Isla Medal o Illa Insuíña (en Pontevedra)

Vamos a viajar a las cercanías del río Verdugo (o Verduxo), en el nacimiento -así podríamos llamarle- de la Ría de Vigo. Esta pequeña y coqueta isla era propiedad de Antonio Medal, artista, ceramista y amigo de reuniones con personas del mundo de la cultura.

Es un lugar estupendo al que acercarse para dar un tranquilo paseo y disfrutar de unas vistas espectaculares. Si estás haciendo el Camino [de Santiago] Portugués, te recomiendo que elijas esta pequeña isla para hacer un alto en el camino y en el Camino.

Pequeñina, pero miña.

Frase que Antonio Medal gustaba de decir, refiriéndose a esta isla.

Los hombres muertos no cuentan cuentos

Casa de las Campanas (Pontevedra); Fotografía tomada de Google Street View.

Benito había nacido en el barrio marinero de la ciudad de Pontevedra y, poco antes de cumplir los 18 años, se embarcó en el bergantín brasileño El defensor de Pedro, dedicado a la trata de esclavos. Allí fue el cabecilla de un motín que acabó con el capitán abandonado en África, parte de la tripulación propia pasada a cuchillo, Benito como capitán y el barco rebautizado como La Burla Negra. Tomaron rumbo a las Islas Azores y posteriormente a Cabo Verde, abordando los barcos que encontraban a su paso y realizando sanguinarias masacres en cada uno de ellos: Morning Star, Topaz, Sumbury, Melinda, Cessnok, New Prospect.

Con las bodegas -os podéis imaginar- más que repletas llegaron a La Coruña, haciéndose pasar el barco por el original El defensor de Pedro, y uno de los piratas por el legítimo capitán. Allí vendieron la mercancía y, tras una breve parada en Pontevedra para esconder el tesoro -todavía no se ha encontrado- tomaron rumbo hacia Cádiz. Y aquí toda la buena suerte que había tenido nuestro pirata se convirtió en mala: el vigía confundió el faro de la isla de León con el de Tarifa y La Burla Negra naufragó. Naufragio que habría quedado en poco o en nada si no fuera por la presencia aquellos días en Cádiz de uno de los supervivientes del Morning Star, al que no le costó nada identificarlos. Una decena de los piratas fueron ahorcados, pero no Benito, que -aún quedaba algo de suerte, parece- consiguió escapar. Escapó a Gibraltar, en donde sufrió el mismo fin que sus compañeros: ahorcado acusado de 75 asesinatos. Según nos cuentan, estuvo sereno, arrepentido e incluso un pelín chulito.

Queda para el recuerdo su historia, su máxima de «Los muertos no hablan» y ese tesoro que Benito Soto Aboal, el último pirata del Atlántico, dejó escondido entre los muros de la casa de las Campanas (o del Pitillo, según quien nos lo cuente) y que los actuales dueños de la casa se verán obligados a restituir a los herederos de Benito… si lo encuentran.

Para Rita y Elvi, las piratas que nos descubrieron a Benito Soto Aboal.