Costa, usted no vale para juez

La fecha: muy señalada, 24 de diciembre, Nochebuena. Las acusadas: un pequeño grupo de mujeres. El delito no lo recuerdo con nitidez, pero creo que tenía relación con haber cogido unas almejas incumpliendo alguna norma. Así que el responsable las detuvo y les garantizó, volcando sobre ellas toda su ira, que no pasarían la Nochebuena con sus familias.

Y en el calabozo iban pasando las horas, avanzando la tarde camino de esa noche tan mágica. El desánimo cundía entre las mujeres hasta que vieron que apareció por allí el Juez de Paz. Si había alguna oportunidad, era hablando con aquel buen hombre. Lo llamaron y él, por supuesto, se acercó a hablar con ellas. Le contaron que tenían familia, que sólo eran unas almejas, que aquella noche era una noche especial. Y el señor Juez lo tuvo claro: “haremos lo siguiente: esta noche la pasáis en vuestras casas, pero mañana a primera hora necesito que estéis aquí”. El asentimiento generalizado no se hizo esperar.

Desafortunadamente, la primera acción de las mujeres fue ir a la casa del que las había detenido, para hacerle saber que esa noche sí iban a estar con sus familias.

Y a la mañana siguiente el Juez de Paz, mi querido abuelo, fue -lógicamente- llamado a reunirse por su superior, si no fuera porque cortó rápidamente cualquier posibilidad de discusión:

– Costa, usted no vale para juez.
– Eso ya lo sabía yo.

Las merluzas de Madrid

Por motivos laborales, mi abuelo viajaba a Madrid con cierta frecuencia. En una ocasión, en un paréntesis en su jornada de trabajo, se acercó a un restaurante para comer. Tras un rápido vistazo a la carta, lo tuvo claro: hoy tocaba merluza.

El camarero le sirvió el plato, mi abuelo se lo agradeció, pero rápidamente se dio cuenta de que algo no cuadraba. Con un discreto gesto, le pidió al camarero que se acercara, y señalando el plato, le dijo, mirándolo a los ojos:

– Na miña terra isto chámase xurelo.

El camarero dudó por un momento entre mantener la dignidad del restaurante o la suya. Al final, optó por la verdad:

– E na miña tamén.

¡Adiós, tío Pepe!

Daba igual el día de la semana, o si hacía frío o calor; poco importaban las preocupaciones -más o menos importantes- del momento. Si ibas paseando por el Con y oías que se acercaba una moto, tenías la completa seguridad de que si en ella iba tío Pepe, siempre, siempre, te iba a pitar. 

Y en ese momento, -da igual el día de la semana, si llueve o hace sol, si hay examen mañana o si perdió el Celta ayer- la sonrisa de tío Pepe hace que tus labios sonrían, y que levantando el brazo, le grites un “¡adiós, tío Pepe!” mientras su moto se aleja. 

Hace ya tiempo que tío Pepe colgó la moto, pero su cariño ha seguido formando parte de su personalidad, como no podía ser de otra manera. Os voy a contar una anécdota que lo resume perfectamente: hace unos años, mi hermana fue a visitarlo y le enseñó una foto de Dani. Y la conversación siguió por otros derroteros. Pero tío Pepe seguía saludando a Dani. Y mientras nadie lo veía, acercó la foto de Dani a sus labios y le regaló un beso. Aquellos labios quizá ya no sonreían, pero su corazón nunca dejó de hacerlo. 

Anteayer, tras varios años enfermo, recibiendo cariño y atenciones de su familia, tío Pepe decidió que en nuestros oídos volviera a sonar el claxon de su moto, y que todos nosotros -sin importar el día, el tiempo o las preocupaciones- pudiéramos dedicarle una última sonrisa y un “¡adiós, tío Pepe!”

Siento mucho que mis hijos no hayan podido oír tu moto acercarse, mientras paseaban por el Con. Pero te prometo que les enseñaré que, por muchas preocupaciones que tengamos; sea lunes o viernes; llueva, truene o haga calor, siempre, siempre, siempre hay un motivo para sonreír. 

¡Adiós, tío Pepe!

(Con cariño para mi prima y amiga Ana, que lleva desde siempre en su corazón la maravillosa bondad de su padre). 

pd.  Tío, otro día contaré cuando se te ocurrió llevar a Cati, Cloti y Marimar en tu moto. A la vez. Los cuatro. 

Lo que no me contaron

Me habían contado -y me había imaginado- que la muerte de un padre era una de las experiencias más tristes que se pueden vivir.

Pero nadie me había dicho que cada vez que mirara hacia casa no ibas a estar en el balcón. Ni que al caminar por el paseo nunca te iba a encontrar. Ni que en Balaídos no iba a escuchar tu voz celebrando los goles del Celta. Ni que con cada problema no iba a poder llamarte. Ni que no te iba a poder contar cada anécdota. Ni que ya no te iba a poder leer más poesía. Ni que no ibas a volver a escuchar las risas de tus nietos. Ni que no volvería a disfrutar tu risa con cada chiste. Ni que no ibas a volver a marcarme ningún gol más, con ese efecto que sólo tú sabías darle. Ni que te iba a echar de menos en cada momento de mi vida.

Ciertamente, nadie me había contado todo eso.

Pero tampoco me dijeron que, en realidad, ese balcón iba a seguir teniéndote y que seguiría viendo tu sonrisa desde la calle. Y que ahora, cada vez que camino por el paseo, allí estás. El otro día fuimos a Balaídos; y allí pudimos escucharte (vamos a hacer una buena temporada, ¿verdad?). Y cada vez que tengo un problema, no sólo te llamo, sino que me lo resuelves como nunca. Y cada anécdota que me pasa ya no te la cuento una, te la cuento mil veces. Y con cada verso que leo, sigues asintiendo con la cabeza (y opinando al terminar). Y tus nietos saben que cada una de sus risas es escuchada por ti, porque tú estás en esas risas. Y con cada chiste, sigo disfrutando de tu risa y de tus comentarios. Y yo seguiré disparando a puerta con Dani, intentando imitar tu toque. Y resulta que ahora, en cada momento de mi vida, no es que te eche de menos: es que estás -aún- más presente que nunca.

Me habían dicho que te ibas a morir, pero nadie me contó que ibas a seguir siempre vivo.

Yo quiero morirme así

Yo quiero morirme así: rodeado de cariño, con mi conciencia tranquila y con mi espíritu alegre. Quiero morirme comiéndome a besos a mi esposa, maravillosa compañera de vida (tanto mejor compañera cuanto más difícil es el camino), quiero morirme admirado por mis hijos y nietos, quiero morirme admirador de mis hijos y nietos.

Quiero morirme sabiendo que mi vida ha merecido la pena, sabiendo que quiero y sabiendo que soy querido. Quiero morirme habiendo visitado mil sitios con mis seres queridos y con mi cabeza llena de mil viajes por realizar.

Quiero morirme sabiendo que dejo un hueco infinito, pero que va a ser llenado por los recuerdos que he dejado. Quiero morirme sabiendo que quienes me quieren llorarán cada vez que piensen en mí, pero también que será imposible que piensen en mí sin sonreír (y muchas veces sin reír).

Quiero morirme sabiendo que los míos van a estar sostenidos, no solamente por mi presencia y mis recuerdos, sino por la acogedora red de los seres queridos.

Quiero morirme habiendo dicho cien mil veces “te quiero” a las personas a las que quiero, y habiendo escuchando cien mil “te quieros” de sus labios.

Quiero morirme gastando bromas y escuchando las risas de los míos.

Quiero morirme enseñando a mis hijos y nietos que morir es normal, pero que vivir es extraordinario.

Quiero morirme amado y amando.

Quiero morirme sabiendo que nunca moriré.

Para ti, Papá.