pensaban que las cámaras no funcionaban.

Durante los seis días que duró el experimento, accedían investigadores para observar el experimento. De las más de cincuenta personas observadoras, solamente una, Christina Maslach, puso en duda la moralidad de aquel experimento. A raíz de su intervención, el experimento fue cancelado. Zimbardo y Maslach son ahora esposos (desconozco si tenían alguna relación cuando se realizó el experimento).

Lo más terrible de este experimento es que la decisión de si una persona era guardián o prisionero se tomó al azar. Es decir, que posiblemente el experimento hubiera ofrecido los mismos resultados si se hubieran cambiado los papeles.