La Saeta, de Antonio Machado

Hoy comparto con vosotros un poema muy apropiado para estas fechas: La Saeta, de Antonio Machado, en el que, con su sencillez característica, nos resume tanto la Semana Santa y sus procesiones, como la fe en la que el poeta cree:

 "¿Quien me presta una escalera,
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?"
Saeta popular


¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar! 

Y este poema debe acompañarse siempre con la magnífica música y voz de Serrat:

Himno en honor a Afrodita, de Safo de Lesbos

Oh, tú en cien tronos Afrodita reina,
Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y sexo
Ruégote, Cipria!

Antes acude como en otros días,
Mi voz oyendo y mi encendido ruego;
Por mí dejaste la del padre Zeus
Alta morada.

El áureo carro que veloces llevan
Lindos gorriones, sacudiendo el ala,
Al negro suelo, desde el éter puro
Raudo bajaba.

Y tú ¡Oh, dichosa! en tu inmortal semblante
Te sonreías: ¿Para qué me llamas?
¿Cuál es tu anhelo? ¿Qué padeces ahora?
—me preguntabas—

¿Arde de nuevo el corazón inquieto?
¿A quién pretendes enredar en suave
Lazo de amores? ¿Quién tu red evita,
Mísera Safo?

Que si te huye, tornará a tus brazos,
Y más propicio ofreceráte dones,
Y cuando esquives el ardiente beso,
Querrá besarte.

Ven, pues, ¡Oh diosa! y mis anhelos cumple,
Liberta el alma de su dura pena;
Cual protectora, en la batalla lidia

Siempre a mi lado.


Ποικιλόθρον᾽ ὰθάνατ᾽ ᾽Αφρόδιτα,
παῖ Δίος, δολόπλοκε, λίσσομαί σε
μή μ᾽ ἄσαισι μήτ᾽ ὀνίαισι δάμνα,
πότνια, θῦμον.

ἀλλά τυίδ᾽ ἔλθ᾽, αἴποτα κἀτέρωτα
τᾶς ἔμας αὔδως αἴοισα πήλγι
ἔκλυες πάτρος δὲ δόμον λίποισα
χρύσιον ἦλθες

ἄρμ᾽ ὐποζεύξαια, κάλοι δέ σ᾽ ἆγον
ὤκεες στροῦθοι περὶ γᾶς μελαίνας
πύκνα δινεῦντες πτέῤ ἀπ᾽ ὠράνω αἴθε
ρος διὰ μέσσω.

αῖψα δ᾽ ἐξίκοντο, σὺ δ᾽, ὦ μάκαιρα
μειδιάσαισ᾽ ἀθανάτῳ προσώπῳ,
ἤρἐ ὄττι δηὖτε πέπονθα κὤττι
δηὖτε κάλημι

κὤττι μοι μάλιστα θέλω γένεσθαι
μαινόλᾳ θύμῳ, τίνα δηὖτε πείθω
μαῖς ἄγην ἐς σὰν φιλότατα τίς τ, ὦ
Ψάπφ᾽, ἀδίκηει;

καὶ γάρ αἰ φεύγει, ταχέως διώξει,
αἰ δὲ δῶρα μὴ δέκετ ἀλλά δώσει,
αἰ δὲ μὴ φίλει ταχέως φιλήσει,
κωὐκ ἐθέλοισα.

ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον
ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι
θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα

σύμμαχος ἔσσο.

Ya ves qué tontería

Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre,
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.

Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre.

Gloria Fuertes -no es la primera vez que sale en este blog, y espero que no sea la última- no es solamente esa escritora que escribía mal para que se la entendiera bien. Es una poetisa de una altísima categoría, no solo en el fondo -eso ya lo sabíamos-, también en la forma.

Canzón de Cuna pra Rosalía de Castro, Morta, de Federico García Lorca

No se conocieron en vida, ya que Federico nació después de la muerte de Rosalía. Pero eso no fue, obviamente, impedimento para la admiración que siempre mantuvo el poeta de Fuente Vaqueros por la obra de Rosalía.

Escribió Lorca unos cuantos poemas en gallego. Y uno de ellos, que traigo en esta semana de Rosalía, es esta Canzón de Cuna pra Rosalía de Castro, Morta. Os la dejo para que la disfrutéis:

¡Érguete, miña amiga,
que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada,
porque o vento muxe, coma unha vaca!

Os arados van e vén
dende Santiago a Belén.

Dende Belén a Santiago
un anxo ven en un barco.
Un barco de prata fina
que trai a door de Galicia.

Galicia deitada e queda
transida de tristes herbas.
Herbas que cobren teu leito
e a negra fonte dos teus cabelos.
Cabelos que van ao mar
onde as nubens teñen seu nídio pombal.

¡Érguete, miña amiga,
que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada,
porque o vento muxe, coma unha vaca!

Y un bonus maravilloso. Este poema con la música y la voz de Amancio Prada:

Nana de lluvia, de Carlos Núñez

Por desgracia, estamos acostumbrados -si es que tal cosa es posible- a naufragios y desgracias marinas. Hemos crecido con los recuerdos del Ave del Mar y del Centoleira, dos naufragios que forman parte de nuestra memoria y de nuestro sufrir colectivos. Así que cada vez que llega una noticia de un nuevo naufragio, se juntan recuerdos, miedos y sufrimientos. Y, quizá, resignaciones ante lo inevitable. En mi más de medio siglo creo que jamás he vivido ninguna sorpresa inesperada, tras un naufragio, de que alguien haya aparecido vivo.

Sin embargo, el mar que nos la quita también es el mar que nos da la vida. Y parece imposible que sea el mismo. Carlos Núñez, en su bellísima Nana de lluvia, nos cuenta eso.

Luego llora de espaldas
para que el mar no vea
cómo grita su alma
cómo llora su pena.
"Otro mar muy enfermo,
otro mar muy sediento
se comió a mis amores,
me ha secado el aliento.

No es el mar que yo veo
otro mar que no siento
otro mar de allá lejos
otro mar más violento".
Y le habla a su ría,
siempre sola y descalza,
con su mano en las olas
acaricia su espalda.

El Amor, según Quevedo

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Este es el Niño Amor, éste es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

De todas las canciones que ha recibido el Amor a lo largo de los siglos, creo que este soneto es, -no sé si lugar a dudas-, la mejor. Qué maravilla esos oxímoros (o quizá, o también, antítesis: estáis invitados a corregirme siempre).

La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado

No es habitual que las poesías nos cuenten grandes relatos, sino que se centren más en sentimientos y emociones. Sin embargo, Antonio Machado, en esta magnifica obra, nos relata la triste historia de este hombre, Alvargonzález.

Antonio Machado, decíamos. Garantía de sencillez, de poesía pura. Conoceremos las tierras de Soria, su pobreza (en otras tierras bienestar, aquí opulencia), sus peculiaridades (en estas tierras, quien quiere atajar, rodea), y esa laguna sin fondo, que guarda bien los secretos.

Os recomiendo su lectura y, si podéis, un relato en prosa, también de Antonio Machado, en donde nos relata cómo conoció aquella historia.

De Triedros – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37148207

Isla de San Simón, en Redondela

No es una sola isla, sino dos islas unidas por un puente, además de algún islote. San Simón y Santo Antón, que así se llaman esas dos islas principales.

Se encuentra en la parte más interior de la ría de Vigo y en ellas se respira belleza, historia (no siempre bella) y literatura.

Meendiño, poeta del siglo XIII del que prácticamente solo tenemos unos versos, pero los suficientes, por fortuna, para que nos llegara ese Sediame eu na ermida de San Simón. Lugar de privilegio, pues, para la isla en el mundo de la poesía.

Fue también lazareto en donde se recluían quienes padecían enfermedades contagiosas. Y fue campo de concentración durante el franquismo, lugar de duelo, injusticia e impotencia. Existe un proyecto para que la memoria y el recuerdo nos permitan avanzar hacia un futuro en el que nunca se repitan tales barbaridades.

Si estáis o venís por la zona, es un destino que os encantará.

De juantiagues – Islas de San Simón y San Antón, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=41953810

Romance del enamorado y la muerte, de Juan del Encina

Este romance, del que ya hemos hablado en este blog, nos ha llegado con diferentes versiones, pero invariable en musicalidad, encanto y mensaje. El original (quizá el original) es de Juan del Encina.

Nos habla de lo inevitable de la muerte, de la infinita importancia del amor (tengo una hora de vida, la dedico a mi amada). Me encanta especialmente -sin ser lo principal del poema- ese fragmento en el que la amada le dice que no es aún la hora convenida y que sus padres están en casa y despiertos, haciendo ver que si lo segundo no se cumpliera, poco importaría la hora.

Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
—¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.

La guerra no tiene glamour

No es rara la intención de querer dotar a las guerras de un encanto, de un glamour y de una magia de la que no gozan. Cuando en la película Saving Private Ryan del gran director Steven Spielberg se presenta a los soldados acercándose a las playas para desembarcar, pueden verse mareos, vómitos y, en resumen, miedo. Eso es lo que quería transmitir Spielberg: la guerra no tiene glamour en absoluto.

No es el único creador, desde luego, que ha luchado por mostrarnos eso: la canción-denuncia “Querida Milagros” de Manolo García, el “Tristes armas si no son las palabras” de Miguel Hernández o incluso esa canción de campamento de “Mi amigo José” son más muestras de lo mismo.

Presentar la guerra como algo glamouroso es irresponsable es falso y es sobre todo, criminal.

Tristes armas, si no son las palabras.