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Los arcos de San Juan de Duero

El claustro de San Juan de Duero, en las afueras de la ciudad de Soria, es un conjunto absolutamente excepcional y de visita obligada para quien se acerque a aquellas tierras.

Los cuatro lados del claustro son diferentes, todos ellos bellísimos. Así, podemos encontrar el más antiguo y más puramente románico, que ya por sí solo merecería una visita al conjunto. Pero los más admirables, por originalidad y complejidad, son los que entrelazan arcos, ofreciendo esta maravilla para ojos y mentes

Monasterio de San Juan de Duero, Soria, España, 2017-05-26, DD 02.jpg
De Diego Delso, CC BY-SA 4.0, Enlace

Este claustro y su iglesia -cuyos templetes tampoco podemos pasar por alto- fueron construidos por la orden militar de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en el s XII. Se mantuvo habitado hasta el siglo XVIII.

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El árbol de la música

Había en Soria un olmo en el cual se ubicó un palco para los músicos. Allí subían los músicos, con uniformes, instrumentos y partituras. Y allí, entre las ramas, hacían disfrutar a los sorianos en sus días de fiesta. Por desgracia, el olmo centenario, plantado junto a unos 150 hermanos en 1611, sufrió una enfermedad (grafiosis) y, en 1988, hubo de ser talado. Pero para siempre quedará el recuerdo de esas notas que surgían entre las hojas de un olmo centenario.

En Soria había un árbol. O mejor, en la Dehesa de Soria había un árbol muy viejo, lleno de nudos y de cuya corteza salía una resina densa, imposible de quitar de los trajes de los domingos. Olía a campo, a sol del mediodía, a corte de vainilla del quiosco de al lado, a pradera y a la arena del camino por el que sobresalían sus raíces que se enredaban en las piernas de los ninos que, a menudo, iban a caer a sus pies. Tenia un tronco ancho, que se bifurcaba en tres ramas poderosas, capaces de convertirse en miles de hojas que dejaban pasar la luz como el colador deja pasar el agua. Esos puntos de luz se movían al compás de su música porque ese árbol era capaz de sacar, directamente de su copa, música. Lo descubrí de pequeña y, todavía, recuerdo el asombro que me causó. Levanté la vista y arriba, muy arriba, había muchos señores sentados, de uniforme y muy serios, tocando algo que olvidé. Me quedé hipnotizada, mirando lo que, por aquel entonces, me pareció un milagro. Estaban todos sentados entre el verde, con las partituras pegadas a los instrumentos. El director de la orquesta, igual que el Barón Rampante de Calvino, permanecía de pie y su cabeza quedaba escondida entre el follaje. Por eso decidi que yo también quería ser como él y que, algún día, me subiría a ese árbol para convertirlo en música. Nunca lo hice pero, desde aquel descubrimiento infantil, cuando escucho música clásica miro hacia arriba, porque es en lo alto, entre las nubes, donde me parece que reside.

(Fernando Sánchez Dragó, El Mundo)

Árbol de la música (de venerablesarboles.com)

Este post va para Mario, que me presentó ese árbol, y para Clara, a la que seguro le encantaría subirse al árbol para dar un concierto.