Las merluzas de Madrid

Por motivos laborales, mi abuelo viajaba a Madrid con cierta frecuencia. En una ocasión, en un paréntesis en su jornada de trabajo, se acercó a un restaurante para comer. Tras un rápido vistazo a la carta, lo tuvo claro: hoy tocaba merluza.

El camarero le sirvió el plato, mi abuelo se lo agradeció, pero rápidamente se dio cuenta de que algo no cuadraba. Con un discreto gesto, le pidió al camarero que se acercara, y señalando el plato, le dijo, mirándolo a los ojos:

– Na miña terra isto chámase xurelo.

El camarero dudó por un momento entre mantener la dignidad del restaurante o la suya. Al final, optó por la verdad:

– E na miña tamén.

Música para bebés

Hace unas semanas tuvimos la maravillosa oportunidad de participar en una clase de música para bebés, de la mano de Laura Sanz, directora de Enarmonía. Nunca habíamos asistido a una actividad de este tipo y lo cierto es que nos sorprendió muy agradablemente, y nos quedamos con ganas de más.

Laura enfoca sus clases prestando mucha atención al apego y a la relación madres/padres-hijos y respetando por completo los ritmos, necesidades y voluntades de cada bebé. Dos premisas que me parecen fundamentales y que hablan muy bien de su proyecto.

Lo más importante: Irene (10 meses) se lo pasó de maravilla y Dani (5 años y medio) -aunque era una clase de música para bebés- mejor todavía.

Hubo en esa clase algo que me pareció casi milagroso: la capacidad de Laura de integrar cualquier sonidito de los bebés (un “ah”, por ejemplo) y crear con ello una melodía de la que el bebé no solamente es parte, sino que se siente parte. Es una experiencia única ver a un grupo de bebés (con sus papás) completamente integrados -cada uno a su ritmo, como digo- en la canción. Y si esto es la primera clase, no me puedo ni imaginar cómo será tras unas cuantas. Una experiencia muy recomendable, como digo.

Y de ese modo, entre risas, juegos, canciones, niños felices y padres entusiasmados viéndolos, se nos pasó volando la clase de música.

Los castigos

Quienes me seguís y conocéis sabéis de sobra que no considero los castigos un método educativo. Voy a intentar explicarlo de la forma más sencilla posible.

Cuando se aplica un castigo para corregir una conducta, pueden suceder dos cosas: 1) que el castigo no tenga efecto o 2) que el castigo tenga efecto.

En el primer caso, el castigo no sirve para nada: hemos dejado al niño sin consola porque ha pegado a otro y al día siguiente vuelve a pegarle. El castigo no ha servido de nada.

Y esto es lo mejor que puede pasar. ¿Sabéis por qué? Porque la otra opción es peor: que el castigo sirva para algo. Que al día siguiente el niño no pegue porque si pega se queda sin jugar a la consola. Trasladado a un contexto futuro, y más grave, ¿os imagináis a alguien que no mata porque si mata va a la cárcel? ¿Alguien quiere ser así, alguien quiere que sus hijos, alumnos, seres queridos, sean así?

Yo tampoco.

La curiosidad (casi) mató al gato

El congreso se celebraba en una ciudad bellísima, destino de un Camino que durante siglos vio cómo crecían catedrales, puentes y hospitales. Y dentro de la ciudad, en el mejor lugar posible: el Parador de los Reyes Católicos. Entre conferencia y conferencia, salía a disfrutar de la única plaza del Obradoiro, rodeada por el propio Parador, por el Palacio de Rajoy y de Xelmírez y -cómo no- por la Catedral, tan diferente -y tan parecida- a las de su Alemania natal.

Y llegó el momento que tanto había estado esperando; por fin iba a poder ver en funcionamiento el Botafumeiro. La misa se le hizo eterna, esperando ese espectáculo final. Cuando los tiraboleiros comenzaron a poner en marcha el enorme incensario, se abrió paso entre la gente, para poder verlo más de cerca. Inicialmente prestó atención al movimiento del botafumeiro, pero pronto su curiosidad científica hizo que se centrara en el mecanismo. Y fue acercándose más y más. Ajeno a los avisos de la gente que contemplaba, con pavor, la decisión de este hombre. Ajeno, también, al propio botafumeiro.

Tenemos que decir que tuvo mucha suerte. Solamente le rompió el tabique nasal.

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«Santiago Catedral Botafumeiro» por Luis Miguel Bugallo Sánchez (Lmbuga Commons)(Lmbuga Galipedia) – Commons.. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

El mosto de granadas gustaremos

No es extraño, aunque pudiera parecerlo (los prejuicios rara vez ayudan), encontrarse con referencias eróticas en algunos textos religiosos. Vamos a centrarnos hoy en el sublime Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, el “medio” fraile Juan de Yepes, con el que Teresa de Jesús cambió la iglesia.

“El mosto de granadas gustaremos”.

El Cántico Espiritual ha sido -sigue siendo- objeto de estudios, análisis y tesis doctorales. Yo no soy más que un admirador de esta obra maestra, que me ha acompañado -me acompaña- a lo largo de mi vida, actualizándose y actualizándome. Quiero con esto decir que mi conocimiento sobre el Cántico y sobre San Juan de la Cruz es mínimo: se han escrito más de dos mil obras sobre este santo, y no solamente en el ámbito de la catolicidad, sino también relacionándolo con otras religiones o filosofías: el islam o el budismo zen, por ejemplo.

La parte principal de esta obra fue escrita mientras San Juan de la Cruz estaba en prisión, en el convento de los padres carmelitas de Toledo; me gusta siempre extraer dos lecciones de este hecho: la primera, que la creatividad no tiene por qué estar reñida con las condiciones de comodidad de las que nos rodeemos (aunque ayudan, desde luego); la segunda, la capacidad de la Iglesia (o de parte de ella) de señalar con dedo acusador a su propia punta de lanza (esto no solamente sucede en la Iglesia, es prácticamente lo habitual con quien osa por adelantarse).

“Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa”

Bien, pues dentro de esta obra -versión libre del Cantar de los Cantares de la Biblia, libro prohibido durante años y también cargado de amor-, en la que se refleja el amor de la amada hacia el amado (amor de la Iglesia hacia Cristo) nos encontramos con expresiones -todo el Cántico es una joya- que emanan un erotismo brillante y vibrante:

“Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía;
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día”

Por último, considero importante reseñar que no hay antítesis entre erotismo y religiosidad (ni pretende este post fomentarla, desde luego) sino que ambos son parte de la misma espiritualidad, del mismo corazón acelerado, del mismo amor. Ambas se complementan y ambas son necesarias.

Recordar el Cántico, hablar sobre él, será para mí siempre recordar y hablar sobre Amancio Prada. Dice este trovador que él no le puso música al poema, que solamente se la extrajo. Os dejo con un pequeño fragmento de esta interpretación de su obra, junto con la Escolanía de Segovia.

¡Adiós, tío Pepe!

Daba igual el día de la semana, o si hacía frío o calor; poco importaban las preocupaciones -más o menos importantes- del momento. Si ibas paseando por el Con y oías que se acercaba una moto, tenías la completa seguridad de que si en ella iba tío Pepe, siempre, siempre, te iba a pitar. 

Y en ese momento, -da igual el día de la semana, si llueve o hace sol, si hay examen mañana o si perdió el Celta ayer- la sonrisa de tío Pepe hace que tus labios sonrían, y que levantando el brazo, le grites un “¡adiós, tío Pepe!” mientras su moto se aleja. 

Hace ya tiempo que tío Pepe colgó la moto, pero su cariño ha seguido formando parte de su personalidad, como no podía ser de otra manera. Os voy a contar una anécdota que lo resume perfectamente: hace unos años, mi hermana fue a visitarlo y le enseñó una foto de Dani. Y la conversación siguió por otros derroteros. Pero tío Pepe seguía saludando a Dani. Y mientras nadie lo veía, acercó la foto de Dani a sus labios y le regaló un beso. Aquellos labios quizá ya no sonreían, pero su corazón nunca dejó de hacerlo. 

Anteayer, tras varios años enfermo, recibiendo cariño y atenciones de su familia, tío Pepe decidió que en nuestros oídos volviera a sonar el claxon de su moto, y que todos nosotros -sin importar el día, el tiempo o las preocupaciones- pudiéramos dedicarle una última sonrisa y un “¡adiós, tío Pepe!”

Siento mucho que mis hijos no hayan podido oír tu moto acercarse, mientras paseaban por el Con. Pero te prometo que les enseñaré que, por muchas preocupaciones que tengamos; sea lunes o viernes; llueva, truene o haga calor, siempre, siempre, siempre hay un motivo para sonreír. 

¡Adiós, tío Pepe!

(Con cariño para mi prima y amiga Ana, que lleva desde siempre en su corazón la maravillosa bondad de su padre). 

pd.  Tío, otro día contaré cuando se te ocurrió llevar a Cati, Cloti y Marimar en tu moto. A la vez. Los cuatro. 

Planificación innegociable

Tanto Arturo como yo somos aficionados a la naturaleza; nos habíamos conocido hace poco, pero pronto empezamos a hablar de que teníamos que quedar para hacer una ruta de senderismo. El viernes, al despedirnos en la oficina, quedamos para el día siguiente. Tempranito. A las 8.00 iniciaríamos nuestra ruta.

Y llegó el sábado. A las 7.45 estábamos en la cafetería de debajo de su casa, analizando con detalle el camino a seguir y tomándonos un opíparo desayuno.

Comenzamos la ruta. Los primeros kilómetros fueron bien, pero Arturo estaba cada vez más fatigado. Y a la hora y media de haber comenzado me dijo que no quería seguir. Intenté disimular mi enfado y lo animé. Un poco a regañadientes, siguió intentándolo un rato más. Pero a la media hora se plantó. “No sigo”, me dijo. Y aquí ya no aguanté más. “No, Arturo; estamos haciendo la ruta que hemos planificado, tú mismo la sugeriste. Y llevamos dos horas caminando, así que ahora vamos a continuar”. Me miró como si no entendiera nada e hizo ademán de dar la vuelta. Lo cogí del brazo e hice que continuara caminando -reconozco que de forma un poco brusca. Y vaya que si completamos la ruta: nos costó un poco más de lo planificado inicialmente y el bueno de Arturo acabó con un tobillo torcido y los pies deshechos. Pero la acabamos. Porque lo habíamos planificado.

Y nunca más volvimos a tener la buena relación que teníamos antes, ni quiso volver a hacer otra ruta conmigo. Y no entiendo por qué.

¿Conoces el glíglico?

No he laretado todavía Rayuela, de Julio Cortázar. Pero hoy me porquimasé de un espilano que me parece maravillosamente misarotiano. El bueno de Julio se inventa un zupiato y nos dibuja una escena con ese zupiato recién inventado. Y lo mejor es que, sin conocerlo, lo entendemos.

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Ahí os motiza. Espero que gralupitéis inspirados por él.

Guatinsa, Louma. ;-*

blog de carlos costa portela