El experimento de la sala de espera

Os invito a ver este experimento [3m39s] en el que se muestra qué importante es seguir las reglas del grupo (o, según otro punto de vista, que somos unos borregos). ¿Qué opinas? Personalmente sí creo que vivimos en una sociedad aborregada, pero también sé que seguir las reglas del grupo ha sido necesario para llegar a donde estamos. No os cuento más. Vedlo y comentáis.

(¡Gracias, Pedro!)

¡Sonríe!

Una persona es tan bella como bella es su sonrisa.

Corolario: si no sonríes, eres feo.

(Conté esto en la Primera Época de El Cartapacio).

Afortunados errores

“Fracasa. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor.” (Samuel Beckett)

Tengo la impresión de nuestra sociedad (y yo mismo, en muchas ocasiones) le da un peso negativo a los fracasos, tanto a los propios como a los ajenos. Sin embargo, cada error es un paso más hacia la perfección y la mejora. Como dijo Edison (con permiso de Tesla), tras haber hecho mil experimentos hasta conseguir la luz eléctrica: “no fueron mil experimentos fallidos, fue un experimento de mil pasos”.

Los errores nos ayudan a conocer qué caminos no son los correctos y, en consecuencia, a descubrir nuevos caminos. Y yendo a la propia biología de los seres vivos: si no existieran los errores, jamás habríamos dejado de ser bacterias; pero, como por fortuna de vez en cuando se producen errores en la replicación del ADN, han ido apareciendo nuevas especies, incluyéndonos.

Somos el fruto de millones de afortunados errores.

Ante la ley

Hace ya unos cuantos años participé en un proyecto muy intenso, pero no tanto como las mentes de algunos de los miembros del equipo. Allí conocí a Rafa, que me presentó este maravilloso texto de Frank Kafka. Os invito a disfrutarlo.

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.