El libro de los hechizos

Ayer por la noche -estaba claro que el día tenía que llegar, tarde o temprano- los niños encontraron el libro de los hechizos. Clara y yo nos miramos con un gesto de pavor e incredulidad, que dio paso a una asimilación serena de lo que estaba aconteciendo. Al fin y al cabo, no éramos nosotros mucho mayores cuando pasamos por ese trance. Lógicamente, cuando nuestro corazón se fue calmando, explicamos a los niños qué significaba aquello y qué cosas iban a cambiar a partir de ahora.

Poco sabíamos ninguno que íbamos a comenzar a usar el libro a las pocas horas de ser descubierto por nuestros hijos. No lo sabía yo, no lo sabía Clara, no lo sabían los niños. Como tampoco lo sabía el jardinero que comenzó a cortar el césped ruidosamente esta mañana a las siete. Y os aseguro que sus miradas de súplica desde dentro del bote de mermelada no me van a hacer claudicar.

Conversaciones entre los primeros

Tímidamente, y sin querer molestar, Dosdeenero se acercó a su vecino Unodeenero y le tocó suavemente el hombro. 

– ¿Qué quieres? -respondió con altivez. 

– ¿Me dejarás ir a mí delante el año que viene?

– No es tarea para cualquiera. A ti te daría vértigo.

Dosdeenero se alejó cabizbajo. Sin saber que, también esta vez, iba a ser el digno heredero del altivo rey. 

El asesino bondadoso

Os presento el siguiente escenario: un terrible asesino, que además tiene numerosas propiedades y grandes terrenos en su haber lega, en su testamento, todas sus riquezas a su pueblo, tras sentirse arrepentido por su pasado. Con solamente una condición: que el centro de salud, el colegio, la biblioteca y el parque infantil que se van a construir en esos terrenos (y con su dinero) lleven su nombre y en ellos se ubique un busto del asesino. ¿Lo aceptaríamos?

¿Cómo se dice “sol” en sueco?

Cuenta la leyenda que, en una ocasión, un sueco visitó España. Deslumbrado y extrañado por aquella enorme luz que brillaba en el cielo, preguntó a los paisanos acerca de su nombre. “Sol”, le dijeron, complacidos y divertidos. Y “sol” es -aprendida en España- la palabra que los suecos utilizan para nombrar al astro rey.

La compra y los planes

La mujer que estaba delante de mí en la cola del súper llevaba carne picada, pan de hamburguesa, mostaza, ketchup, pepinillos, tomate, preservativos, velas aromáticas y matarratas. Es increíble lo que se puede llegar a saber de las personas viendo su compra.

En defensa propia

Como mi vecino no estaba, el mensajero nos dejó el paquete. Fui varias veces a su casa, pero no abrió nunca. Así que -víctima de la curiosidad- opté por abrirlo.

Imaginad mi cara de sorpresa y estupor cuando vi el título del libro: “Guía para matar a tu vecino. Edición revisada y ampliada.” Ni corto ni perezoso, decidí aplicar yo mismo el método. Monté la catapulta y, en cuanto abrió la puerta, recibió en su cara el impacto de los miles de hormigas que salieron disparadas del ingenio. Retrocedió, asustado, y cerró. Pero ya era tarde. Los investigadores policiales nunca pudieron resolver el caso del hombre que fue asesinado en su propia casa y sin que nadie entrara en ella.

Fue en defensa propia. 😉

Planificación innegociable

Tanto Arturo como yo somos aficionados a la naturaleza; nos habíamos conocido hace poco, pero pronto empezamos a hablar de que teníamos que quedar para hacer una ruta de senderismo. El viernes, al despedirnos en la oficina, quedamos para el día siguiente. Tempranito. A las 8.00 iniciaríamos nuestra ruta.

Y llegó el sábado. A las 7.45 estábamos en la cafetería de debajo de su casa, analizando con detalle el camino a seguir y tomándonos un opíparo desayuno.

Comenzamos la ruta. Los primeros kilómetros fueron bien, pero Arturo estaba cada vez más fatigado. Y a la hora y media de haber comenzado me dijo que no quería seguir. Intenté disimular mi enfado y lo animé. Un poco a regañadientes, siguió intentándolo un rato más. Pero a la media hora se plantó. “No sigo”, me dijo. Y aquí ya no aguanté más. “No, Arturo; estamos haciendo la ruta que hemos planificado, tú mismo la sugeriste. Y llevamos dos horas caminando, así que ahora vamos a continuar”. Me miró como si no entendiera nada e hizo ademán de dar la vuelta. Lo cogí del brazo e hice que continuara caminando -reconozco que de forma un poco brusca. Y vaya que si completamos la ruta: nos costó un poco más de lo planificado inicialmente y el bueno de Arturo acabó con un tobillo torcido y los pies deshechos. Pero la acabamos. Porque lo habíamos planificado.

Y nunca más volvimos a tener la buena relación que teníamos antes, ni quiso volver a hacer otra ruta conmigo. Y no entiendo por qué.

El padre simpático

Le gustaba gastar bromas, y en aquella madrugada se sentía especialmente simpático, así que, silenciosamente, se dirigió a la habitación donde dormían sus hijos gemelos y, sin despertarlos, los cambió de cama. Vivieron el resto de su vida pensando que eran el otro.