Sed buenos

Hace ya unos añitos estábamos Dani y yo en un espectáculo para niños.

Los “piratas” (animadores) les pedían a los niños que hicieran cosas: “tocad una piedra!”, “despeinad a otro niño!”, “poned cara fea!”… “sed buenos!”

Y aquí está el punto al que quiero llegar: al decir “sed buenos”, ¿sabéis qué hicieron los niños? Se quedaron quietecitos. ¿Es esto a lo que asociamos ser buenos? Por desgracia, no resulta sorprendente.

Y como es muy posible que haya padres que no les hayan explicado a sus niños que también eran buenos cuando tocaban piedras, despeinaban a otros niños y ponían caras feas, quizá haya niños que crezcan pensando que ser buenos es eso: estarse quietos, no molestar.

1, 2, 3! Ahora me ves…

La empresa de juegos de mesa Devir es siempre una garantía de calidad y de juegos interesantes. Los conocíamos ya gracias al Carcassonne y al Catan. Cuando nos enteramos de que iban a sacar una nueva versión del juego “1, 2, 3! Ahora me ves…”, no lo dudamos y solicitamos un ejemplar. Hoy mismo lo hemos recibido, hemos pasado un rato estupendo jugando, como os cuento a continuación.

Es un juego con una dinámica muy sencilla, y apto para cualquier edad. (Irene, a sus cuatro años, ha jugado bastante mejor que yo alguna de las manos; también es cierto que es una niña muy inteligente, todo hay que decirlo; por supuesto, Dani -ocho años- me ha dado veinte vueltas). Tenemos en un establo animales de cuatro tipos diferentes: cerdos, ovejas, vacas y caballos. Mientras los demás jugadores cierran sus ojos, el que tiene el turno realiza algún cambio en el establo (cambio de lugar, añadido de animal, retirada de animal, o intercambio de posiciones entre dos animales). Al abrir los ojos, cada jugador debe indicar cuál ha sido el cambio.

Si alguno de los participantes es muy pequeño, se puede simplificar el juego admitiendo solamente cambios de posición. Hemos jugado a ambas modalidades, y con ambas nos lo hemos pasado estupendamente. El juego nos ofrece además el plus de que ocupa muy poco espacio y de que la tapa de la caja se puede utilizar como establo. Ideal para llevarlo de viaje. Fenomenal para pasar un buen rato con los peques. O solamente los peques. O solamente los mayores.

Venga, a ver si adivináis qué cambia. Fijaos bien. 😉


Os recomendamos mucho este juego si tenéis hijos pequeños. Y si no conocéis los geniales juegos de Devir, os conminamos a revisar su completo catálogo, porque nos garantizan horas y horas de diversión.

Los hombres muertos no cuentan cuentos

Benito había nacido en el barrio marinero de la ciudad de Pontevedra y, poco antes de cumplir los 18 años, se embarcó en el bergantín brasileño El defensor de Pedro, dedicado a la trata de esclavos. Allí fue el cabecilla de un motín que acabó con el capitán abandonado en África, parte de la tripulación propia pasada a cuchillo, Benito como capitán y el barco rebautizado como La Burla Negra. Tomaron rumbo a las Islas Azores y posteriormente a Cabo Verde, abordando los barcos que encontraban a su paso y realizando sanguinarias masacres en cada uno de ellos: Morning Star, Topaz, Sumbury, Melinda, Cessnok, New Prospect.

Con las bodegas -os podéis imaginar- más que repletas llegaron a La Coruña, haciéndose pasar el barco por el original El defensor de Pedro, y uno de los piratas por el legítimo capitán. Allí vendieron la mercancía y, tras una breve parada en Pontevedra para esconder el tesoro -todavía no se ha encontrado- tomaron rumbo hacia Cádiz. Y aquí toda la buena suerte que había tenido nuestro pirata se convirtió en mala: el vigía confundió el faro de la isla de León con el de Tarifa y La Burla Negra naufragó. Naufragio que habría quedado en poco o en nada si no fuera por la presencia aquellos días en Cádiz de uno de los supervivientes del Morning Star, al que no le costó nada identificarlos. Una decena de los piratas fueron ahorcados, pero no Benito, que -aún quedaba algo de suerte, parece- consiguió escapar. Escapó a Gibraltar, en donde sufrió el mismo fin que sus compañeros: ahorcado acusado de 75 asesinatos. Según nos cuentan, estuvo sereno, arrepentido e incluso un pelín chulito.

Queda para el recuerdo su historia, su máxima de “Los muertos no hablan” y ese tesoro que Benito Soto Aboal, el último pirata del Atlántico, dejó escondido entre los muros de la casa de las Campanas (o del Pitillo, según quien nos lo cuente) y que los actuales dueños de la casa se verán obligados a restituir a los herederos de Benito… si lo encuentran.

Para Rita y Elvi, las piratas que nos descubrieron a Benito Soto Aboal.

¿Sabrías decir si eres hombre o mujer?

Os propongo un sencillo experimento mental. Imagina que no sabes cuál es tu sexo, que no sabes si eres hombre o mujer. Imagina también que no tienes forma de saberlo (no puedes ver tu cuerpo, no te lo pueden decir, no te puedes hacer un análisis para saberlo). ¿Crees que sabrías decir si eres hombre o mujer? Por supuesto, no estoy diciendo si sientes más atracción por un determinado sexo que por otro. Simplemente estoy preguntando si sabrías si eres hombre o mujer.

¿Lo sabrías? Yo creo que no.

Literatura infantil y juvenil: duelo entre países

Un estupendo duelo del que todos salimos ganando. ¿Qué país consideras que es el mejor en este bonito campo de la literatura infantil y juvenil?

Reino Unido:

Los cinco, de Enid Blyton.
Los siete secretos, de Enid Blyton.
Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll.
La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
Harry Potter, de J.K. Rowling.
Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis.
El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien.
El hobbit, de J.R.R. Tolkien.
El libro de la selva, de Rudyard Kipling.
Peter Pan, de James Matthew Barrie.
Mary Poppins, de Helen Lyndon Goff.
Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl.
Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.
Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.
Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
Oliver Twist, de Charles Dickens.
El príncipe feliz y otros cuentos, de Oscar Wilde.
Winnie-the-Pooh, de A.A. Milne.

Estados Unidos:

El príncipe y el mendigo, de Mark Twain.
Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain.
Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Tom Sawyer detective, de Mark Twain.
Moby Dick, de Herman Melville.
Crepúsculo, de Stephenie Meyer.
El legado, de Christopher Paolini.
Un puente a Terabithia, de Katherine Paterson.
Mujercitas, de Louisa May Alcott.
El maravilloso mago de Oz, de L. Frank Baum.

Francia:

Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne.
Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.
La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne.
El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas.
El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

Alemania:

La historia interminable, de Michael Ende.
Momo, de Michael Ende.
Pulgarcito, de los Hermanos Grimm.
El gato con botas, de los Hermanos Grimm.
Blancanieves, de los Hermanos Grimm.
Cenicienta, de los Hermanos Grimm.
Hänsel y Gretel, de los Hermanos Grimm.
La Bella Durmiente, de los Hermanos Grimm.
Rapunzel, de los Hermanos Grimm.
Juan sin miedo, de los Hermanos Grimm.
Barba Azul, de los Hermanos Grimm.

Dinamarca:

El patito feo, de Hans Christian Andersen.
La sirenita, de Hans Christian Andersen.
La reina de las nieves, de Hans Christian Andersen.
La pequeña cerillera, de Hans Christian Andersen.

El libro de los hechizos

Ayer por la noche -estaba claro que el día tenía que llegar, tarde o temprano- los niños encontraron el libro de los hechizos. Clara y yo nos miramos con un gesto de pavor e incredulidad, que dio paso a una asimilación serena de lo que estaba aconteciendo. Al fin y al cabo, no éramos nosotros mucho mayores cuando pasamos por ese trance. Lógicamente, cuando nuestro corazón se fue calmando, explicamos a los niños qué significaba aquello y qué cosas iban a cambiar a partir de ahora.

Poco sabíamos ninguno que íbamos a comenzar a usar el libro a las pocas horas de ser descubierto por nuestros hijos. No lo sabía yo, no lo sabía Clara, no lo sabían los niños. Como tampoco lo sabía el jardinero que comenzó a cortar el césped ruidosamente esta mañana a las siete. Y os aseguro que sus miradas de súplica desde dentro del bote de mermelada no me van a hacer claudicar.

Canción desesperada

Es tan magnífica la obra en prosa de Cervantes que su poesía ha quedado en un plano muy secundario, incluso aunque esa poesía forme parte de su obra cumbre. Por ese motivo -y por mi culpa, por supuesto- nunca había prestado especial atención a esta vertiente cervantina hasta que tuve la dicha de que Clara me regalara, hace ya unos cuantos años, un disco del que ya hemos hablado en este blog: Nunca fuera caballero. Disco del grupo Espliego, que ha llevado a cabo la labor de poner música a algunos de los bellos poemas que aparecen en El Quijote.

Quiero hoy presentaros un poema delicioso, un poema que Cervantes pone en boca de un cabrero, Antonio. Por favor, fijaos en lo perfecto de su letra, en la belleza de su música y en la sensibilidad interpretativa de José Ignacio Cordero. Disfrutadla.

El fútbol infantil… y sus papás

La barbarie sólo es culpa de los bárbaros, y en ese partido de infantiles se juntaron varios. Pero el fútbol tiene unas reglas sabias y un árbitro que tutela por ellas. Claro que el fútbol ha cometido errores, el peor de ellos dar lugar a que en muchos campos se concentre en una zona del fondo lo peor de la ciudad para intercambiar ocurrencias. Un ensayo antropológico aberrante que se intenta corregir.

Origen: La barbarie sólo es culpa de los bárbaros – AS.com

Una terrible pelea en un partido de infantiles. Pelea no entre los niños, sino entre los padres. Esto me hizo recordar una incómoda situación que vivimos hace unos meses. Tras una temporada entera de fútbol de niños, en la que todos nos divertimos, animamos, aplaudíamos los goles propios y los del contrario, llegamos a la última jornada. Y cuando llegamos al pabellón, todavía no había terminado el partido anterior, que era entre niños aún menores que Dani (que tenía siete años). Nos quedamos estupefactos ante la actitud de los padres: parecía que estaban jugándose la final de la Champions League, y solamente era la final de un campeonato de niños muy pequeños. Para colmo de bienes -o de males- era una final entre dos equipos del mismo colegio.

Y de aquí nació una reflexión posterior, relacionada con el rendimiento deportivo: ¿tiene beneficios el exceso de agresividad? Es decir, ¿salen beneficiados -deportivamente- los agresivos?

Y no estoy seguro, pero juraría que no vimos aplaudir los goles del contrario. Y en defensa de aquellos aficionados, debo decir que tampoco oímos insultos: era sobre todo un ánimo y apoyo terriblemente encendidos. Lo que nos chocó era el enorme contraste con lo que habíamos vivido nosotros durante toda la temporada.