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La carta de la prima emigrante

Como sabéis, los gallegos nos hemos tenido que ganar la vida recorriendo el mundo en busca de un trabajo que nos permitiera ganar dinero para subsistir. Se suele decir que el gallego no protesta, emigra. Por lo tanto, como buen gallego, tengo familia en muchos países; principalmente en Venezuela y Argentina. En general, a todos mis familiares emigrantes les ha ido realmente bien (porque se lo han ganado, debo decir). Bueno, no a todos. A casi todos. A aquella prima, no. No tuvo tanta suerte.

Ella nos escribía cartas, contándonos sus desgracias. Mi tía Sedes las leía, sentada en la mesa de la cocina, entonando perfectamente cada palabra, con su característica voz. Mi abuela las escuchaba con toda la atención, mientras en su precioso rostro y en sus grandes ojos se dibujaba la tristeza por los despidos, las enfermedades, los accidentes, la pobreza y toda aquella sucesión de desgracias que nos contaba la prima en sus cartas.

Hasta que un día pasó algo inesperado, que hizo cambiar el rostro de mi abuela y la entonación de mi tía. De forma completamente sorpresiva, de los labios de tía Sedes escuchamos la siguiente frase:

«… la niña tuvo una alegría …»

En la mesa se escucharon todo tipo que comentarios (breves, porque ansiábamos saber qué había pasado). Y seguimos escuchando la carta, que continuaba con su habitual rosario de tragedias. Y la carta terminó. Y nos quedamos sin saber cuál era la alegría que había tenido la niña (y hay que decir que un poco decepcionados, porque no era justo que, tras haber estado escuchando durante años una retahíla infinita de desgracias, ahora nos quedáramos sin saber qué había pasado).

Hasta que a mi tía se le ocurrió releer la carta. Y ahí se dio cuenta de su error. Volvió a leer la frase. Y, de repente, todo volvió a la normalidad:

«… la niña tuvo una alergia …»

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El Mónica María

Un día, desde la terraza de mi casa, lo vi por primera vez. Yo estaba muy acostumbrado a ver petroleros (fondeaban habitualmente en la Ría de Vigo), pero aquel era el mayor que había visto jamás. Su nombre, Mónica María.

Me pasaba horas contemplándolo con los prismáticos de papá, viendo cómo la gente se movía dentro de él en moto (medía más de 300 metros de eslora [largo]). También era impresionante pasar a su lado (en barco, lógicamente) y verlo de frente, porque incluso su manga (ancho) era enorme: 53 metros.

Os dejo una foto y un link donde se habla un poco más de él.

Mónica María (de fene.com)
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Y esas flores que se ven sobre el agua, ¿qué son?

El congreso de escritores se estaba celebrando en Madrid y, en uno de los descansos, para despejarse de las sesudas conferencias, dos de ellos decidieron dar un paseo por el bonito parque del Retiro. Parados frente a uno de los estanques, se produjo la siguiente conversación:

Y esas flores que se ven sobre el agua, ¿qué son?
Esas flores, mi querido amigo, son los nenúfares de los que tú tanto hablas en tus poesías.

No sé quiénes eran estos dos escritores, pero siempre me imagino como protagonistas de esta historia a Unamuno, por su fina y sabia ironía, y a Rubén Darío, por su ínclito y ubérrimo gusto por las esdrújulas.

Hablamos de esta anécdota en la Primera Época de El Cartapacio.