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El monte de las ánimas, de Gustavo Adolfo Bécquer

Este relato está enmarcado en las Leyendas de este escritor romántico (que a su vez son parte de la obra Rimas y leyendas. Y, como ya hemos comentado en este humilde blog, El monte de las ánimas es, quizá, la leyenda más conocida de Bécquer.

La acción se desarrolla en el mencionado monte y en un palacio cercano, y en ella se entrecruzan amores, templarios, violencia y religión. Pero, sobre todo, el atávico miedo humano a lo desconocido, a la oscuridad y al Más Allá. Está narrada de forma impecable y nos hace sentir los mismos escalofríos que sintieron el escritor, Beatriz y Alonso.

Es lectura obligada en la noche de difuntos (ahí es cuando suceden los hechos), pero su magia nos atrapará sea cual sea el día que escojamos para leerla. Si no la habéis leído, os recomiendo que lo hagáis ya. Si ya la habéis leído, releedla, una y mil veces, que bien merece la pena.

Medinaceli (Soria)

Visitamos hoy un lugar en el que se puede respirar la historia. Esta villa está situada en lo alto de una colina (en los últimos decenios se ha extendido también a los pies de la misma, pero la parte histórica y de la que nos ocuparemos hoy está en la colina).

El monumento más conocido de Medinaceli es, por supuesto, su arco romano, del que ya hemos hablado en este blog. Pero esta ciudad de frontera tiene mucho más que ofrecernos:

  • Castillo: la antigua alcazaba árabe, a donde se cree que vino a morir Almanzor, tras su derrota en Calatañazor.
  • Plaza Mayor: ubicada en donde estaba el antiguo foro romano, en ella destacan la alhóndiga y el renacentista Palacio Ducal, hoy museo.
  • Convento de Santa Isabel: este convento del siglo XVI permanece activo.
  • Beaterio: hoy en ruinas, fue posiblemente sinagoga.

Aunque hemos destacado esos monumentos, es realmente todo el conjunto histórico de la villa el que la hace única y la dota de belleza. Un paseo por sus estrechas calles, especialmente preparadas para el frío soriano, es una de las mejores formas de viajar en el tiempo.

Ficción sonora de ‘El Monte de las Ánimas’, de Bécquer

Es, quizá, la leyenda más conocida de Bécquer. El Monte de las Ánimas sigue estremeciéndonos hoy con la misma intensidad con la que estremeció a sus primeros lectores, hace ya siglo y medio.

Mayca Aguilera y Benigno Moreno han creado una adaptación radiofónica de la leyenda original, y las voces y el sentimiento de Lucía Caraballo, Víctor Clavijo y Juan Echanove nos han permitido disfrutar de un regalo magnífico. Y hoy, antes de esta Noche de Difuntos, es un momento estupendo para disfrutarlo.

Este grabación se enmarca dentro de las actividades culturales promovidas por Radio Nacional de España y aprovechando que se cumplen ciento cincuenta años de ese poeta tan andaluz como castellano, de vida breve pero de legado eterno, dotado de una capacidad única para tocar los entresijos más íntimos de nuestra mente: el amor y el miedo.

Muchísimas gracias a todos los que habéis participado en este proyecto.

Los arcos de San Juan de Duero

El claustro de San Juan de Duero, en las afueras de la ciudad de Soria, es un conjunto absolutamente excepcional y de visita obligada para quien se acerque a aquellas tierras.

Los cuatro lados del claustro son diferentes, todos ellos bellísimos. Así, podemos encontrar el más antiguo y más puramente románico, que ya por sí solo merecería una visita al conjunto. Pero los más admirables, por originalidad y complejidad, son los que entrelazan arcos, ofreciendo esta maravilla para ojos y mentes

Monasterio de San Juan de Duero, Soria, España, 2017-05-26, DD 02.jpg
De Diego Delso, CC BY-SA 4.0, Enlace

Este claustro y su iglesia -cuyos templetes tampoco podemos pasar por alto- fueron construidos por la orden militar de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en el s XII. Se mantuvo habitado hasta el siglo XVIII.

El árbol de la música

Había en Soria un olmo en el cual se ubicó un palco para los músicos. Allí subían los músicos, con uniformes, instrumentos y partituras. Y allí, entre las ramas, hacían disfrutar a los sorianos en sus días de fiesta. Por desgracia, el olmo centenario, plantado junto a unos 150 hermanos en 1611, sufrió una enfermedad (grafiosis) y, en 1988, hubo de ser talado. Pero para siempre quedará el recuerdo de esas notas que surgían entre las hojas de un olmo centenario.

En Soria había un árbol. O mejor, en la Dehesa de Soria había un árbol muy viejo, lleno de nudos y de cuya corteza salía una resina densa, imposible de quitar de los trajes de los domingos. Olía a campo, a sol del mediodía, a corte de vainilla del quiosco de al lado, a pradera y a la arena del camino por el que sobresalían sus raíces que se enredaban en las piernas de los ninos que, a menudo, iban a caer a sus pies. Tenia un tronco ancho, que se bifurcaba en tres ramas poderosas, capaces de convertirse en miles de hojas que dejaban pasar la luz como el colador deja pasar el agua. Esos puntos de luz se movían al compás de su música porque ese árbol era capaz de sacar, directamente de su copa, música. Lo descubrí de pequeña y, todavía, recuerdo el asombro que me causó. Levanté la vista y arriba, muy arriba, había muchos señores sentados, de uniforme y muy serios, tocando algo que olvidé. Me quedé hipnotizada, mirando lo que, por aquel entonces, me pareció un milagro. Estaban todos sentados entre el verde, con las partituras pegadas a los instrumentos. El director de la orquesta, igual que el Barón Rampante de Calvino, permanecía de pie y su cabeza quedaba escondida entre el follaje. Por eso decidi que yo también quería ser como él y que, algún día, me subiría a ese árbol para convertirlo en música. Nunca lo hice pero, desde aquel descubrimiento infantil, cuando escucho música clásica miro hacia arriba, porque es en lo alto, entre las nubes, donde me parece que reside.

(Fernando Sánchez Dragó, El Mundo)

Árbol de la música (de venerablesarboles.com)

Este post va para Mario, que me presentó ese árbol, y para Clara, a la que seguro le encantaría subirse al árbol para dar un concierto.