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Iqbal Masih, un espartaco de nuestro tiempo

Iqbal era un niño pakistaní que, con solamente cuatro años de edad, fue vendido (cedido, se dice) a un fabricante de alfombras a cambio de un préstamo de 600 rupias. Trabajaba encadenado al telar, en interminables jornadas, siendo muy valoradas las alfombras que sus manos tejían.

Cuando tenía diez años consiguió escapar, ponerse en contacto con la policía gracias al sindicato Bhatta Mazdoor Mahaz, y así cerrar la fábrica (el dueño fue condenado). A partir de ese momento, hizo de su vida una cruzada en contra del trabajo infantil.

Ya no temo al patrón, él me teme a mí.

Iqbal Masih

Iqbal quería ser abogado y su labor sirvió para liberar a tres mil niños esclavos. Tras recibir amenazas durante semanas, fue asesinado de un disparo, cuando solamente tenía doce años, en abril de 1995.

No podemos llegar a ser como Iqbal, pero sí podemos rechazar productos realizados por niños esclavos y hacer presión a las marcas para que luchen activamente contra la esclavitud y el trabajo infantil.

https://nation.com.mx/tecnologia/iqbal-masih-el-nino-esclavizado-que-se-fugo-y-libero-a-miles-de-ninos-de-ser-explotados/

El niño yuntero

Ayer se celebró el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, una lacra que está lejos de verse erradicada. Por suerte, es cada vez menos habitual en muchos países. Hace casi un siglo, Miguel Hernández, el poeta pastor, creo este estremecedor poema, en el que acertadamente deposita en los adultos la responsabilidad de acabar con ese abuso.

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Este poema fue musicado por Serrat en 1972. Os dejo también un vídeo con la canción.