El reto de un post al día

El año pasado (2013) me propuse un reto el día 1 de Enero: escribir un post diario en este blog. Tuve un éxito moderado, siendo generosos: llegué hasta el 3 de Enero. Así que este año me lo he vuelto a proponer (ya sabéis eso que dicen de que las listas de objetivos se podrían reciclar de un año para otro). Y bueno, este año vamos mejor. Escribo esto el 28 de marzo y todavía seguimos con un post al día desde el 1 de Enero.

Comparto con vosotros alguna reflexión que he hecho con respecto a este asunto:

– Calidad de los posts: creo que mis posts, en general, han bajado mucho su calidad. Sin embargo, de vez en cuando (y cada vez más de vez en cuando) sale alguno mejor. Confío que esto vaya pasando más a menudo. Hay días en los que son las once de la noche y aún no he publicado el post, así que de ahí no puede salir mucha calidad. Aunque hay alguno bueno, repito, la calidad media está por debajo de la de antes.

– Rutina: esto me está siendo lo más fácil. El hombre es un animal de costumbres y, si se lo propone, rápidamente coge una rutina. Creo que no es necesario estar adiestrados desde pequeños para ello, aunque no puedo afirmarlo al 100%, ya que demasiadas cosas de nuestra vida se hacen de forma rutinaria.

– Escribir con las entrañas: esto tiene mucha relación con la calidad que comentábamos más arriba. Antes escribía cuando tenía algo que escribir, y había mucho de corazón en cada post (sí, también de cabeza). Ahora no suele haber tanto corazón, y eso me preocupa.

No puedo garantizar seguir cumpliendo este objetivo, aunque por ahora lo voy a intentar. Ni siquiera puedo garantizar querer seguir cumpliéndolo. Confío, como digo, en que cada vez los posts sean mejores y que provengan más del corazón.

El nacimiento y la muerte, alejados de nuestras vidas

Tengo la sensación de que nuestra sociedad ha dado la espalda a dos momentos importantísimos de la vida: el nacimiento y la muerte. Y, de paso, también a los momentos más próximos a uno y a otro.

Antes se nacía y se moría en casa, y eran estos acontecimientos parte fundamental de la vida de cada familia. No he tenido la suerte de asistir a un parto en casa, pero estoy seguro que es algo mucho más placentero, emocionante y cómodo (también para la familia) que un parto en un hospital (por supuesto, hablo de la inmensa mayoría de los casos en los que no hay complicaciones). Sí he vivido muertes en casa, con el velatorio correspondiente también en casa; ahora muchas muertes se producen en el hospital, y prácticamente la totalidad de los velatorios se realizan en tanatorios. De algún modo, estamos alejando de nuestras casas (y, en cierto modo, de nuestras vidas) esos dos momentos sagrados y también los más próximos a ellos (estancia hospitalaria tras el nacimiento, estancia hospitalaria antes de la muerte).

Uno de los efectos colaterales (o no colaterales) de este cambio es que, de algún modo, delegamos en terceras personas (en extraños) muchas decisiones que deberían ser completamente íntimas. Me pregunto si no nos arrepentiremos de es esta cesión de «poder» a terceros.

Pero, no contentos con expulsar el nacimiento y la muerte de nuestras vidas, estamos haciendo también lo mismo con la primera infancia y con la vejez. Antes, nuestros niños correteaban por la casa hasta que llegaba la edad de entrar en el colegio, aprendiendo de ese modo mil cosas de la sociedad en la que viven (viendo cómo funciona la familia, yendo a la compra, paseando, jugando). Ahora metemos a nuestros niños en guarderías desde que tienen cuatro meses, alejándolos de la sociedad (es curioso que a veces se utilice como argumento la «socialización» para hacer eso), privándolos de mil aprendizajes y de afecto. La misma situación sucede con nuestros ancianos: antes pasaban el día con su familia, en la casa, dando paseos, realizando algunas actividades con las que no sólo se sentían útiles, sino que aportaban conocimientos y experiencias a las generaciones venideras. ¿Qué hacemos ahora? Los metemos en centros de mayores, privándolos de mil enseñanzas y de afecto.

Lo que me parece más triste es que, aunque lo disfracemos de frases del tipo «así socializan» (?), «se lo pasan muy bien», «aprenden mucho», uno de los motivos que más pesan para tomar estas decisiones es que permiten al resto de la población realizar otras tareas, como poder ir a trabajar. Una vez más, el dinero condicionando las vidas.

Aunque implícitamente se puede deducir, quiero destacar aquí que, con esta configuración de nuestra sociedad, privamos a nuestros bebés y ancianos de pasar mucho tiempo juntos. Y ese tiempo juntos es tremendamente enriquecedor para ambos.

¿Qué opináis? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestras vidas el nacimiento y la muerte? ¿Creéis que estamos a tiempo de recuperar para nuestra sociedad a nuestros ancianos y a nuestros niños?