En Santander, durante el siglo XIX, la zona del puerto era frecuentada por niños mendigos, buscando que su pillería o la misericordia de los demás les otorgara algo que llevarse a la boca ese día. Una diversión habitual entre la gente pudiente -y sin escrúpulos- consistía en tirarles monedas al agua para divertirse viendo cómo los pequeños hundían sus cuerpos desnudos buscando el preciado tesoro. Un bonito conjunto escultórico nos recuerda a esos raqueros, que así se les llamaba.
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