¡No le des opciones!

Esta historia sucedió en un colegio cualquiera, con un profesor cualquiera, con un niño cualquiera y con su papá. Pero podía haber sucedido, desde luego, en cualquier otro lugar y con cualesquiera otros protagonistas.

El niño y el papá estaban a punto de entrar en el cole, pero el niño necesitaba un poco más de tiempo, así que ambos se fueron a sentar tranquilamente en un banco para conversar. Los demás niños ya habían entrado, y la zona estaba ya vacía. Un profesor que, desde dentro, presenció la situación, se acercó para mantener una distancia que le permitiera intervenir, si lo consideraba necesario (con la mejor de las intenciones, estamos seguros).

El papá y el niño siguieron hablando y, en un momento dado, el papá le dijo al niño «¿Qué prefieres, cariño, entrar en el cole o volver para casa?» En ese momento, el profesor actuó como si le hubieran dado a un botón:

«¡No le des opciones!»

No le des opciones. Como si esa posibilidad tuviera alguna validez. Como si fuera aceptable eliminar la posibilidad de decir no. Como si impedir actuar mal (si es que se pudiera considerar así la opción de volver a casa) ayudara de algún modo a que el niño siga creciendo y evolucionando.

Por favor, que tengamos siempre las opciones disponibles y criterio para decidir bien.

Tengo una infección en la oreja izquierda

No, no soy yo quien la tiene. Ni soy yo quien dijo esta frase a su médico. Ni tiene mucho mérito decirla. La frase la dijo Michael Kearny. Y quizá pienses que eso, en sí mismo, tampoco lo convierte en meritorio.

Michael comenzó a hablar a la edad de cuatro meses. Y aquel dolor de oídos que lo llevó al pediatra sucedió cuando el niño tenía seis meses. Y fue ahí cuando soltó la perla.

Cuatro meses más tarde aprendió a leer. Y contando con cuatro años consiguió la máxima calificación en el programa de la John Hopkins para matemáticos precoces… sin haber estudiado específicamente para el examen.

Nacido en 1984, ha estudiado Química, Antropología, Bioquímica e Informática.

La tragedia del niño lobo español

Nuestro protagonista, Marcos, nació en un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, llamado Añora. Tras emigrar con sus padres a Madrid, su madre falleció (Marcos tenía tres años entonces). El padre se casó de nuevo, y la madrastra (no solamente pasa esto en los cuentos, por desgracia) lo maltrataba con crueldad.

La familia se desplazó poco después a un pueblo de Sierra Morena (Fuencaliente) y cuando Marcos Rodríguez Pantoja tenía siete años, su padre lo vendió a un rico hombre de la zona, que acabó ¿regalándolo? a un cabrero, para que le ayudara (y, en un futuro, para que fuera su sustituto). Sin embargo, el cabrero murió, y nuestro niño se quedó abandonado en la sierra. Ahí se hizo amigo de los lobos y aprendió a comportarse como uno de ellos.

Cuando contaba unos dieciocho años, la Guardia Civil lo encontró y capturó. Fue llevado por la fuerza a Fuencaliente y allí se encontró con su padre. Tras once años sin ver a su hijo, aquel ¿padre? le reprochó haber perdido la chaqueta.

Ni que decir tiene que la adaptación de este joven a la sociedad fue costosa y dura. Y resulta significativo que aún ahora, que vive en Rante, una aldea orensana, siga prefiriendo la vida con los animales que con las personas.

Su vida se ha estudiado y descrito en tesis doctorales, películas y documentales. Cuando lo llevaron, como parte de un documental, a una zona habitada por lobos, supo llamarlos y mostrarse sumiso con ellos, para ser parte de su manada.

Quizá tengamos que replantearnos el dicho latino de «El hombre es un lobo para el hombre».

Ahí te quedas

La niña venía en dirección a nosotros, con rostro y mirada llenos de pánico. Hasta que pudo localizar a su madre, que estaba alejándose del parque. ¿Qué había sucedido? Que la madre estaba haciendo eso que a veces hacemos los padres: simulando (espero que simulando) irse para conseguir, mediante el miedo de la niña a quedarse sola, lo que antes no pudo conseguir con palabras. He dicho lo de “espero que simulando” porque prefiero un padre que miente a sus hijos antes que un padre que los abandona (siendo ambas actitudes horribles).

¿De verdad somos tan cómodos (y tan incapaces) que, por no tomarnos el tiempo necesario para razonar con nuestros hijos, preferimos simular que los abandonamos?

El cansancio de las madres

No vivimos en la mejor sociedad para criar, eso es evidente. Pero salvo que queramos extinguirnos, no queda otra opción.

Siempre que veo el enorme cansancio que solemos tener quienes criamos, pienso que algo estamos haciendo muy mal, que no es lógico que criar lleve aparejado este agotamiento. Mi sabia hermana Marimar dice que la causa es que estamos programados para criar en tribu (“se necesita una tribu para crear un niño”, reza un proverbio africano), no individualmente.

Sin embargo, el culto al dinero que profesamos provoca que las más de las veces las familias sean, en lo que a cuidados se refiere, monoparentales. Incluyo aquí como monoparentales aquellas familias en las que uno de los dos progenitores está prácticamente siempre ausente.

Y si estamos programados para criar en tribu, y si es difícil criar en pareja, os podéis imaginar la complejidad de criar individualmente. Siempre pongo como ejemplo lo siguiente: he tenido épocas de alta carga de trabajo, comenzando a las seis de la mañana y terminando a las once de la noche, durante semanas enteras (enteras) y además dedicándome a un trabajo intelectual, que no permite distracciones y exige máxima concentración. Pues bien, ese cansancio no es comparable ni de lejos al cansancio que tuve durante los meses en los que Clara trabajaba durante media jornada y yo estaba esas pocas horas cuidando en solitario a Dani.

Así que es entendible (e injustificable) que a veces haya gente que prefiera quedarse más horas en la oficina con tal de no volver a casa. Sí, no le vamos a dar un premio ni al mejor papá ni al mejor esposo del mundo, pero es entendible.

Siempre me gusta, cuando afrontamos un tema de este calado, intentar aportar alguna solución. No es fácil en este caso. Creo que el paso 1 es darnos cuenta de que la crianza debe ser nuestra principal actividad, y que el trabajo es secundario.

Mucho ánimo a las mamás (y papás) que se dedican casi en exclusiva (o sin casi) al cuidado de los hijos.

Para Marimar, Clara, mamá, y todas esas maravillosas mamás del mundo.

Somos racistas

Hemos visto todos la escena. Si no la habéis visto (y queréis hacerlo) no os costará esfuerzo alguno encontrarla en las redes. En la BBC entrevistaban al experto en relaciones internacionales y profesor universitario Robert Kelly. En un momento de la entrevista entra un pequeño corriendo y, tras él, una mujer con rasgos orientales. E inmediatamente -viva nuestro racismo- interpretamos que es su asistenta/sirvienta.

Pues no: es su esposa. Pero todas las personas a las que he preguntado (me incluyo) asumimos que era parte del personal de servicio por ser oriental.

Qué poco nos cuesta ser racistas (o machistas), debido a que vivimos en una sociedad que lo es, nos guste o no. Debemos estar muy atentos para no caer en los micro (o macro) racismos y machismos.

Día Internacional del Hombre

Sí, quizá no te hayas enterado (o ya sí), pero también hay un Día Internacional del Hombre. Se celebra el 19 de noviembre (ayer, cuando escribo este post). Y todavía tiene tan poca solera/fama/prestigio que, pese a mis esfuerzos, no logré enterarme de cuál era el tema que destacaba ayer.

Pero en mi búsqueda encontré algo que me pareció realmente interesante: entre sus objetivos se busca promover modelos de masculinidad positiva y promover la igualdad de género. Es decir, algo completamente feminista (¿podríamos usar el término masculinista?

¡Qué lucidez tiene!

«Caramba, qué lucidez tiene, para ser tan mayor!»

Esta frase -tantas veces escuchada, tantas veces dicha- nos demuestra el poco conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de nuestros ancianos. Su lucidez viene de su edad y experiencia vital. Tiene lucidez porque es mayor.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Yucky Science, de Science4You

¿Te habías preguntado qué sienten los alimentos en tu estómago? ¿Sabes cómo se generan o para qué sirven cosas tan habituales como los mocos, los eructos, los pedos o el vómito? Siendo temas de nuestro propio organismo, está claro que la ciencia no podría darles la espalda… por asquerosos que nos resulten. Así que, por supuesto, hay un juego de Science4You dedicado a ello.

Los experimentos que nos propone este juego son los siguientes (como de costumbre en los juegos de esta casa, se indica cómo realizar cada experimento y también las explicaciones necesarias, porque aquí lo que queremos es divertirnos y aprender):

  1. Dentro del estómago.
  2. Espuma de gas de eructos.
  3. Vómito falso.
  4. Pedos.
  5. Caca insólita.
  6. Excremento pegajoso.
  7. Moco viscoso.
  8. Cerebro pegajoso.
  9. Ojo de ogro repugnante.
  10. Lombrices asquerosas.
  11. Monstruo de cloaca.
  12. Moco de huevos asquerosos.
  13. Espuma de hongos apestosa.
  14. Pan mohoso.
  15. Manzanas podridas.

Hemos decidido sortear, en Facebook, un ejemplar de Yucky Science (¡gracias, Science4you!) entre nuestros seguidores en Facebook que cumplan las siguientes condiciones:

  • Ser seguidor en Facebook de Science4you.
  • Ser seguidor en Facebook de El Cartapacio de Gollum.
  • Comentar este status en el que hablamos de Yucky Science.
  • Poder recibir el regalo en una dirección de España peninsular o Portugal peninsular (bien saben los dioses cuánto lamento esta restricción).
  • Participar antes del 6 de septiembre de 2019, incluido (horario de España Peninsular).

Aquí tenéis un vídeo sobre este juego:

Tablet Lenovo Tab 4 10″

Hemos estado probando estos días la tablet Lenovo Tab 4. Comienzo aclarando que ha sido mi primera experiencia intensiva con un dispositivo Android y que tenia ciertos prejuicios con respecto a este sistema operativo. Prejuicios que desaparecieron rápidamente, debo decir. 

Es un tablet que ofrece las siguientes características:

ProcesadorQualcomm MSM8917 Snapdragon de 64 bits (de cuatro núcleos, hasta 1,4 GHz)
Sistema operativoAndroid Nougat
Batería20 horas
PantallaPantalla IPS HD de 25,65 cm (10,1″) (1280 x 800) con tecnología multitáctil de 10 puntos
AlmacenamientoAlmacenamiento de hasta 16 GB + microSD de hasta 128 GB
ConectividadWi-Fi 802.11 b/g/n
Bluetooth 4.0
Compatible con 4G(Solo disponible en determinados modelos)
Peso506 g
Dimensiones247 mm x 170 mm x 8,5 mm
CámarasUna frontal de 2 MP con enfoque fijo y otra trasera de 5 MP con enfoque automático
AudioAltavoces frontales duales con Dolby Atmos
PuertosRanura microSD, toma de audio combinada
ColoresNegro pizarra, blanco polar

Su acabado y aparente durabilidad son excelentes, como es costumbre en los productos de esta casa. 

La Lenovo Tab 4 está concebida como la tablet para toda la familia: nos permite la creación de cuentas para usuarios adultos y niños. En las cuentas para niños podemos restringir el tiempo por sesión y el tiempo entre sesiones, sirviendo este sistema de ayuda a los pequeños.

Tenemos también a nuestra disposición un modo productividad,  orientado a extraer el máximo rendimiento de nuestro tiempo, con una barra de tareas en la parte inferior y la posibilidad de cambiar rápidamente de una a otra. 

Esta tablet acepta tanto tarjeta microSD (como se ha indicado más arriba) como tarjeta SIM, que nos permite conectarnos a Internet cuando no estemos en zona wifi. No he probado esta funcionalidad.

Se ofrecen también una serie de accesorios (que no hemos probado) y que prometen convertir la tablet en todavía mejor: Productivity Pack, con teclado y trackpad, que nos permite utilizar la tablet como un portátil, el Kid’s Pack, con una goma protectora y un filtro protector para la vista, o el Home Assistant Pack, que nos convierte la Tab 4 en un asistente personal, gracias a Alexa.

Productivity Pack, Tab 4, y Kid’s Pack.

En resumen, si estás buscando una tablet a un precio razonable, que sirva para toda la familia, y que sea a la vez robusta y elegante, la Lenovo Tab 4 10″ es una opción que debes tener muy en cuenta. Muy recomendable.