50 obras musicales con las que tus hijos tienen que crecer

Resulta que Dani llega del cole trayendo canciones que aprende en los recreos y demás, con sus compañeros. Canciones de dudosa calidad, siendo extraordinariamente generoso. Así que creo que este post me va a ser muy útil, y espero que también a vosotros.

Es éste, por tanto, un post diferente a los habituales. Os pido vuestros comentarios y sugerencias, especialmente de los más puestos en esas artes. No estoy hablando de música para niños, sino de música de “conocimiento obligatorio”, ya me entendéis. Se aceptan todas, por supuesto. Y de todo tipo, tenemos obras maestras musicales en la música clásica, en películas, y prácticamente en cualquier estilo musical. Espero vuestras sugerencias, como digo, en los comentarios, pero no solamente. Si me las comunicáis por cualquier otro medio también vale. Yo iré recogiéndolas y mantendré este post en permanente actualización, para que siempre sea una referencia. Y el número “50” no está escrito a fuego. 🙂


Nombre de la composición Autor Intérprete
Somewhere over the rainbow Harold Arlen Judy Garland
Moonlight shadow Mike Oldfield Maggie Reilly
Scheherazade, op. 35 Rimsky-Korsakov Varios
El carnaval de los animales Saint-Saëns Varios
Canon en Re mayor Pachelbel Varios
Sultans of Swing Dire Straits Varios
Help! The Beatles The Beatles
Smooth Criminal Michael Jackson Michael Jackson
What a wonderful world Bob Thiele y George David Weiss Louis Armstrong
Carmina Burana Carl Orff Varios
Suzanne Leonard Cohen Leonard Cohen
If not for you Bob Dylan Bob Dylan
En una isla de fresa Carlos Cano Carlos Cano
Bright Side of the Road Van Morrison Van Morrison
Changes David Bowie David Bowie
Watching the wheels John Lennon John Lennon
Bohemian Rapsody Freddy Mercury Queen
Adagio Albinoni Varios
(I Can’t Get No) Satisfaction Mick Jagger y Keith Richards The Rolling Stones
Space Oddity David Bowie David Bowie

Gracias, Louma, Ana, Daniel, Clara, Char-Lee Mito

Cine, música, distribuidores y piratería

Comenzaré con algo completamente evidente: las profesiones se quedan obsoletas cuando dejan de aportar valor. El chófer de carruajes, tan necesario hace sólo un siglo, ya no existe. Lo mismo sucede con herreros o curtidores. Lo mismo va a suceder pronto con los carteros o con los libreros. Son profesiones que van a desaparecer tal como las conocemos. Desde luego, pueden (deben) orientar su carrera para ofrecer un servicio que aporte valor: el chófer de carruajes puede seguir dando servicio a turistas, por ejemplo.

La distribución de música y cine proporcionaba, hasta hace unos años, un servicio de gran valor: hacía que los usuarios finales pudiéramos disfrutar en nuestras casas de esas formas de cultura. Y la única forma de conseguirlo era acudir a las tiendas.

Ahora esto ha cambiado radicalmente: podemos acceder a películas desde nuestras casas. La distribución ha perdido sentido, ya que no aporta ningún valor extra. Por lo tanto, debe desaparecer o (mejor aún) renovarse.

Del mismo modo que antes los cines pagaban a la empresa que les transportaba enormes rollos de película y ahora pueden recibir la película en un formato de mayor calidad y directamente vía internet, también los usuarios finales dejamos de pagar al “transportista” y accedemos directamente a la película vía internet.

Así pues, parece claro que el distribuidor (al menos, tal como lo conocemos) debe dejar de participar en esta cadena, ya que no aporta valor. Pero, ¿qué pasa con los creadores? ¿Qué sucede con el artista que compone una canción o crea una película? ¿Debe cobrarse o debe dejarse acceso libre?

Antes de nada, no debemos olvidar que los artistas tienen otras fuentes de financiación, más allá de la venta de CDs o DVDs: conciertos, cines o merchandising, por ejemplo.

¿Por qué el creador querría que sus obras llegaran gratis al público?
Podría ser que al creador le convenga que el público pueda acceder gratis a sus obras: si mi música se distribuye gratuitamente, me conocerá más gente, y vendrá más gente a mis conciertos (y daré más conciertos).

Y el público, ¿por qué estaría dispuesto a pagar?
Creo que estaríamos dispuestos a pagar entre 2-3 euros por un estreno y 1 euro (o menos) por una película anterior. Básicamente, es un precio similar a un alquiler… pero el público general ve la mayoría de las películas solamente una vez.

También estaríamos dispuestos a pagar un canon por aquellos dvd’s que vamos a utilizar para grabar películas o música.

Quizá también podríamos pagar por packs que nos faciliten el trabajo. Si estoy viendo los premios Goya y me ofrecen bajarme todas las películas nominadas por unos 25 euros, seguramente lo aceptaría encantado. Si me puedo bajar todos los documentales sobre delfines, en lugar de tener que estar buscando en mil sitios, también estaría dispuesto a pagar.

¿Y la publicidad? Supongamos que las cadenas de televisión te permitieran bajarte sus series (hablo de bajar, no de tener que ver en sus páginas) incluyendo la publicidad. ¿Te importaría? Eso permitiría que las cadenas cobraran más a sus anunciantes (ya que no sólo se van a ver en una franja horaria y en un momento concreto).

Debemos entre todos seguir buscando una solución a este problema que, a mi entender, no pasa por criminalizar las descargas ni por cobrar un canon indiscriminado. Estoy seguro de que hay un lugar de consenso en el que todos (autores, público, quizá incluso distribuidores) encontraremos un bonito equilibrio.

Para ser un experto necesitamos 10.000 horas

A comienzos de los años 90 del siglo pasado, el psicólogo Anders Ericsson, junto con dos colegas, puso en marcha un experimento que cambiaría la forma de pensar de muchos (entre los que me incluyo). Dividió a los estudiantes de violín de la Academia de Música de Berlín en tres grupos, según su calidad:

  • las estrellas: estudiantes que iban a triunfar como solistas en el mundo de la música.
  • los simplemente buenos: estudiantes que quizá se ganarían la vida dando conciertos, pero sin llegar a ser super estrellas.
  • los de nivel más bajo: estudiantes que no se van a ganar la vida tocando profesionalmente y que acabarían como profesores de música.

A todos se les hizo la misma pregunta: “¿cuántas horas has dedicado al violín en tu vida?”. El resultado fue revelador y asombroso: los estudiantes del primer grupo habían dedicado unas 10.000 horas; los del segundo, 8.000 horas; los del tercero, unas 4.000.

¿No os parece asombroso?. Nadie tan brillante que, sin dedicar las 10.000 horas, pudiera estar en el primer grupo. Nadie tan torpe que, habiendo dedicado 10.000 horas, pertenezca al tercero.

Más o menos todos habían comenzando a la misma edad (cinco años), y habían dedicado las mismas horas semanales en esos primeros años. Pero, poco a poco, se iban creando las diferencias: los que eran un poco mejores acababan tocando más, dando más conciertos, dedicando más horas.

Corolario: el trabajo es el que nos hace llegar a la excelencia.

Me enteré de este experimento (y de otras cosas muy interesantes, de las cuales quizá siga hablando en el blog), leyendo el libro “Fueras de serie (outliers)”, de Malcolm Gladwell. Gracias, papás :).

¿De dónde vienen los nombres de las notas musicales?

Pablo el Diácono fue un historiador y monje benedictino, que nació y vivió en lo que hoy es el Norte de Italia. Compuso un himno a San Juan Bautista:

Ut queant laxis
Resonare fibris
Mira gestorum
Famuli tuorum
Solve polluti
Labii reatum
Sancte Ioannes

La primera sílaba de cada verso pasó a nombrar cada nota musical. Inicialmente sólo había seis: Ut-Re-Mi-Fa-Sol-La; posteriormente se añadió la nota Si. Para facilitar el solfeo, se cambió el nombre Ut por Do.

Gracias a mamá y a Clara 🙂

Sino a quien conmigo va

Desde bien pequeño me ha fascinado este romance y su misterio. Ahora lo escucho desde la voz azul de Amancio Prada y llegan a mí recuerdos del libro de lectura del colegio, de desayunos con prisas, de ir y volver a clase de la mano de mamá, aprendiendo más en esos caminos que en la propia escuela, de olor a gomas Milán, a bocadillos de jamón York para el recreo, de sueños ya cumplidos y de sueños por cumplir. El mérito, entre otros, del Conde Arnaldos:

Por tu vida, el marinero / dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero / tal respuesta le fue a dar:
Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va.

Para ti, mamá :*