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La aguja de Notre Dame, de Viollet-le-Duc

Como sabéis, en el incendio de la catedral de Notre Dame del 15 de abril de 2019 se vino abajo uno de los elementos más conocidos -y espectaculares- de la construcción: la elegante aguja, joya del neogótico.

De Alfred-Alexandre Delauney – Esta imagen está disponible en la División de Impresiones y Fotografías de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos bajo el código digital pga.01016., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18086580

Del neogótico, efectivamente. No es una errata. La aguja original, de la que sabemos poco o nada, se desmontó en 1786. Y a mediados del siguiente siglo, Eugène Viollet-le-Duc, recibió el encargo de restaurar (o reformar, o renovar) Notre-Dame. Y lo hizo como su sentido de la estética le dio a entender, pero sin buscar fidelidad a la inicial. Creó una auténtica maravilla siguiendo el estilo imperante en su momento (es decir, igual que si ahora creamos una aguja nueva siguiendo un estilo arquitectónico actual).

Mi admirado Barroquista ha escrito un magnífico artículo analizando las posibles opciones que tenemos ahora que la aguja de Viollet-le-Duc ya no luce, orgullosa, sobre el tejado de la catedral que la obra de Victor Hugo ayudó a inmortalizar.

Nuestra Señora de París, de Victor Hugo

Esta obra es una absoluta maravilla, un viaje al París del siglo XV, una tragedia griega escrita con dos mil años de retraso y una defensa sin tapujos de la importancia de un arte que, en la época del autor (primera mitad del siglo XIX), estaba en entredicho y sometido a demoliciones.

Si conocéis París, os encantará leer las detalladas descripciones de calles, paisajes, rincones, personas y vestiduras con las que nos obsequia Victor Hugo. Si no conocéis aún París, no me imagino mejor forma de acercarse a él que la pluma de este escritor romántico.

El propio Hugo es consciente del elevado detalle que ofrece, ya que en alguna ocasión pide explícitamente “perdón al lector” por tanta precisión y comentario. Haceos, pues, una idea.

Esta historia en la que sus principales personajes son la propia ciudad de París, la iglesia de Notre Dame, el jorobado Quasimodo, la gitana Esmeralda, el archidiácono Claude Frollo, el estudiante Pierre Gringoire y el capitán Febo de Châteaupers se ha convertido en una obra indispensable -cumbre- de la literatura francesa y universal.

Os recomiendo su lectura, ya que fui muy feliz leyéndola.

¡Por los clavos de Cristo!

En la ya lejana Reconquista, cuando se dirimía una batalla entre cristianos y musulmanes, el vencedor tenía derecho a solicitar una especie de indemnización/compensación/castigo. Los musulmanes -muy prácticos- solían solicitar dinero. Los cristianos -muy inteligentes- solían solicitar reliquias… que acababan generando dinero, mucho dinero. Esto lo aprendimos visitando la maravillosa Colegiata de San Isidoro de León, en donde tenemos las reliquias de San Isidoro… de Sevilla (sí, el de las Etimologías, esa primera Enciclopedia).

No hablaremos hoy de aquel santo ni de aquella colegiata, sino de una de las reliquias más preciadas y apreciadas: los clavos con los que Jesús de Nazaret fue fijado a la cruz. ¿En dónde está esa reliquia?

  • Palacio Real (Madrid): un clavo.
  • Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén (Roma): un clavo.
  • Concatedral de los SS. Marziale y Alberto (Colle Val d’Elsa): un clavo.
  • Notre Dame (París): un clavo.
  • Catedral (Tréveris): un clavo.
  • Catedral (Venecia): un clavo.
  • Palacio de Hofburg (Viena): un clavo.

…y no descarto añadir más lugares. Por suerte, las reliquias no son dogma de fe.