Aquel gran espacio requería, evidentemente, de una columna para no venirse abajo. Evidentemente… para la mente de Felipe II, el rey prudente.
Y así se lo hizo saber a Juan de Herrera, el arquitecto al frente de aquella obra. Juan sostenía que no era necesaria, el prudente rey la veía imprescindible.
Así que cuando, terminada la obra, Felipe II vio la columna, sonrió con superioridad hacia su arquitecto -y amigo. Juan de Herrera le sostuvo la sonrisa, pidió una escalera, llegó a lo alto de la columna y, pasando un cartón entre ella y el techo, le demostró que no era necesaria.
“Herrera, con el Rey no se juega”, le hizo saber el monarca al arquitecto, poniendo un inolvidable colofón a la broma entre ambos.