La curiosidad (casi) mató al gato

El congreso se celebraba en una ciudad bellísima, destino de un Camino que durante siglos vio cómo crecían catedrales, puentes y hospitales. Y dentro de la ciudad, en el mejor lugar posible: el Parador de los Reyes Católicos. Entre conferencia y conferencia, salía a disfrutar de la única plaza del Obradoiro, rodeada por el propio Parador, por el Palacio de Rajoy y de Xelmírez y -cómo no- por la Catedral, tan diferente -y tan parecida- a las de su Alemania natal.

Y llegó el momento que tanto había estado esperando; por fin iba a poder ver en funcionamiento el Botafumeiro. La misa se le hizo eterna, esperando ese espectáculo final. Cuando los tiraboleiros comenzaron a poner en marcha el enorme incensario, se abrió paso entre la gente, para poder verlo más de cerca. Inicialmente prestó atención al movimiento del botafumeiro, pero pronto su curiosidad científica hizo que se centrara en el mecanismo. Y fue acercándose más y más. Ajeno a los avisos de la gente que contemplaba, con pavor, la decisión de este hombre. Ajeno, también, al propio botafumeiro.

Tenemos que decir que tuvo mucha suerte. Solamente le rompió el tabique nasal.

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«Santiago Catedral Botafumeiro» por Luis Miguel Bugallo Sánchez (Lmbuga Commons)(Lmbuga Galipedia) – Commons.. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

El mosto de granadas gustaremos

No es extraño, aunque pudiera parecerlo (los prejuicios rara vez ayudan), encontrarse con referencias eróticas en algunos textos religiosos. Vamos a centrarnos hoy en el sublime Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, el “medio” fraile Juan de Yepes, con el que Teresa de Jesús cambió la iglesia.

“El mosto de granadas gustaremos”.

El Cántico Espiritual ha sido -sigue siendo- objeto de estudios, análisis y tesis doctorales. Yo no soy más que un admirador de esta obra maestra, que me ha acompañado -me acompaña- a lo largo de mi vida, actualizándose y actualizándome. Quiero con esto decir que mi conocimiento sobre el Cántico y sobre San Juan de la Cruz es mínimo: se han escrito más de dos mil obras sobre este santo, y no solamente en el ámbito de la catolicidad, sino también relacionándolo con otras religiones o filosofías: el islam o el budismo zen, por ejemplo.

La parte principal de esta obra fue escrita mientras San Juan de la Cruz estaba en prisión, en el convento de los padres carmelitas de Toledo; me gusta siempre extraer dos lecciones de este hecho: la primera, que la creatividad no tiene por qué estar reñida con las condiciones de comodidad de las que nos rodeemos (aunque ayudan, desde luego); la segunda, la capacidad de la Iglesia (o de parte de ella) de señalar con dedo acusador a su propia punta de lanza (esto no solamente sucede en la Iglesia, es prácticamente lo habitual con quien osa por adelantarse).

“Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa”

Bien, pues dentro de esta obra -versión libre del Cantar de los Cantares de la Biblia, libro prohibido durante años y también cargado de amor-, en la que se refleja el amor de la amada hacia el amado (amor de la Iglesia hacia Cristo) nos encontramos con expresiones -todo el Cántico es una joya- que emanan un erotismo brillante y vibrante:

“Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía;
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día”

Por último, considero importante reseñar que no hay antítesis entre erotismo y religiosidad (ni pretende este post fomentarla, desde luego) sino que ambos son parte de la misma espiritualidad, del mismo corazón acelerado, del mismo amor. Ambas se complementan y ambas son necesarias.

Recordar el Cántico, hablar sobre él, será para mí siempre recordar y hablar sobre Amancio Prada. Dice este trovador que él no le puso música al poema, que solamente se la extrajo. Os dejo con un pequeño fragmento de esta interpretación de su obra, junto con la Escolanía de Segovia.