¿Y por qué me miente mi niño?

Ah, las mentiras. La falta de sinceridad es una de las cosas que más nos duele a los padres porque consideramos -con razón- que la sinceridad es básica para establecer una buena relación. Por supuesto, no estoy hablando de mentiras piadosas ni mentiras para librarnos de un potencial acosador, faltaría más. Estoy hablando de cuando nuestros pequeños nos mienten queriendo ocultarnos algo.

¿Por qué nos mienten? Nos mienten no por lo que ellos han hecho. Nos mienten, sobre todo, porque temen nuestra reacción. Así que aquí tenemos parte de la solución: reaccionar bien (con respeto, con empatía, con sosiego) ante cualquier acción de nuestros hijos. Y esto mismo se aplica, desde luego, a si los «pillamos» en una mentira. Debemos sobreponernos al enfado/desconcierto/desasosiego que nos invade.

Por suerte, cuando somos niños y la (mala) educación no nos ha deformado demasiado todavía, somos tremendamente sinceros, incluso cuando mentimos. En esas mentiras hay mucha verdad: está la verdad ya mencionada de nuestras reacciones equivocadas; está, desde luego, la conciencia de que se ha hecho algo que no se debería haber hecho; está, sin duda alguna, la realidad de lo que ha pasado. En ocasiones, las mentiras de un niño son más sinceras que las verdades de un adulto. Simplemente tenemos que ser capaces de abrir los ojos para ser conscientes de todo lo que nos cuentan esas mentiras.

No quiero terminar el post sin hacer mención en el destino de esas mentiras. A quién miente un niño también nos dice mucho de cómo somos. Y quizá aquí radica realmente nuestro enfado ante las mentiras. No es un «¿por qué miente?» sino un «¿por qué me miente a mí