Soy yo muy de piropear a la gente de mi entorno, y quiero hoy compartir con vosotros, fabulosos lectores, la etimología de esta palabra. Según nos cuenta la Real Academia Española:
Del lat. pyrōpus ‘aleación de cobre y oro de color rojo brillante’, y este del gr. πυρωπός pyrōpós.
En casa somos muy muy fans de Pascu y Rodri, ese par de cracks que, bajo el nombre de Destripando la Historia, nos cuentan historias, mitologías y cuentos con música, letra e imágenes.
Recientemente se han atrevido con la Doncella de Orleans, y quiero compartirlo con vosotros.
Siendo en ambos casos elogio, debo decir. Las madres, capaces de enfrentarse al peor de los demonios por sus criaturas, y también capaces de ser el más bello de los cielos si lo necesitan.
Victor Hugo nos lo describe bellísimamente:
La madre (…) columpiaba a las dos niñas por medio de una larga cuerda, protegiéndolas con su mirada temerosa de un accidente, con esa expresión animal y celeste propia de la maternidad.
No lo puedo aplicar por mil circunstancias, pero vivimos en un tiempo magnífico para ser nómadas y vivir viajando.
Por suerte, gran cantidad de trabajos se pueden realizar hoy en día con un portátil y una conexión a Internet. Y podemos darle una vuelta de tuerca aprovechando para conocer en persona o incluso trabajar en las oficinas de nuestros clientes o colaboradores, ganando en conocimiento del negocio.
Y, si me piden una sugerencia, en este ejemplo de viajero digital, recomendaría trabajar solamente cuatro días por semana, para poder disfrutar más de la cultura y el ocio que nos ofrece la ciudad en la que temporalmente residimos.
No es la primera vez que hablamos aquí del magnífico escritor bisontin, de su capacidad de introducirnos en el relato y de su detalle en las descripciones.
Hoy os traigo aquí el párrafo en el que nos presenta a Cosette, hija de Fantina, en Los Miserables.
La hija de aquella mujer era uno de los seres más hermosos que pueden verse. Era una niña de dos a tres años. Por la coquetería de su adorno hubiera podido competir con las otras niñas; tenía una gorrita de lienzo fino, cintas en la chambra, y además lazos en la gorra. El pliegue de su falda levantada dejaba ver de un muslo blanco, apretado y firme. Era admirablemente sonrosada y bien hecha. La hermosa niña inspiraba el deseo de morder en las manzanas de sus mejillas. De sus ojos nada podía decirse, sino que debían de ser grandísimos, y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.
Y, con esto, Hugo nos ha dibujado en nuestra mente a la pequeña niña.
De Émile Bayard – https://www.parismuseescollections.paris.fr/fr/maison-de-victor-hugo/oeuvres/cosette-balayant, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22850472
El escultor gallego (de Sarria) -vallisoletano de adopción- Gregorio Fernández alcanzó la cima con sus cristos yacentes, convirtiéndose en el máximo exponente de la escuela castellana de escultura. Y eso no es decir poco.
El cristo que hoy nos ocupa, que puede contemplarse en la iglesia madrileña de los Padres Capuchinos, ha recorrido varias ubicaciones, en algunos casos escapando de guerras. El Pardo (lugar que le da nombre), la propia iglesia de los PP. Capuchinos o el Museo del Prado son algunos de los lugares que han tenido el privilegio de albergar esta escultura.
Fue creado para ser contemplado desde un lateral y, como toda obra de ese periodo, con una finalidad catequizante y provocadora de sentimiento.