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Cabo Home, en Cangas

Las rías gallegas, ese prodigio de la naturaleza formando -bonita leyenda- por las manos de Dios al descansar su séptimo día, están flanqueadas por penínsulas. Hoy viajamos a la península del Morrazo y, en concreto, a su extremo. Allí podemos mirar y admirar los acantilados de la Costa da Vela.

Este lugar es obligatorio para quienes visitéis esta zona. Y nos ofrece unas cuantas posibilidades muy bonitas, todas ellas compatibles entre sí, pero también realizables de forma independiente.

– Playa de Melide: una playa preciosa, accesible a través de un pequeño sendero entre pinos, tras haber dejado el vehículo en el aparcamiento cercano (aparcamiento gratuito, pero quizá completo en días no laborables); este aparcamiento que menciono aquí no es el aparcamiento “principal” de Cabo Home, sino específico para la playa. La playa es maravillosa pero, por favor, muchísimo cuidado con el mar. Las olas de aquí no son poca cosa.

– O Facho: en el alto de una de las pequeñas montañas que adornan el contorno se puede disfrutar, además de una vista maravillosa, de los restos arqueológicos de un antiguo santuario en honor del dios Berobreo.

– Rutas de senderismo: hacia el mencionado Facho ya tenemos una bonita ruta. Pero también hay otras que nos permiten acercarnos a los faros, unos lugares que yo siempre he visto llenos de encanto y magia. El faro salvador, la desbordante fuerza del mar, la visión de las islas Cíes y Ons, todo ello forman un conjunto único.

– La caracola: esta escultura en metal, obra del moañés Lito Portela, se ha convertido en rincón fotografiado, principalmente -pero no solo- en las puestas de sol. Se encuentra en el aparcamiento principal de la zona (nos encontramos con este aparcamiento en cuanto llegamos a Cabo Home, y desde el mismo podemos comenzar nuestros paseos).

Viaje en el tiempo para los alumnos de Primaria / EGB

Hace unos días apareció una pizarra en Melide, un pueblo de Galicia. Con su cuidada caligrafía, con su obligada fecha en la parte superior, con su letra elle (gracias por la observación, Dani).

Me pregunto cómo se sentiría un alumno de hace cuarenta años si apareciera en un colegio de hoy. Me pregunto cómo se sentiría un alumno de hoy si apareciera en un colegio de hace cuarenta años.

Solemos criticar la escuela y el sistema educativo diciendo que no ha cambiado nada (en lo fundamental) en los últimos siglos. ¿Es así? Me atrevo a decir que sí que hay mucha diferencia y que ese alumno al que hacemos viajar en el tiempo percibiría grandes cambios.

¿A quién le costaría más adaptarse, al de hace cuarenta años o al de hoy?

Se me ocurre que el de hace cuarenta años vería algo más difícil la materia y mucho más fáciles los exámenes. Se me ocurre que el de hoy sufriría manteniendo las formas y tomando apuntes.

Y los profesores. ¿Qué sucedería si hiciéramos viajar a los profesores? Pienso que el del pasado tendría que escuchar quejas de alumnos (y de padres) por ser incapaces de tomar nota de lo que el profesor dice. Y diría que el del presente quizá recibiría quejas de padres por cantidad de tareas enviadas a casa. Indico esto último porque tengo la impresión de que a veces los chicos dedican mucho tiempo a hacer las tareas… pero también reflexiono que quizá es más por falta de concentración que por carga de trabajo.