Entre Quinto Sertorio, conocido por respetar las costumbres y usos de los pueblos que Roma conquistaba, y el tándem formado por Quinto Cecilio y Pompeyo Magno se dirimió una guerra que duró una década.
La asediada Calagurris -partidaria de Sertorio- prefirió, antes que la rendición, comerse a sus propios muertos para así atenuar un hambre que ha pasado a la historia con el adjetivo que le dio la ciudad que prefirió apoyar al que respetó sus usos y costumbres que entregar las llaves al enemigo.