Lo que no me contaron

Me habían contado -y me había imaginado- que la muerte de un padre era una de las experiencias más tristes que se pueden vivir.

Pero nadie me había dicho que cada vez que mirara hacia casa no ibas a estar en el balcón. Ni que al caminar por el paseo nunca te iba a encontrar. Ni que en Balaídos no iba a escuchar tu voz celebrando los goles del Celta. Ni que con cada problema no iba a poder llamarte. Ni que no te iba a poder contar cada anécdota. Ni que ya no te iba a poder leer más poesía. Ni que no ibas a volver a escuchar las risas de tus nietos. Ni que no volvería a disfrutar tu risa con cada chiste. Ni que no ibas a volver a marcarme ningún gol más, con ese efecto que sólo tú sabías darle. Ni que te iba a echar de menos en cada momento de mi vida.

Ciertamente, nadie me había contado todo eso.

Pero tampoco me dijeron que, en realidad, ese balcón iba a seguir teniéndote y que seguiría viendo tu sonrisa desde la calle. Y que ahora, cada vez que camino por el paseo, allí estás. El otro día fuimos a Balaídos; y allí pudimos escucharte (vamos a hacer una buena temporada, ¿verdad?). Y cada vez que tengo un problema, no sólo te llamo, sino que me lo resuelves como nunca. Y cada anécdota que me pasa ya no te la cuento una, te la cuento mil veces. Y con cada verso que leo, sigues asintiendo con la cabeza (y opinando al terminar). Y tus nietos saben que cada una de sus risas es escuchada por ti, porque tú estás en esas risas. Y con cada chiste, sigo disfrutando de tu risa y de tus comentarios. Y yo seguiré disparando a puerta con Dani, intentando imitar tu toque. Y resulta que ahora, en cada momento de mi vida, no es que te eche de menos: es que estás -aún- más presente que nunca.

Me habían dicho que te ibas a morir, pero nadie me contó que ibas a seguir siempre vivo.