Estamos ante una de las obras de ingeniería más complejas -si no la más- acometidas en España. El objetivo: establecer una vía de transporte para que los cereales producidos en la Submeseta Norte tuvieran salida hasta el mar.
Las obras comenzaron en 1753, siendo rey Fernando VI. Pero las guerras y las propias dificultades del proyecto hicieron que el Estado no pudiera seguir financiando la obra. Y se dictó (ya Fernando VII, ya en 1828) una Real Orden para dar paso a las empresas privadas. Y así fue: en 1831 la Compañía del Canal de Castilla se comprometió a completarla en siete años. En 1849 -ya Isabel II- se finaliza uno de los ramales del plan. El proyecto total nunca se completó, en gran medida por la incapacidad de competir con el ferrocarril.
Sin embargo, de aquellas obras nos queda un legado de incalculable valor, tanto natural (ese canal y su agua ha dado lugar a ecosistemas de ribera, áreas de gran valor ecológico) como histórico (se pueden admirar las obras, el sistema de esclusas e incluso navegar por el propio Canal).
Si os acercáis a la zona, os recomiendo asomaros a esta parte de nuestra historia, a aquel intento de llevar las aguas del Pisuerga y del Carrión hasta el mar Cantábrico.
