¡Juega!

El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
(Pablo Neruda)

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¿Castigar y premiar?

No hay mayor castigo que haber hecho algo mal. No hay mayor premio que haber hecho algo bien.

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La maldición de Béla Guttmann

Béla Gutmann era un entrenador (y antes futbolista) austro-húngaro que, en entre otros muchos equipos, entrenó al Benfica, llevándolo a lo más alto de su historia: dos Copas de Europa consecutivas, las primeras tras el imponente Real Madrid de las cinco seguidas.

Tras esa hazaña -corría el año 1962-, Béla pidió un aumento de sueldo, que fue denegado. Y Béla se marchó, dejando en el aire una maldición mítica:

En cien años desde hoy ningún club portugués se convertirá en campeón de Europa y el Benfica sin mí nunca ganará una copa europea.

La primera parte de la profecía no se cumplió (el Oporto ha sido ya campeón de Europa), pero la segunda permanece vigente: siete finales europeas ha jugado el Benfica desde esa profecía. Esta noche juegan otra final, la final de la Europea League, contra el Sevilla. ¿Estará Béla atento desde allá arriba?

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El tercer misterio de Fátima

A comienzos del siglo XX, tres niños portugueses, Jacinta, Francisco y Lucía, tuvieron una serie de visiones, en las que identificaban a la Virgen María, en su advocación de la Virgen de Fátima. Los dos primeros misterios fueron revelados rápidamente: el primero describía una visión del infierno; el segundo hablaba de la conversión de Rusia y de que la guerra (Primera Guerra Mundial) terminaría, pero durante el papado de Pío XI habría otra nueva guerra (la Segunda Guerra Mundial comenzó unos meses después de la muerte de este Papa; sí coincidió su papado con la Guerra Civil Española).

El tercero se mantuvo en secreto hasta el año 2000, cuando Juan Pablo II lo desveló. Helo aquí:

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad en medio de ruinas y un poco tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

Se le han dado diferentes interpretaciones a este Tercer Misterio: pérdida de la fe, apostasía que comienza en lo más alto, pederastia… ¿Se os ocurre alguna interpretación?

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La espada de Damocles

Como sabéis, la expresión «la espada de Damocles» se utiliza cuando estamos situados bajo una amenaza.

Su origen se sitúa en una leyenda (probablemente más leyenda que historia) situada en la Grecia Antigua.

Damocles era un sirviente del rey Dionisio II. Sirviente y, al parecer, excesivamente adulador de las grandezas de las que disfrutaba su rey.

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Hasta que el rey, harto de adulaciones y deseoso de dar una lección a Dionisio, le ofreció la posibilidad de ser rey por un día. Eso sí, de un pelo colgó una espada. Y la puso, colgando, sobre la cabeza del nuevo rey.

Pronto Damocles se dio cuenta de que ser rey llevaba consigo, además de grandes riquezas y comodidades, grandes riesgos.

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De grandezas

Un hombre nunca es tan grande como cuando se agacha para hablar con un niño.

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¿Cuándo romper una relación sentimental?

En ocasiones nos encontramos con personas que están en dudas sobre si romper o no su relación sentimental.

Os contaré aquí un par de consejos de los expertos sobre cuándo hacerlo.

1. Cuando no nos importa discutir delante de terceros.
Si la relación ha llegado al extremo en que las discusiones no se quedan en la pareja… es mejor dejar de tenerla.

2. Cuando la proporción entre momentos placenteros y momentos complicados es menor de de 5 a 1.
Si por cada mal momento tenemos cinco buenos, estamos en el límite de romper la relación o no. Si tenemos menos de cinco momentos buenos por cada uno malo, es buena idea dejarlo.

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El alma del genio

Ni una inteligencia sublime, ni una gran imaginación, ni las dos cosas juntas, forman el genio.
Amor, eso es el alma del genio.
(Wolfgang Amadeus Mozart)

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Camino seguro

Ir siempre por el camino marcado es la forma más segura de no encontrar nuevos caminos.

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Los límites

No creo que haya un tema relacionado con la crianza y la educación que haya despertado más fantasmas interiores y del que se haya hablado más que el de los límites. De hecho, «famosos» se ha convertido en el epíteto inseparable de «límites». 

Desde hace ya mucho os había prometido un post con mi opinión sobre este tema, así que aquí va. Como siempre, es mi opinión. Simplemente. 

Me parece que una relación que se plantea con insistencia (o sin ella) los límites, no puede funcionar bien. Y da igual de qué relación estemos hablando: una relación laboral en la que estamos constantemente alerta por si la otra parte se aprovecha, una relación sentimental en la que nos preocupamos por si nuestra pareja nos engaña, una relación con nuestros hijos en la que tememos que se «desmadren». 

Creo que no hace falta ser un experto para darse cuenta de que tras estas actitudes se esconden miedos y falta de confianza en la otra parte. 

Es habitual, cuando se trata este tema, indicar que hay límites que la propia naturaleza nos impone: desde luego, mis hijos no pueden volar, no pueden levantar una tonelada con un dedo, no pueden saltar treinta metros. Ni yo tampoco. Todos tenemos claro que existen límites de este tipo. 

Pero, ¿qué pasa con los otros límites? Voy a analizar un par de situaciones habituales:

1. Mi hijo quiere ir sentado conmigo en el coche mientras conduzco. ¿Debo impedírselo, aunque estemos en el garaje, no sea que luego quiera hacerlo siempre? Dani me lo pedía cada día, así que lo que hacíamos era ponerlo conmigo en el garaje, pero todos sabíamos que no podríamos salir a la calle sin que cada uno esté en su sitio y convenientemente sentado. Desde nuestra plaza hasta la salida subía sentado conmigo, con sus manos en el volante. Justo antes de salir, se iba para su sitio. Si me pedía esto sin estar en un garaje, también lo podía hacer, pero siempre antes de arrancar. ¿Qué explicación le dábamos? Obviamente, la verdad: sin estar bien atado no podemos ponernos en marcha por la calle. La seguridad es muy importante, y pilotos de Fórmula 1, alpinistas, astronautas ponen toda su atención en ella. Nosotros también. Dani disfrutó haciendo esto desde los dos años hasta los cuatro. Ahora (tiene cinco) ya no lo pide jamás. Ha podido hacer lo que quería y de regalo ha aprendido que hay que cuidar la seguridad. 

¿Le hemos puesto límites? ¿Le hemos ayudado a entender por qué se hacen las cosas? ¿Hemos perdido «autoridad» por dejarle subirse conmigo?

2. Mi hijo quiere dormir en nuestra cama. Realmente este es un caso hipotético, porque nunca ha sido un problema para nosotros y, a diferencia de circular sin cinturón y sentado sobre su papá, no presenta ningún problema.

Pues perfecto, nuestro hijo puede dormir con nosotros hasta que quiera. Como de costumbre, había gente que pensaba que al no poner límites, iba a querer dormir con nosotros de por vida, o casi. 

¿Qué pasó? Que a los tres años quiso irse a su habitación. 

¿Le hemos puesto límites? ¿Deberíamos haberle impedido dormir con nosotros?

Y el aprendizaje de estos dos casos pueden extenderse a muchas situaciones cotidianas más: niño que no está sentado a la mesa, niño que dice palabrotas, niño que pega, niño que tira cosas al suelo… en general, la solución óptima no pasa por limitar a nuestros hijos, sino por, con nuestro ejemplo y palabras, hacerles ver qué opciones son las mejores. 

¿Por qué nos preocupamos por poner límites? Desde mi punto de vista, por miedo y falta de confianza. Miedo a perder «autoridad», miedo a que sean «maleducados». Y falta de confianza. En nosotros y en ellos. 

Estoy convencido (todo lo convencido que se puede estar en temas de crianza) de que un niño que crece en un entorno sano no necesita unos padres preocupados por los límites. Automáticamente el niño se comportará como debe comportarse un niño (de acuerdo con su edad, lógicamente). 

Y vosotros, ¿creéis que hay que preocuparse por los límites?

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