Para ser un experto necesitamos 10.000 horas

A comienzos de los años 90 del siglo pasado, el psicólogo Anders Ericsson, junto con dos colegas, puso en marcha un experimento que cambiaría la forma de pensar de muchos (entre los que me incluyo). Dividió a los estudiantes de violín de la Academia de Música de Berlín en tres grupos, según su calidad:

  • las estrellas: estudiantes que iban a triunfar como solistas en el mundo de la música.
  • los simplemente buenos: estudiantes que quizá se ganarían la vida dando conciertos, pero sin llegar a ser super estrellas.
  • los de nivel más bajo: estudiantes que no se van a ganar la vida tocando profesionalmente y que acabarían como profesores de música.

A todos se les hizo la misma pregunta: «¿cuántas horas has dedicado al violín en tu vida?». El resultado fue revelador y asombroso: los estudiantes del primer grupo habían dedicado unas 10.000 horas; los del segundo, 8.000 horas; los del tercero, unas 4.000.

¿No os parece asombroso?. Nadie tan brillante que, sin dedicar las 10.000 horas, pudiera estar en el primer grupo. Nadie tan torpe que, habiendo dedicado 10.000 horas, pertenezca al tercero.

Más o menos todos habían comenzando a la misma edad (cinco años), y habían dedicado las mismas horas semanales en esos primeros años. Pero, poco a poco, se iban creando las diferencias: los que eran un poco mejores acababan tocando más, dando más conciertos, dedicando más horas.

Corolario: el trabajo es el que nos hace llegar a la excelencia.

Me enteré de este experimento (y de otras cosas muy interesantes, de las cuales quizá siga hablando en el blog), leyendo el libro «Fueras de serie (outliers)», de Malcolm Gladwell. Gracias, papás :).

Molly Malone

Dicen que, en las frías y húmedas noches de Dublín, todavía se puede escuchar el sonido de las ruedas de la carretilla de Molly. Pero, si te vuelves para verla, desaparece y jamás volverás a escucharlo.

Estatua de Molly Malone - Fotografía de Marimar Costa Portela

Molly Malone era una bella jovencita que se dedicaba, al igual que sus padres, a vender pescado y marisco por las calles de Dublín. Cayó enferma, sufrió unas altas fiebres, y murió en la calle. Se dice que su fantasma todavía pasea por los mismos lugares. Con esta historia se escribió una bonita canción (Cockles and Mussels) que se ha convertido en el himno oficioso de Dublín.

Os dejo tres versiones de la canción: la primera es de The Dubliners; la segunda de Erin Hill (me ha parecido preciosa y cargada de sentimiento); la tercera está en gaélico, es de Damien Leith. También he puesto la letra, al final del post.



In Dublin’s Fair City
Where the girls are so pretty
I first set my eyes on sweet Molly Malone
As she wheel’d her wheel barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels alive, alive o!

Chorus
Alive, alive o!, alive, alive o!
Crying cockles and mussels alive, alive o!

She was a fishmonger
But sure ‘twas no wonder
For so were her father and mother before
And they each wheel’d their barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels alive, alive o!

Chorus

She died of a fever
And no one could save her
And that was the end of sweet Molly Malone
But her ghost wheels her barrow
Through streets broad and narrow
Crying cockles and mussels alive, alive o!

Chorus

¿De dónde vienen los nombres de las notas musicales?

Pablo el Diácono fue un historiador y monje benedictino, que nació y vivió en lo que hoy es el Norte de Italia. Compuso un himno a San Juan Bautista:

Ut queant laxis
Resonare fibris
Mira gestorum
Famuli tuorum
Solve polluti
Labii reatum
Sancte Ioannes

La primera sílaba de cada verso pasó a nombrar cada nota musical. Inicialmente sólo había seis: Ut-Re-Mi-Fa-Sol-La; posteriormente se añadió la nota Si. Para facilitar el solfeo, se cambió el nombre Ut por Do.

Gracias a mamá y a Clara 🙂

Sino a quien conmigo va

Desde bien pequeño me ha fascinado este romance y su misterio. Ahora lo escucho desde la voz azul de Amancio Prada y llegan a mí recuerdos del libro de lectura del colegio, de desayunos con prisas, de ir y volver a clase de la mano de mamá, aprendiendo más en esos caminos que en la propia escuela, de olor a gomas Milán, a bocadillos de jamón York para el recreo, de sueños ya cumplidos y de sueños por cumplir. El mérito, entre otros, del Conde Arnaldos:

Por tu vida, el marinero / dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero / tal respuesta le fue a dar:
Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va.

Para ti, mamá :*