Un instante de libertad

Hoy se celebran en muchos lugares fiestas relacionadas con la Virgen María, debido a que se conmemora su nacimiento. Uno de esos lugares es Darbo (Cangas de Morrazo, España). Debo decir que el arraigo de esa fiesta es tal, que los habitantes de la zona se refieren a Septiembre como el mes de Darbo.

En Darbo, como parte principal de la celebración, se baila una bellísima y única Danza y Contradanza cuyos orígenes no están demasiado claros.

Debido a que mi entonces novia (y ahora esposa) tocaba la Danza y de que varios (o todos) de sus hermanos también participaban en la misma, mi presencia era ineludible en el atrio de Darbo. Para conseguir el mejor sitio, siempre acudía con tiempo de sobra, generalmente acompañado por mi paciente hermana (y también por mis padres, en ocasiones). Solíamos llegar sobre las diez de la mañana (todavía a falta de varias horas para la Danza). Y nos sentábamos en un murito que nos proporcionaba las mejores vistas. El atrio estaba prácticamente vacío a esas horas.

Entonces, apareció un hombre de los de la Comisión de Fiestas. Las personas de las comisiones de fiestas se dedican, efectivamente, a cometer fiestas. Seguramente aquel día era el más importante del año para él. Y se acercó al micrófono, seguro de que no había nadie por allí. Y entonces dijo una frase que, seguramente, llevaba años deseando decir. Una frase que resumía el hastío y el cansancio. Una frase mezcla de hartazgo y de odio. En su pequeño momento de libertad, desde el micrófono situado cerca de la entrada de la iglesia de Darbo, antes de que la multitud hiciera imposible que se colara un alfiler, antes de que los trinos de la gaita se alzaran al cielo y que los movimientos de las damas y galanes enamoraran nuestros ojos, pronunció sus palabras más sinceras:

«Perros todos.»