Levo todo o día pensando, de Iria Collazo

Hace ya unos cuantos años -qué rápido olvidamos- nos estremeció la foto que tomó la fotógrafa Nilufer Demir de Aylan, un niño sirio que, tendido inerte sobre la orilla de las playas de Bodrum, en Turquía, nos recordaba las tragedias humanitarias que tenemos tan cerca y que no vemos porque no queremos mirar. Era el tercer intento de la familia de llegar a Europa: Abdullah, el padre, decidió que lo iban a intentar en una balsa; por desgracia, la balsa se hundió y fallecieron, además de Aylan, su hermano mayor Galip y su madre, Rehanla.

De aquella tragedia nacieron estas preciosas palabras de Iria Collazo que es aquí, además y por encima de escritora, ser humano. Y además y por encima de ser humano, madre.

Gracias, Iria. Nunca podemos quedarnos callados ante estas situaciones.

Levo todo o día pensando 
nos teus zapatos, 
en quen chos compraría,
se serían teus avós, 
ou se cadra eran herdados 
dun irmán, dun curmán. 
En canto terían andado eses zapatos 
pequeniños,
de bebé. 
En canto me recordan
Aos que ten a miña filla de dous anos.
En canto frío terían pasado 
Os teus peciños.
En canto terías chorado
De fame.
De medo.
Ata calar.
Levo todo o día pensando
En que sabes máis da morte
Ca todos os que te vemos hoxe
querendo imaxinarte durmido.
Levo todo o día pensando
En que pouco dignas son as miñas palabras.
En que pouco digna é calquera palabra
Para pedirche perdón.
Levo todo o día pensando,
E tamén virás a min, pola noite,
E acariñarasme coas mans tenras,
E acubillaraste no meu colo
E non dirás nada,
E é que non sabías inda falar.
Meu meniño.
Levo todo o día pensando
En cantos nenos mortos ten que haber
Para que a infamia remate.
Levo todo o día pensando
En que ollarte así é insoportable
Pero aínda o é máis quedar calada,
En que me sinto culpable 
Da túa inmensa soidade.
Isto que escribo non vale nada. 
Non pretendía ser bonito
Nin ben feito.
Eu só quería arrolarte.
E o que choro non vale nada.
Hoxe morreu o noso fillo.
Hoxe morreu o que nos queda de humanidade.
Non hai consolo.

La guerra no tiene glamour

No es rara la intención de querer dotar a las guerras de un encanto, de un glamour y de una magia de la que no gozan. Cuando en la película Saving Private Ryan del gran director Steven Spielberg se presenta a los soldados acercándose a las playas para desembarcar, pueden verse mareos, vómitos y, en resumen, miedo. Eso es lo que quería transmitir Spielberg: la guerra no tiene glamour en absoluto.

No es el único creador, desde luego, que ha luchado por mostrarnos eso: la canción-denuncia “Querida Milagros” de Manolo García, el “Tristes armas si no son las palabras” de Miguel Hernández o incluso esa canción de campamento de “Mi amigo José” son más muestras de lo mismo.

Presentar la guerra como algo glamouroso es irresponsable es falso y es sobre todo, criminal.

Tristes armas, si no son las palabras.

Esto tenías que haberlo vivido tú

Lo hemos visto en multitud de ocasiones a lo largo de la historia: la vida hace pasar a una generación por una situación difícil, complicada, incluso heroica, y después esa generación convierte la experiencia (indeseada) en un privilegio que echa en cara a hijos y nietos: «tú tenías que haber vivido la guerra», «tú tenías que haber vivido la época del hambre», «tú tenías que haber vivido una infancia sin internet» o «tú tenías que haber pasado varias semanas confinado en tu casa, sin poder salir». Mismo perro y casi mismos collares.

Cada vez que oído cómo a nuestros hijos se les decía eso, yo respondía lo mismo: si mis hijos hubieran estado en esa situación que te tocó vivir, y que dices que era tan complicada, pues lo habrían hecho tan bien como tú.

Así que espero que en un futuro, ni nosotros ni nuestros hijos usemos este privilegio para mostrar nuestra superioridad sobre las siguientes generaciones. Porque no somos superiores a ellos.

Tristes guerras

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

 

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

Por desgracia, estos maravillosos versos de Miguel Hernández tienen en estos tiempos -y en todos- plena vigencia. 

Cuida los detalles

por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo de perdió un soldado, por un soldado se perdió una batalla, por una batalla se perdió una guerra.

El descubrimiento de la intolerancia al gluten

La enfermedad celíaca fue un misterio para la medicina durante siglos: niños con una alimentación sana y abundante que presentaban síntomas de desnutrición. Tuvo que llegar la Segunda Guerra Mundial para que el pediatra danés Willem Karel Dicke prestara atención a algo que estaba completamente enmascarado: se dio cuenta de que los niños que presentaban estos síntomas mejoraban cuando se daban condiciones de escasez.

Y como por el hilo se llega al ovillo, de la escasez llegó al pan, y del pan al gluten. La ausencia de pan (la ausencia de gluten) fue la que salvó a aquellos niños.

Willem creó la primera dieta sin gluten, y a él debemos el descubrimiento y la solución a este grave problema.

Save syrian children

Este vídeo representa un año de la vida de una niña, mostrando pequeños fragmentos de un segundo de cada día (no se muestran todos los días), desde una situación idílica-normal de celebración de cumpleaños y juegos hasta la terrible (normal para muchos) de un territorio en guerra. Forma parte de una campaña a favor de los niños sirios.

Lo importante, ser capaces de concienciarnos de algo extrañamente difícil en esta sociedad tan globalizada: «sólo porque no esté pasando aquí, no significa que no esté pasando».

Sirva este vídeo para acercarnos a la crueldad de la guerra y para despertar la conciencia de quienes vivimos en paz.

Me he enterado de este vídeo en el muro de Rosa Sorribas.

El día en el que un balón paró una guerra

Nos encontramos en 1914, en el frente de la Gran Guerra (más tarde llamada Primera Guerra Mundial). Es el día de Navidad y se está disputando un partido entre británicos y alemanes.

Los disparos ya no los efectúan las armas, sino las piernas; los contraataques ya no causan heridas y, cuando alguien cae al suelo, puede volver a levantarse, muchas veces ayudado por el rival.

La noche anterior, la Nochebuena, la Noche de Paz, ambos ejércitos decidieron parar. Lloraron juntos a sus muertos, entonaron juntos villancicos, juntos rieron y, seguramente, juntos se preguntaron que qué hacían allí.

Aquel día de Navidad, aquellos chicos, en vez de matarse, decidieron jugar juntos. Dicen que ganó Alemania 3-2. El resultado, obviamente, es lo de menos.

La noticia llegó a oídos de los mandamases, y ya nunca más se permitió tal desfachatez: los años siguientes ordenaron iniciar ataques el día anterior y cambiaban a menudo a los soldados de frente, para que no se hicieran amigos de los rivales.

Me enteré de este bonito hecho gracias a Alfredo Relaño. Gracias!

Nacho y Clara me comentaron que había una película sobre este tema. Gracias!. Os dejo con el trailer: