Porque no siempre tenemos la razón

Supongo que estaréis al tanto. Hace unos días, unos padres decidieron castigar a su hijo dejándolo solo en el bosque. Y eso hicieron. Ignoraron su llanto, su carrera intentando acercarse al coche, y sus llamadas. Cuando se arrepintieron y volvieron a buscarlo, ya no lo encontraron. Milagrosamente, ahora ha aparecido.

No quiero centrar este post en el absurdo de los castigos. Ni tampoco en el delito cometido por sus padres. Quiero centrarme en algo que desconozco pero que supongo que pasó: estoy seguro de que la idea no surgió de ambos. Y acuso, directamente, a ese concepto intocable de «darle la razón a tu pareja delante de los niños». Ni hablar. Si tu pareja se confunde, no hay ningún problema en decirle que está confundida. Con esa simple acción conseguimos dos cosas: una, enseñar a nuestros hijos que todos podemos cometer errores y que se puede disentir sin ser de forma violenta; dos, reconducir la situación evitando una injusticia hacia nuestros hijos.