Soneto a Cristo crucificado

No me mueve, mi Dios, para quererte,

el Cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el Infierno tan temido,

para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme el ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas, y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que, aunque no hubiera Cielo, yo te amara,

y, aunque no hubiera Infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

Este soneto, de autoría desconocida, resume perfecta y bellísimamente que cielos e infiernos -premios y castigos, ¿nos suena?- no deben influir en nuestro comportamiento. Finales del siglo XVI.

Un soneto me manda hacer Violante, de Lope de Vega

Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

Este conocidísimo poema del fénix de los ingenios es una muestra -para mí, asombrosa- de un dominio total sobre el lenguaje y sobre la poesía: escribe un soneto en el que se describe cómo es un soneto. Disfrutémoslo mucho.