¡Hay que compartir!

Sí, si has ido con algún niño pequeño a un parque, a una fiesta, o a cualquier sitio donde esté en contacto con otros niños (y, sobre todo, con otras mamás/papás) habrás oído, ineludiblemente, la frase mágica: “¡Hay que compartir!”

Y sí, efectivamente, todos sabemos que compartir y ser generoso es una maravillosa virtud. Pero también sabemos que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. ¿Conocéis esa actitud de algunos adultos -perdón, de algunos “adultos”- de quitarle algo al niño y juguetear con ese algo diciendo “es mío, me lo quedo yo, no te lo doy”? Bien, pues yo he visto a personas que hacían eso decir también “hay que compartir”.

¿Qué os parece?

Ya. Tremendamente coherente.

Nuestros hijos van a aprender, sobre todo, lo que vean en casa. Si sus padres y hermanos comparten, no os preocupéis, que ellos van a compartir perfectamente.

Por otra parte, es necesario comprender que, al igual que cuando yo me compro un móvil nuevo quiero estar jugueteando con él todo lo posible, y quizá no sea el mejor momento para pedírmelo; del mismo modo un niño con un juguete que le apasiona prefiere estar jugando con él que dejárselo a otro.

Y, finalmente, me gustaría también poner el acento en que compartir no es obligatorio. Y compartir todo, menos. Y compartir con todos, menos aún. Yo no dejo mi coche, mi ordenador o mi casa a un desconocido. Ponernos en el lugar del niño nos ayudará, en ésta, como en otras muchas situaciones, a comprenderlo, a que se sienta comprendido, y a tomar la mejor decisión para todos.

Y de propina, en relación con el tema de compartir, me gustaría decir que los niños no vienen egoístas de serie. Si se convierten en personas egoístas, depende única y exclusivamente de la educación que reciben.

Se armó la de San Quintín

La expresión “Se armó la de San Quintín” significa que se produjo un gran revuelo. Hace referencia, como seguramente suponéis, a la batalla de que se realizó en la ciudad de San Quintín. Esta batalla enfrentó a españoles y franceses en el año 1557. La victoria fue para España, y acabo con 12.000 hombres franceses muertos y 2.000 heridos. Allí se armó, por tanto, la de San Quintín.

La victoria se consumó el día 10 de Agosto, día de San Lorenzo. Para conmemorar el acontecimiento, Felipe II decidió construir el Monasterio de El Escorial.

En la ciudad de San Quintín hubo otras batallas a lo largo de la historia, pero esta fue la principal; así que, salvo información en contra, asociaré la frase que da título a este post a esa batalla. Todo lo que he encontrado en mi búsqueda lo confirma, pero eso no significa que sea cierto. Como siempre que hablamos de frases, nos gustaría saber la primera vez que se utilizó.

El hábito sí hace al monje

Adam Galinsky, de la Kellogg School of Management en la Northwestern University, llevó a cabo el siguiente experimento. Dividió a los estudiantes en dos grupos: a unos les puso una bata de médico; a otros una bata de pintor. Y les pidió que realizaran diversas actividades intelectuales.

Sorprendentemente (o no), los “médicos” realizaron las tareas mucho mejor que los “pintores”.

Y sorprendentemente (o no), las batas eran iguales en un caso que en otro 🙂

Liu Xiang y el espíritu indoblegable

Una de las historias más bonitas que nos han regalado los Juegos Olímpicos de Londres es la del corredor de vallas Liu Xiang. Tras conseguir el oro en 110 metros vallas en los Juegos de Atenas, no pudo participar en los de Pekín por lesión. Así que acudió a Londres con el doble de ilusión y esfuerzo, si es que eso es posible.

Pero la mala suerte volvió a cebarse en el corredor y se lesionó, en el mismo pie lesionado anteriormente, al saltar la primera valla. Así que, cuando se pudo levantar, se dirigió hacia el túnel, rechazando la silla de ruedas. Pero, con un espíritu indoblegable, decidió volver. Decidió recorrer los 110 metros a la pata coja (por fuera de las vallas, obviamente) y, en la última valla, tuvo el bonito gesto de acercarse a besarla. Os invito a que le echéis un vistazo. A mí me ha encantado.

La gran-gran-Madre

Hoy os voy a hablar de Uba, mi abuela política. Ni ella se considera especial, ni quizá lo sea (aunque yo -no solamente yo- creo que sí lo es). Os podría contar mil cosas de ella, pero hoy quiero poner el acento en su capacidad de nutrir y de criar.

Tenéis que ubicaros en la España de finales de la posguerra, y ahí encontraréis a Uba criando a sus hijas. Nada especialmente reseñable, por ahora. Pero si avanzamos unos veinte-treinta años en el tiempo, encontraremos a Uba cuidando a sus nietos. Y si avanzamos otros quince-veinte años, la veremos cuidando de su madre. Estamos ante una mujer que ha cuidado a tres generaciones (cuatro, si contamos el cuidado de su marido; cinco, si contamos la atención que presta a sus bisnietos).

Mujeres como ella, capaces de nutrir a tres (o cuatro, o cinco) generaciones, son las que consiguen tejer la urdimbre de este mundo. Creo que toda la Humanidad está en deuda con estas mujeres que, sin poder acceder a un trabajo en las mismas condiciones que los hombres, sin poder participar en las elecciones de sus países, sin poder estudiar carreras, siendo maltratadas en muchos casos, han mantenido los lazos invisibles que hacen que este mundo todavía merezca la pena.

Ahora mismo Uba está recuperándose de una operación e, independientemente de su salud, las personas que conforman esas cinco generaciones siguen ocupando su mente. Porque ella sigue nutriendo a todos, incluso desde su cama en el hospital.

Mi hijo tiene una maravillosa bisabuela, una gran-gran-Madre que sigue sonriendo cada vez que le llevamos las ocurrencias, los juguetes y los besos que él nos da para ella, para la bisa Uba.

Para Uba, y para los miembros de esas cinco generaciones a quienes tanto quiero.