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El príncipe de la niebla, de Carlos Ruiz Zafón

Nunca había leído nada de este autor, y ha sido precisamente en el año de su fallecimiento cuando me he acercado por vez primera a su obra. Gracias a mi hijo Dani: era una de las lecturas propuestas para este curso en su asignatura de Literatura y me lo recomendó. Y acepté su recomendación.

Es una obra para un público “juvenil”, si es que existen obras de ese tipo (el propio Ruiz Zafón huía de ese tipo de etiquetas), y nos describe las aventuras de una familia que, por culpa de la guerra (Segunda Guerra Mundial), decide mudarse a un tranquilo pueblo costero. Allí comienzan a suceder una serie de acontecimientos extraños que desembocan en un desenlace (al menos para mí, que hace mucho que no soy público juvenil), inesperado. He disfrutado leyendo este libro, y creo que eso es siempre el mejor cumplido que puede hacerse.

Más allá del argumento y de los sucesos extraños, hay algo que me ha encantado del libro: el uso tan maravilloso que hace del lenguaje. En estos tiempos en los que tendemos a simplificar al máximo lo que ofrecemos a nuestros jóvenes, tratándolos como si fueran tontos y logrando que no se ofendan por ello, El Príncipe de la Niebla no escatima detalles, adjetivos y expresiones que otros considerarían inapropiados para estas edades en las que juegan a juegos de mayores de 18 pero huyen de libros para mayores de 8.

Porque la única forma de subir una escalera es haciendo que cada escalón esté un poco más alto que el anterior.

Doy las gracias a Dani y a Patricia, su profesora de Lengua y Literatura, por haberme acercado esta obra.

Dumbing downd

Hoy, gracias a Laura Mascaró, he conocido este término, dumbing downd, tendencia a entontecer. La cuestión de fondo es si estamos, efectivamente, entonteciendo a nuestros niños, simplificando el lenguaje de los textos que leen o les leemos.

Mi opinión personal -y por lo que nuestra experiencia nos dice- es que a los niños se les puede presentar, perfectamente, cualquier obra maestra tal cual es (hablo de literatura [incluyendo -o sobre todo- poesía], hablo de arte, hablo de música). No es necesario simplificar ni reducir el material que se les presenta. Y creo que es contraproducente hacerlo: por una parte, porque estamos alterando una obra maestra (y no para mejorarla, seguramente); por otra, porque privamos a nuestros niños de aprender nuevas palabras y expresiones; finalmente, porque nos privamos a nosotros mismos de completar con explicaciones aquello que no entiendan o les cueste entender. En el artículo que dio origen a esta conversación (enlazado al final de este post) se cita un ejemplo que me ha parecido especialmente significativo:

Aquella frase («No adoptes ese aire tan solemne») en el libro de Enid Blyton que la propia Nuria leía de pequeña había mutado a una mucho más liviana («No pongas esa cara tan seria») en la nueva versión que ahora leen sus hijas. ¿Por qué? ¿Es que los niños de ahora serían incapaces de entender la original?

Dentro también de mi experiencia personal, quiero recordar al gran Félix Rodríguez de la Fuente, cuyas explicaciones los niños seguíamos absortos, y no eran precisamente sencillas («la memoria genética», «la solana y la umbría», y muchas otras).

¿Qué opináis?